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Diario YA

AUTO DE FE

Manuel Parra Celaya
    Oigan, nada que ver con el escrutinio de libros y quema posterior de aquellos condenados que hicieron en la biblioteca de Alonso Quijano el cura y el barbero. Ahora se trata de verdaderos autos de fe, y los acusados son los cuentos tradicionales para niños. Los inquisidores han sido unos energúmenos adalides de la Ideología de Género y del Feminismo, con el fin, no de curar locuras de futuros caballeros andantes, sino para provocar una de mayor calado en las mentes infantiles.
    Me llega la noticia de que, en una escuela de Barcelona, convenientemente asesorada por una benéfica asociación, han retirado de su biblioteca a Caperucita Roja y otros doscientos cuentos más, bajo la grave acusación de ser sexistas y desprender estereotipos de género; según los implacables censores, un 30% de los libros eran flagrantes reos de esos delitos; un 60% dudosos, por lo que han sido cautelarmente indultados, aunque no dejaban de encerrar esos estereotipos, y solo un11% (no me salen las cuentas, pero copio literalmente una información ajena) eran positivos.
    Entre los ejemplares condenados a la pira purificadora se encuentra -¡oh, sacrilegio!- la leyenda de Sant Jordi, es decir la del caballero de blanca armadura que rescata a la indefensa y gentil princesa de las fauces y garras del dragón; ya saben los lectores que no tiene nada que ver con el soldado romano de Capadocia que, tras vencer sus pasiones (representadas por la fiera mencionada), sufrió martirio y fue elevado a los altares, pero en todo caso es una bonita tradición catalana, que acompaña al Día del Libro y de la Rosa en la fecha del 23 de abril.
    Uno supone, además, que en la implacable sentencia que expurgó la biblioteca escolar han tenido que ver algunos jueces animalistas, horrorizados por el cruel final del animalito atravesado por la lanza del Santo; y no digamos del pobre lobito, rijoso ante la adolescente del tocado carmesí, cruelmente asesinado por el cazador tras haberse engullido a la tonta de la abuelita.
    Centrándonos en la depuración de la leyenda de Sant Jordi, no sabemos si la Generalidad, encabezada por el Sr. Torra, tan celoso de la superioridad de raza y cultura autóctona frente a las bestias de más allá del Ebro, ha solicitado un indulto. Dado que un servidor no ve TV3 por orden de su médico, no sabe a qué atenerse en este punto.
    Desde un punto de vista práctico, me pregunto cómo van a rellenar los ahora vacíos anaqueles de la biblioteca del colegio, en sustitución de los cuentos infames; recomiendo, a título personal, que echen mano de los geniales Cuentos infantiles políticamente correctos, de James Finn Garner, que hace algunos años, cuando comenzaba la insania iconoclasta, hicieron mis delicias y me provocaron constantes carcajadas a mí y a aquellos de mis alumnos de bachillerato mejor dotados de inteligencia y de sentido del humor; si no conoce estos cuentos, les animo a su lectura, pues ponen de manifiesto cómo se debe dejar volar la imaginación para evitar el menor trauma originado por lo hetero, lo patriarcal, lo no ecológico o lo machista. Como en todos los casos, la ironía es la mejor arma contra los mentecatos, aun en el caso probable de que no la capten…
    Bromas aparte, la noticia comentada es algo más que una anécdota extravagante; se una a otras muchas, como la de aquella petición de unos estudiantes británicos para eliminar del plan de estudios a Platón, Kant y Descartes; o a la solicitud de un grupo de feministas para que se dejaran de leer a Miguel Hernández, Quevedo o los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, por sus declarados machismos.
    La expurgación de la biblioteca de la escuela barcelonesa es todo un símbolo, además de una majadería estrafalaria; evidencia dos aspectos igualmente graves: primero, la introducción de una antropología falsa y dañina para los seres humanos; segundo, un atentado contra la tradición cultural europea.
    A todo esto, no hemos sabido qué han opinado los padres de los alumnos; acaso a ellos también es han dado severas instrucciones acerca del tipo de cuentos que deben contar a sus hijos antes de dormirse. No me extrañaría que la censura inquisitorial pretendiera también llegar a los hogares familiares, de mismo modo que ha llegado a las aulas, a las bibliotecas infantiles, a los patios de recreo y a las entidades de tiempo libre.
    Hasta ahora, sabíamos de la insistencia de los colectivos LGTBI para introducir sus enseñanzas en los centros de Secundaria, mediante charlas y difusión de revistas; al parecer, hay que empezar más abajo, en la primera escolarización, y sacarse de la manga un caperucito, un bello durmiente despertado de su sueño por el beso de un príncipe encantador y sarasa, una dragona mimosa, amiga íntima de una princesa liberada, y un odioso caballero chulángano que interfiere en la bella historia de amor entre ambas.