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Diario YA

¿MICROAGRESIONES?

Manuel Parra Celaya.
    El término microagresión es la exacerbación de lo políticamente correcto, su paroxismo más fanatizado que escapa del campo de lo público e invade de forma inmisericorde la esfera de la propia intimidad. Hace referencia a los comentarios surgidos en el curso de una conversación o de una clase magistral en los que, según los inventores de la palabra, existen elementos machistas o racistas, y, por extensión, aquellos que puedan ofender al interlocutor u oyente.
    Por poner ejemplos de nuestros ámbitos cercanos, si se me escapan expresiones como a ti te están engañando como a un chino o fulano trabaja como un negro, estoy ofendiendo a los sufridos detentadores de muchos bares españoles (abandonados por sus dueños, todo hay que decirlo) y a los inmigrantes subsaharianos que saltan a diario las vallas de Melilla. El idioma está repleto, de este modo, de microagresiones, y de ahí los desvelos de todas las administraciones públicas y de los periódicos de la cuerda por elaborar sesudos manuales de estilo, con especial hincapié en lo que atañe al sexismo, con desprecio absoluto de lo que dice la gramática.
    Lo de microagresión procede, cómo no, de los Estados Unidos de América, como el anatema sobre el tabaco o aquella histórica ley seca, que tiene su origen, según la profesora M.ª Elvira Roca Barea, en la alarma suscitada entre los anglosajones de mayoría protestante por el aumento de la inmigración polaca e italiana, católica en su mayoría, para privarles del vino para la Misa. En los campus universitarios estadounidenses, al perecer, se han elaborado listados de expresiones que profesores y estudiantes deben borrar de su lenguaje -y, por ende, de su pensamiento- para no ofender.
    Los disidentes de esta impronta sostienen que estos listados de prohibiciones crean, por una parte, una tendencia preocupante a la superprotección de los presuntos ofendidos, que llega a generalizar una cultura del victimismo, y, por otra, a una patente de corso para que los poderes políticos se inmiscuyan aún más en asuntos de naturaleza privada. En mi humilde opinión, hay algo más profundo que se esconde en esta suerte de puritanismo: una labor sistemática de deconstrucción, que forma parte de una estrategia global.
    Siguiendo con esta opinión personal, representa una vuelta de tuerca más a lo que llama el doctor Luis Buceta Facorro el asalto a la civilización, del que han formado parte, por ejemplo, las exigencias de unos estudiantes ingleses para retirar del currículo a Platón, Kant o Descartes, la propuesta de una escuela feminista española, reproducida en una revista de CCOO, de eliminar libros de Neruda, Pérez-Reverte o Julián Marías, por machistas redomados,  prohibir el fútbol en los recreos y eliminar nombres y alusiones que hagan referencia a la Iglesia Católica  o a militares y políticos de la historia no afectos.
    También entra en esta vuelta de tuerca la fobia desatada en los mencionados Estados Unidos por apear de sus monumentos las efigie de Cristóbal Colón o Fray Junípero Serra, y la última estupidez de la que me enterado, protagonizada por el presidente filipino Rodrigo Duterte, de cambiar el nombre de su nación por referirse a Felipe II nada menos.
    Pues bien, no solo tomo prestado el término microagresión al enemigo, sino que se lo arrebato con la misma contundencia que Zumalacárregui  utilizaba las armas tomadas al adversario para sus fuerzas, y levanto mi voz para denunciar las constantes microagresiones, y quizás suprimiendo el prefijo que los minimiza, que estamos sufriendo en nuestros lares por acción de las mismas corrientes políticamente correctas, ya sean inspiradas por la mano de Soros más allá del Atlántico o por mor de corrientes autóctonas más evidentes.
    Así, ya denuncié en su día la agresión al mundo de la Tauromaquia por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y en diversas localidades del resto de España, y ahora la repito ante la aberración de proscribir la caza en Castilla y León, por influjo y presión de los llamados animalistas, sucursal extremista del Ecologismo Radical, ese que tiene en su punto de mira, no la defensa de la naturaleza creada, sino al ser humano, que reputa de alimaña muy dañina.
    Denuncio al feminismo, igualmente radical, que, por voz de la señora o señorita Isa Serra, propone implantar por decreto su doctrina, con carácter de asignatura transversal, en todos los colegios públicos, quieran o no las familias de los alumnos. O a las Comunidades Autónomas que han decidido, por igual vía impositiva, llevar la ideología LGTBI a las aulas e imponer sanciones a quienes se resistan. Y denuncio la cacería implacable de los siniestros inquisidores de la memoria histórica, que alcanzan en su insania a vivos y a difuntos. No sé de dónde proviene el neologismo liberticida, pero animo a la RAE a incluirlo en su diccionario y aplicarlo a todos estos casos.
    Algo funciona muy mal en el sistema democrático para que sectores reducidos, acaso alucinados, consigan imponer sus criterios a toda la sociedad y convertirlos en normas de obligado cumplimiento. No está de más traer al presente aquel texto que, con el título de democracia morbosa, escribió la pluma de Ortega y Gasset hace bastantes años: Cuando más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspira a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte, censuraría cuanto no fuera un paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola.
    Y termino aquí, porque no quiero dar ideas a la comunidad vegana tan de moda hoy…