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¡MAMÁ, QUIERO SER POLÍTICO!

Fernando Z. Torres. No podré agradecer lo suficiente a Jesús Cacho haber dado a luz su libro El negocio de la libertad. Leyéndolo comprendí que jamás se han de creer las frases mal estructuradas y vacías pronunciadas por un político, y si éste es español con mayor motivo. Quien me lea, habrá comprobado que mis escritos, desde hace algún tiempo, son una oposición frontal a la partitocracia que, por turno, se reparte el presupuesto cada cuatro años. Quien me sigue así lo constata y seguirá haciéndolo, hasta conseguir que mis compatriotas interioricen que las elecciones no son la fiesta de la democracia, sino el señuelo hipnótico contra el que la mayoría de españoles aún no ha encontrado antídoto. Vaya por delante que hay muchos políticos, sobre todo de pequeños municipios, que no cobran por el desempeño de sus funciones moviéndoles únicamente el afán de servicio. Esta crítica va dirigida a la tela de araña tejida entorno a unos derechos de no retorno adquiridos por una élite nociva para España. La práctica de mi belicismo se materializa en la palabra y en el intento de argumentar mis posturas a través de la confrontación de ideas, poniendo en común hechos o situaciones que ayuden a refrendar mis planteamientos. Así, por casualidad, ha llegado a mis manos un libro llamado ¡Mamá, quiero ser político!, cuyos autores son Sandra Mir y Gabriel Cruz. Se trata de una obra que, en poco más de 300 páginas, materializa la radiografía de lo que la mayoría sospechamos. Se trata de un trabajo minucioso y detallado que traslada hasta el lector, mil y un hechos que motivan emociones comprendidas entre la indignación absoluta y el esperpento más retorcido, con permiso de nuestro gran Valle-Inclán, contándose ya España por cientos de miles de Max Estrella errantes y de futuro incierto. Uno, que acostumbra a vivir Madrid a diario, se topa con indigentes cuyos ojos reflejan que estrenan oficio, pues a pesar de no quedarles más remedio no se mueven con soltura en eso del pordioseo y me acabo preguntando si esos que gozan en Semana Santa de más vacaciones que los escolares, o salen como alma que lleva el diablo en Navidad tras el último pleno para no perder el AVE, son conscientes o siquiera les importa el día a día de los desaliñados pero dignos nómadas transeúntes. En el otro lado nos damos de bruces con lo que se viene denominando la casta, encarnada en el celebérrimo apellido Fabra. El referido libro narra cómo Castellón ha sido testigo de la más zafia ostentación del poder. No menos de seis de estos familiares sucediéndose en el “trono”, a modo de dinastía monárquica, han desfilado por la provincia atesorando la friolera de 140 años en la poltrona. Indignante es otro pasaje del ejemplar en el cual se narra cómo mientras los sufridos trabajadores españoles tenemos nuestros sueldos congelados, y eso con suerte, Leire Pajín y Bibiana Aído, lejos la cuarentena, ya gozan de cargazo en la ONU, en el corazón de Manhattan. Los autores confiesan que en el despropósito del desconocimiento respecto de cifras concretas existen dos agujeros negros: los coches oficiales y los asesores, estableciendo que no hay datos fiables. Se estima que hay 42.000 de los primeros y 17.000 de los segundos a una media de 50.000€/año cada uno. El ayuntamiento de Madrid tiene 231 asesores por los 36 de que dispone París. Y es que mientras en la ciudad gala este asunto está regulado por ley, en España no es así y contratar a dedo es absolutamente legal. Manifiestan que existe una total opacidad a la hora de solicitar información a las administraciones y a los partidos políticos, denunciando que los diputados ni siquiera han respondido sus emails. Por no hablar de los 62 diputados que cobran dieta de 1.800 euros por desplazamiento teniendo casa en Madrid… Qué no habrán visto, escuchado o leído para recomendar a los padres que saquen el carnet de partido a su hijo, porque en 30 años será presidente del gobierno o consejero a de alguna Comunidad Autónoma. Estos son sólo unos ejemplos de la degradación de la élite política. Mi irritación viene precedida de una concepción noble de la política. La de aquellos que, en muchos casos sin remuneración y quitando tiempo de estar con su familia, dan todo lo bueno que tienen por sus vecinos. Porque de éstos también hay. Fijémonos en ellos y demos de lado a aquellos a quienes sólo interesa el cargo que les consiga el contacto de turno para después darse la vida padre. Volvamos los ojos al pueblo, en suma, e interioricemos como ciudadanos responsables lo que significa que la soberanía resida en el pueblo español. Es nuestro mejor arma si lo sabemos utilizar.

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