Chávez y el Papa
Miguel Rivilla
Nada nuevo. Se veía venir. Al comprobar la deriva totalitaria del líder venezolano en todos los aspectos de su desgobierno, tarde o temprano la confrontación con la Iglesia católica era de todo punto inevitable. Ha pasado a lo largo de los siglos y seguirá pasando. Cuando los gobernantes se endiosan y se arrogan todos los poderes, cualquier barrera es derribada. La dictadura, el totalitarismo y el pensamiento único, es lo que se impone. En Venezuela, ha tiempo que el tirano Chávez y su régimen no admite otras libertades que las controladas por su omnímodo poder. Todo se hace en nombre del pueblo, pero sin el pueblo y la oposición es reducida al silencio, y como no cabe de otro modo la Iglesia-conciencia crítica del poder- ha chocado con el Gobierno de Chávez.
Chávez no se ha parado en barras. Con su lenguaje dogmático y demagogia barata y populachera, arremetió contra Cristo y su “embajador del pueblo”, el Papa. El único poder que el vicario de Cristo y sucesor de Pedro ejerce, es el poder espiritual, el de la paz, de la libertad y el de los derechos y dignidad de todos los hombres. Servir al pueblo y ni servirse del pueblo ha sido y es el lema del Papa y de la Jerarquía católica.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


