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Diario YA

¿FRAGMENTOS DE APOCALIPSIS?

MANUEL PARRA CELAYA    Soy confeso de haber plagiado el título de este artículo del homónimo de la novela de Gonzalo Torrente Ballester, pero, en mi descargo, queden claros los signos de interrogación y la promesa formal de no dejarme llevar por forma alguna de realismo mágico o de relato onírico; y ello es así porque intento centrarme en la España actual, tan alejada de lo maravilloso como de los sueños personales.
    Últimamente, y al compás de los acontecimientos, vengo comprobando que no son pocas las personas -algunas cercanas a mí- que no titubean en establecer paralelismos históricos entre las fechas más aciagas de la primera mitad del siglo XX y estas que nos corresponden del siglo XXI; incluso, alguien se ha instalado en el reino de Nostradamus o de la Cábala para cotejar el calendario de 1936 con el acabamos de inaugurar de 2020. Muchos de estos augurios devienen, en consecuencia, en lo apocalíptico o, por lo menos en un catastrofismo determinista, como si los españoles fuéramos personajes de tragedia griega en las manos crueles de un Destino prescrito por los dioses.
    Puedo estar equivocado, pero admítanme por lo menos la discrepancia. España no está sumida en una expectativa de tragedia, sino -con permiso de D. Ramón- en el más crudo esperpento, del cual podrá escabullirse mediante severas recetas de sensatez, de realismo y de cultura.
    Quienes, por el contrario, optan por los agüeros más siniestros aducen como prueba citas textuales de personalidades de aquellos años 30 de nuestra historia pasada que coincidan con improntas de hoy; entre ellas, se menciona profusamente a José Antonio Primo de Rivera, especialmente en su diagnóstico del fenómeno separatista, y ahí me duele especialmente por mi inequívoca condición personal de joseantoniano.
    Efectivamente, algunos hechos y dictámenes son coincidentes, como no podía ser menos: las raíces del secesionismo insolidario no han cambiado, y pueden centrarse en varios puntos, a saber: la ideología del nacionalismo, que periódicamente encandila multitudes, su manipulación descarada por las oligarquías localistas y la inacción, complicidad o torpeza de los gobiernos españoles. Sabemos que el problema viene de antiguo, concretamente del guirigay que ocasionó la falsedad romántica al introducirse en el terreno de la política, la pérdida de los mercados de Ultramar y el cínico aprovechamiento que de todo ello hizo la burguesía, que. por cierto, siempre escapó cuando venían duras y no llegó a pisar la cárcel (¿les suena?); pero, también siguiendo a José Antonio, hay mucho más: su concepto clásico de nación y la teoría de una tarea común ilusionante, superadora de los particularismos regionales (hoy diríamos autonómicos), así como su denuncia de  la sorprendente incapacidad de gobiernos y regímenes para ofrecer a todos los españoles esa misión atractiva e ilusionante, que lograría vencer y convencer a quienes niegan el todo para limitarse a la exaltación de la parte; y esa visión unitaria -que no uniformista- debía tener como premisas la fidelidad a las esencias españolas, una transformación a fondo de las estructuras injustas y una permanente actualización del proyecto acorde con esa esencialidad.
    Por otra parte, ¿qué tenemos a la vista? Un tahúr de la política encumbrado a presidente del gobierno español con el apoyo de una supuesta extrema izquierda, que no sabemos bien si obedece a los anticuados cánones del marxismo-leninismo o a las ideologías de la globalización del hipercapitalismo sorista, todo ello amalgamado con las confusas directrices legales establecidas por y para la II Transición.
    También tenemos a la vista unos entornos muy diferentes a los de la época que se cita como referencia. El entramado internacional está presidido por un juego de potencias que en nada se parecen a los que llevaron al, esta vez sí, cataclismo de la IIGM y, en el caso de Europa, una labor de tela de Penélope, con su incesante hacer y deshacer entre los brexits nacionalistas y la insulsa burocracia de Bruselas; a estas alturas, cuesta mucho sopesar si los intereses que perjudican a España vienen dados por obsesiones atávicas o por maniobras económicas y políticas de gran alcance.
    En cuanto al contexto español, no recurro a ningún tópico si menciono la existencia de esa clase media de la que tanto abominan los actuales detentadores del poder político; y en este punto no puedo menos que repetir las declaraciones que, en 1971, realizó Franco al general Walters, enviado de un preocupado Nixon: España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España. No se equivocó D. Francisco en lo de locuras, que son las componen este esperpento que vivimos. Lástima que no puso unas bases sólidas -aparte de esa clase media creada bajo su mandato- para solucionar, de una vez por todas, no los problemas, sino el problema de España, que es el que se va reproduciendo.  Quizás esa solución hubiera pasado por echar mano del proyecto joseantoniano, que orilló, impulsado no sé si por la discrepancia de pareceres o por las cambiantes influencias y coyunturas.
    Vuelvo al principio y lo resumo: no es hora de entregarnos solo a la preocupación, sino de que esta sea superada por la ocupación constante del día a día. Saldremos del esperpento, no lo dudo, y espero que no derive en comedia bufa, en drama o en tragedia. Los mensajes apocalípticos son difíciles de conciliar con las aspiraciones de muchos españoles -joseantonianos o no- a tener una España alegre y faldicorta en la que vivir y trabajar en paz.