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Diario YA

frente al ayuntamiento

6.500 sevillanos se concentraron contra el aborto

Redacción Madrid. 28 de marzo.

En la tarde de ayer la concentración por el Derecho a Vivir tuvo lugar en Sevilla con gran éxito de asistencia. A las 19:00 horas los sevillanos estaban convocados a una concentración frente al Ayuntamiento que duró más de una hora.

El acto comenzó con la intervención de D. Francisco José Contreras, Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla. A continuación ha intervenido Esther Pelaez Izquierdo leyendo el manifiesto de la Marcha por la Vida que también se leerá en Madrid el próximo 29 de Marzo y en las 87 concentraciones que están teniendo lugar en España y el extranjero. También ha intervenido Juan María del Pino, presidente de FECAPA que junto con provida y Derecho a Vivir Sevilla presidían esta convocatoria.

 

Al final del acto se han soltado 110 globos, por los casi 1.100.000 niños que no han nacido desde 1985 en España. Esta pequeña fiesta que ha tenido hoy lugar en Sevilla es solo un preludio del gran despliegue que tendrá lugar el viernes en Madrid, una gran fiesta llena de luz, música y alegría.

 

Por su interés y el gran nivel de su contenido, reproducimos el texto del Manifiesto a favor de la vida que ha abierto el acto, preparado y leído por D. Francisco José Contreras, Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla.

 

MANIFIESTO

 

El proyecto de nueva ley del aborto pretende transformar una situación  de aborto libre de facto en una situación de aborto libre de iure. La regulación actual ya permite –desgraciadamente- que cualquier mujer que desee abortar lo haga sin problemas, alegando que su “salud mental” está en peligro. Al Gobierno, sin embargo, no le basta con eso. Quiere que las leyes traten el aborto como un derecho de la mujer, no como un delito que el Estado decide no castigar en ciertas circunstancias excepcionales. Lo que se busca es el adoctrinamiento moral de la población: el Gobierno sabe que, si las leyes regulan el aborto como un derecho de la mujer, cada vez más gente tenderá a verlo como un acto decente y moralmente lícito. Se trata de una batalla cultural, una batalla por el alma de la sociedad. El Gobierno quiere que los pro-vida seamos una minoría exigua; quiere que la cultura de la muerte sea hegemónica y se adueñe del imaginario social.

 

El Gobierno está acostumbrado a ganar las batallas culturales … sobre todo porque hasta ahora no se topaban con enemigos suficientemente decididos. Pero esta batalla la pueden perder. La van a perder. El Gobierno tiene razones para estar nervioso.

 

El Gobierno está nervioso porque más de mil científicos acaban de firmar un documento que proclama, por si alguien tenía todavía alguna duda, que el embrión y el feto no son una verruga, un tumor o un conjunto de células, sino un nuevo ser con identidad genética propia, distinta a la de sus padres. Un ser humano que sólo difiere de nosotros en su tamaño y en el hecho de necesitar por algún tiempo del claustro materno. La evolución de la ciencia nos da la razón a los pro-vida cada vez con más rotundidad. Y, por primera vez en España, los científicos se atreven a hablar conjuntamente con claridad.

 

El Gobierno está nervioso porque cada vez más gente descubre la endeblez lógica de la tesis pro-aborto. Cada vez más gente entiende que la dignidad humana no puede depender del tamaño, ni de la viabilidad, ni del grado de maduración. Si el embrión no tiene derecho a la vida porque es pequeño, entonces tampoco lo tiene un recién nacido. Si el feto no tiene derecho a la vida porque depende del seno materno, entonces tampoco lo tiene un enfermo entubado o un niño de pocos meses, pues ambos dependen radicalmente de atenciones externas para seguir viviendo.

 

El Gobierno está nervioso porque las Hermandades de Penitencia han dado un valiente paso adelante en favor de la vida. Los pasos de palio cordobeses llevarán este año –o hubieran debido llevar- lazos blancos en recuerdo de los pequeñuelos asesinados. Las Hermandades sevillanas inician una campaña de formación para arraigar la cultura de la vida en los cofrades más jóvenes. El Gobierno no esperaba esta gallarda reacción de las que tenía infundadamente por camarillas folclorizadas e inofensivas.

