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Diario YA


 

Antropología cristiana y universidad

Gonzalo Rojas
Un grupo de alumnos universitarios se pregunta, y lo consulta: ¿qué hacer en su Casa de estudios para unir la fe y la acción política, en tiempos en que perciben que la primera está siendo abandonada y la segunda, degradada.
Lo primero que se les hace ver en la respuesta, es que tienen una muy noble inquietud, pero que deben cuidarse mucho para no incurrir en una vinculación directa entre ambas realidades, lo que los haría caer en los viejos clericalismos, de ésos que practicaron en estricta sucesión histórica algunas derechas, el centro falangista y las izquierdas liberacionistas.
Si van a tratar de revitalizar la acción iluminadora de la fe sobre el ordenamiento social, que sea -se les advierte- con estricto respeto a las diversas opciones concretas que los cristianos pueden imaginar y practicar en los temas opinables. Y con mayor razón, si van a procurar hacerlo dentro de su Universidad, deben actuar con especial respeto a la autonomía de cada disciplina y a los vínculos que las articulan.
Pero, como se trata de ayudarlos y no de disuadirlos, para animarlos en su excelente propósito, se les sugiere que centren toda su actividad en el único enfoque en el que las fuentes de la revelación y las decisiones políticas, pueden y deben converger: la antropología filosófica, la concepción cristiana de la persona humana.
Cuando hemos visto a rectores de importantes universidades confesionales sucumbir ante el feminismo radical, ante el juvenilismo o ante el generismo, queda claro que existe entre muchos cristianos un notable déficit de formación antropológica y que, por eso mismo, ahí está la gran posibilidad de una acción universitaria revitalizadora.
¿Qué es la persona humana? ¿Cuál es su fin? ¿Cómo se relaciona con los demás seres? ¿De qué manera debe comportarse? (un cable ya hacia la moral). Ésas son las grandes cuestiones que están hoy en discusión o  -quizás sea ya más triste la situación-  que se han entregado a la decisión de las concepciones naturalistas y secularizadoras.
Los grandes temas que están en juego en el día a día de la política -y hay otros, ciertamente menores, por los que también vale la pena disputar- son antropológicos.

La vida humana, es decir, los problemas asociados a aborto, anticoncepción, esterilización, terapias, eutanasia, etc.; el “mejoramiento” de la especie, o sea las cuestiones vinculadas a clonación, transhumanismo e inteligencia artificial; el matrimonio y la familia, en cuanto a su naturaleza, atributos y duración; la sexualidad, en su doble dimensión de identidad y prácticas; la educación, como despliegue de la autoridad y formación de las personas; el trabajo y el uso de los bienes, en cuanto a su sentido, condiciones y relaciones con la familia; la amistad, en todas sus dimensiones; en fin, la trascendencia y por lo tanto, el papel de la religión.
Por cierto, detrás de todas estas cuestiones decisivas, está presente la dimensión más propiamente humana, la libertad. Y, como ya lo hemos comprobado hasta la saciedad, según qué concepción antropológica se tenga de ella, una sociedad -¡las personas concretas!- camina hacia su autodestrucción o hacia el bien común. No hay términos medios cuando de la apertura libre a la trascendencia se trata.
Por desgracia -¿o desidia?- es evidente que la legislación ha ido consagrando en Chile una mirada antropológica disolvente, muy dañina.
Sólo desde las Universidades podrá la antropología cristiana retomar la iniciativa y sugerir instrumentos legales de auténtico bien común. Por eso, ojalá esos alumnos se organicen pronto y bien, y su ejemplo pueda ser imitado en muy diversas universidades.