Certeza, creencia, opinión
José Escandell. Uno de los caminos a través de los cuales se ha puesto en crisis toda moral ha sido el de presentar toda verdad como creencia. Por ejemplo, el sociologismo moral, tan difundido, ha convencido al mundo de que toda apreciación moral deriva, al fin y al cabo, de una coacción social, y no de la certeza acerca de la bondad o maldad morales propias de cada conducta.
La fe como sentimiento
José Escandell. De vez en cuando se vuelve a oír eso de que la fe es un sentimiento. Esta idea es recurrente y, como el Guadiana, aparece y desaparece según caprichos y gustos. Creo interesante pensar en ello en este tiempo en el que la conciencia religiosa está siendo perseguida, cuando no se la reconduce hacia las templadas aguas del misticismo newager o hacia fideísmos irracionales.
Moralina
José Escandell. Nuestra época tiene, entre sus muchos y variados rasgos, uno que hoy quiero traer a consideración. Se trata de su muy intenso aire moralizador. Se nos quiere convencer, desde los medios de comunicación, desde los ambientes culturales, desde la política, y también desde la religión, de que hay que «tomar conciencia» de tantísimos deberes.
Toda la persona
José Escandell. En el escaparate de una cafetería se puede leer en un cartel este mensaje: «En este local respetamos todas las filosofías y orientaciones políticas o deportivas… pero no toleramos bromas con el café. Aquí, el café es una cosa muy seria». Aparte de bromas, eso es exactamente lo que piensa un empresario cuyo objetivo es el bien privado. Al gestor de una fábrica de automóviles no le importa que sus empleados estén separados o sean homosexuales, porque lo que le importa es que aprieten bien los tornillos o pongan bien las ruedas.
Guadalupe, tirios, troyanos
José Escandell. A la una del mediodía, la Basílica está llena de gente y comienza la Misa. Es un día cualquiera y hay varios miles de personas. Celebran dos sacerdotes. El segundo parece un Jesucristo, con melenas y barbas. Es alto, delgado y se mueve con ademanes de predicador. Hay personas de toda clase y edad. Niños, parejas de jóvenes, matrimonios maduros, grupos… En general, gente corriente y sencilla. Mucha algarabía al fondo, hacia las puertas.
Música y hogar
José Escandell. Resulta llamativo el éxito de la música ligera moderna. Siempre ha habido música popular, aunque en nuestro país tenemos hoy muy olvidadas las coplas, las jotas y los ritmos folclóricos. De éstos, sólo sobreviven los que han encontrado traducción a formato moderno, como sucede con la música andaluza en versiones electrónicas, como las sevillanas para consumo de fiestas y bodas. El resto es pura arqueología. Se prefiere en casi todas partes la música de estilo americano, con ritmos e instrumentos modernos.
Relativismo al paredón
José Escandell. No nos damos cuenta de hasta qué punto es grave decir que todo es relativo. Es verdad que la afirmación de que todo es relativo comienza por ser una afirmación absurda, imposible. Para pronunciarla es preciso no pensarla, porque si se la piensa enseguida se ve que es falsa y no puede pensársela de otra manera. Lo que pasa es que dejar la reflexión sobre el relativismo en este punto es dejar incompleta la cuestión.
Lo infinito en lo finito
José Escandell. Es sorprendente que se den juntos la irreemplazable individualidad de cada persona humana y, en cada una, la apertura a la más dilatada universalidad. Lo universal se da en lo individual. Porque, desde luego, cada persona humana es singular e individual, y tanto que lo que a cada una le acontece tan sólo le acontece a ella en cada caso. Faltaría más. Pero sucede que, dentro de esa singularidad cerrada se aloja la universalidad.
Principios irrenunciables en política
José Escandell. Hay un importante margen de indeterminación en lo político. Benedicto XVI ha dejado dicho que los principios irrenunciables para la política por parte de un católico son: la defensa de la vida, de la familia, de la libertad de enseñanza y del bien común. En realidad, eso apenas significa nada a la hora de determinar cuál es el régimen político justo.
Vamos a arreglar el mundo
José Escandell. A falta de fútbol, se habla de política. O de ambas cosas a la vez, que hoy día ambas cosas se han aproximado mucho. El caso es que en materia política quien más y quien menos se siente con fuerzas para analizar, diagnosticar y proponer recetas. Se dirá que esa es costumbre muy española, aunque se da en todo el mundo civilizado.
Mientras la cosa no pasa los límites del entretenimiento de aperitivo o de café, nada hay que decir, sino que cada cual se divierte como más le place, y el deporte de pinchar en privado a los hombres públicos es, si me aprietan, hasta sano y recomendable.


















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.