 

El Gobierno está nervioso porque la Iglesia ha editado unos carteles desde los que un bebé nos suplica que le concedamos el mismo trato legal que a las crías de lince. El argumento es tan incontestable, que está suscitando reacciones patéticas en los portavoces de la cultura de la muerte. Algún biólogo contrapone la “superpoblación” humana a la precariedad del felino, dejándonos saber así que una y otra especie le merecen una estimación pareja. Un inusitado clamor por los derechos del lince se eleva de repente en toda la izquierda.

 

El Gobierno está tan nervioso, que la ministra Aído contesta a la movilización de las Hermandades alegando que “no se debe mezclar religión con política”. La ministra ignora muchas cosas. La ministra ignora, o finge ignorar, que la defensa de la vida desde su concepción es una postura basada en la ciencia y en la razón natural, no un dogma de fe. La ministra ignora que, incluso si el fundamento último de la posición pro-vida de los católicos fuese de carácter religioso, esto no les privaría del derecho a defenderla con nitidez en el debate público. La ministra trata a los católicos como ciudadanos de segunda que no tendrían derecho a sostener públicamente posturas políticas acordes con sus creencias.

 

El Gobierno está nervioso porque ve que la presentación del aborto como un derecho de la mujer ya no cuela. Mujeres que cometieron la equivocación del aborto emergen de la oscuridad y prestan un testimonio atormentado. Explican cómo el aborto devasta psicológicamente a la mujer; cuentan cómo el aborto ha ensombrecido sus vidas. Intentan evitar que otras mujeres sean arrojadas a la misma oscuridad.

 

Cuando miramos la Historia, nos asombra que el horror de la esclavitud pudiera ser aceptado por la mayoría de la sociedad hasta el siglo XIX. Nos indigna que se pudiera tratar como mercancía a las personas que tenían un color de piel distinto. Nuestros descendientes se asombrarán y horrorizarán de que a principios del siglo XXI se pudiera matar impunemente a millones de humanos por tener un tamaño distinto: por ser pequeños y encontrarse aún en el claustro materno.

 

Pero, así como en los tiempos de la esclavitud no dejó de haber nunca una minoría que luchaba contra el horror, así también en la actualidad el movimiento pro-vida mantiene alzado el estandarte de la justicia y la racionalidad. Somos la vanguardia moral de la sociedad. La Historia terminará dándonos la razón, igual que terminó dándosela a los abolicionistas del siglo XIX. Estamos aquí sólo unos cientos, quizá unos miles. No importa; trescientos espartanos salvaron la civilización en las Termópilas frente a las hordas de la barbarie. Y doce apóstoles bastaron para llevar buenas noticias a todo el mundo desde la Jerusalén del año 30.

 

Sabemos que venceremos, aunque no sabemos cuánto tardará en llegar ese momento.

 

Hay mucho trabajo por hacer: debemos impedir que sea aprobada la nueva ley del aborto; hay posibilidades reales de conseguirlo.

 

Pero no podemos detenernos ahí: debemos conseguir la revisión de la regulación de 1985, que se ha convertido en un coladero que hace posibles más de 100.000 abortos al año. Los partidos que quieran nuestro voto deben comprometerse a establecer mecanismos que garanticen que sólo se recurre al aborto en los contadísimos casos en que está realmente en peligro la salud física de la madre. Debemos pedir la supresión de la mención de la “salud psíquica”, que es la ventana abierta al aborto libre de facto. Debemos pedir la supresión de la despenalización del aborto eugenésico, que está dando lugar al exterminio de los síndrome de Down.

 

Sobre todo, debemos exigir el incremento de las ayudas económicas a la maternidad, que son las más bajas de Europa. Debemos crear una infraestructura asistencial que arrope a las embarazadas en apuros, en lugar de empujarlas al aborto. Debemos disuadir in extremis a las mujeres que se disponen a abortar, aunque sea abordándolas en la puerta de los abortorios. Debemos hacer visible al embrión y al feto: difundir por todas partes la imagen de la vida prenatal; quien ha visto esas imágenes, ya no puede negar que ahí hay vida.

 

            Será largo y difícil, pero no tenemos derecho a desanimarnos. Somos la voz de los sin voz. No podemos fallarles a los más indefensos. Somos imprescindibles.

Etiquetas:aborto