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Diario YA

FUE INEVITABLE LA SEMEJANZA

Ante la lectura de Patria, de Fernando Aramburu

Manuel Parra Celaya.
    Era un bestseller y, por ello, lo dejé reposar, según mi costumbre. Ahora, con dos años de retraso, he terminado la lectura de Patria, de Fernando Aramburu. No me ha defraudado en absoluto; me la habían recomendado personas de confianza, pero, fuera por la prioridad que tenían otros afanes y lecturas, fuera por el impulso de limitarme a releer novelas en busca de nuevas impresiones acordes con la edad (Borges dixit), había aplazado el consejo.
    No voy a aburrir al lector profano con detalles técnicos sobre la obra, propios del profesor de literatura que quedó atrás; diré, sencillamente, que me ha gustado, tanto por su composición y estructura, como por algunos rasgos provocativos de estilo y por el contenido. En este punto, se atiene más a lo humano, en equilibrio entre lo psicológico y lo sociológico, que a lo estrictamente político. Constituye un reflejo del alma humana, sacudida por la tragedia que provocó el nacionalismo vasco y, a la vez, donde se reflejan las sinrazones impuestas por el mundo actual. Ante todo, es un espejo de una parte de España en la que el terrorismo y su cortejo penetraron de una manera atroz, con sus secuelas de muerte y dolor, de fanatismo y de tergiversación de conciencias.
    No he podido evitar que me impresionara como retrato fiel de una situación, y esto se debe a la maestría del autor; pero, además, no he podido dejar de establecer constantemente un paralelismo con otra, y esto es consecuencia de mis preocupaciones como lector. La similitud entre lo que ocurrió en el País Vasco en los llamados años de plomo y sus secuelas posteriores y lo que está ocurriendo en Cataluña se me ha hecho forzosa.
    En Patria se refleja un sector importante de la población abducida por los mitos nacionalistas, que son capaces de justificar lo injustificable; amistades truncadas, familias divididas, odios subterráneos, miedos, silencios cobardes, complicidades, concesiones, la aberración elevada a moda juvenil o a deporte… desfilan ante nuestros ojos en la mentalidad de muchas personas y, sobre todo, en las que viven su microcosmos de una pequeña localidad. Es especialmente escalofriante la actitud del párroco -con alusiones a la del propio obispo, aquel tan tristemente recordado porque hacía distinción de aprecio entre sus hijos-, colaborador del separatismo y de sus acciones, justificador de los crímenes, indiferente ante el dolor de las víctimas y displicente en su relación con ellas. Y me impactado también observar como los jóvenes, seducidos desde las ikastolas en el ensueño, iban incorporándose, primero a las algaradas callejeras y luego a las filas de la banda terrorista, entre el aplauso de sus familiares y convecinos.
    Se me objetará en cuando a mis pensamientos que en Cataluña ya no hay atentados, bombas y asesinatos desde la reinserción de los componentes de Terra Lliure a otros partidos más democráticos, y es cierto. De momento, aquí la violencia añeja al procés se está saldando con enfrentamientos de los CDR con las fuerzas de Orden Público autonómicas, con algún rifirrafe que otro y con algunas bofetadas y puñetazos. Pero, como he dicho en otras ocasiones, hay muchas clases de violencia…
    Así, no he podido dejar de pensar en equivalencias de la situación que se plantea en la novela con la de los pueblos,  ciudades pequeñas y no tan pequeñas, y en algunos barrios de las grandes capitales, donde se margina al discrepante, se mira con despecho o con odio al españolista, con sospecha al forastero; donde el idioma o el origen sirve para diferenciar a los propios de los contrarios; donde las Instituciones callan o cooperan abiertamente con la agitación en calles y conciencias; donde el clero y gran parte de la jerarquía eclesiástica  son el amparo, el respaldo moral o la colaboración más estrecha con el separatismo; donde se vacían las iglesias y, en secreto a voces, se llenan las trastiendas de las sacristías; donde el agitador de identidades campa por sus fueros; donde las aulas son laboratorios de intoxicación; donde también se han roto familias, amistades y relaciones; donde nadir se puede mostrar como español bajo pena de ostracismo y de vacío. Aunque no haya explosiones ni disparos…de momento.
    El que vive en una gran ciudad podrá tacharme de exagerado y de alarmista, pero eso, como la suerte, también va por barrios; pero seguro que me darán la razón los vecinos no afectos de los pueblos, donde las banderas esteladas y los lazos amarillos del rencor son un constante aviso de que no se van a tolerar otros símbolos u opiniones que pongan en entredicho la verdad oficial, el dogma de la pseudorreligión nacionalista.
    Con todo, una diferencia notable de la que debemos felicitarnos muchos catalanes: aquí, el miedo ya ha sido superado en muchos ámbitos y se es capaz de salir al aire en contraposición al ambiente. Si los separatistas no lograron sus objetivos completos, no fue tanto por la acción del Estado, durante años complaciente, tímida y timorata, sino porque otros catalanes manifestaron -y manifiestan- su repulsa y su oposición a la dictadura nacionalista.
    Muchos personajes de Patria maduran paulatinamente y advierten lo disparatado de sus actitudes ovejunas; el propio etarra que forma parte esencial del protagonismo colectivo de la novela llega al arrepentimiento desde su cárcel; el fugaz abrazo de las antiguas amigas -abertzale la una, viuda del asesinado la otra- que cierra la narración parece augurar una cierta reconciliación social. En Cataluña, esto aún no se ha dado y el abismo sigue abierto; lo peor es que nadie sabe cuándo se podrá cerrar.
    Aquí no hay víctimas del terrorismo que pidan reparación o el arrepentimiento de sus verdugos, pero hay víctimas de la segregación, que siguen contemplando que sus hijos y nietos son educados en el fanatismo, que sus antiguas amistades o parientes les han retirado el saludo y que -entre diálogos con el Gobierno central de turno- sigue estando mal visto ser españoles en la propia España.