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Diario YA

Desde la trinchera del Aula

Manuel Parra Permítanme que, desde mi Barcelona, me haga eco de una noticia andaluza; primero, porque, como la mayoría de los catalanes, no comulgo en absoluto con el implícito etnicismo de los separatistas; segundo, por plena identificación con el contenido del texto que les resumiré y, tercero, por reconocimiento del valor, casi legionario, del que hace gala la autora del mismo.

La voz de Marchena de 24 del corriente recogía las palabras de Eva Mª Manzano Valderas, profesora de un Instituto de Secundaria de esa localidad, que había exigido -no con el humillante ruego al uso- que figurasen literalmente en el acto del claustro al que asistía; como ella misma dice, se trataba de una intervención-arenga, al uso militar antes de entrar en combate, en esa guerra diaria que es el trabajo en el aula con treinta o cuarenta alumnos, y del que están tan distantes esos pedagogos a la violeta, diletantes constructivistas o economicistas de la Enseñanza, que no han visto a un niño en su vida y se entretienen en sus despachos en crear un lenguaje críptico y casi esotérico.

Mi compañera -la llamo así a pesar de mi condición de jubilado tras cuarenta años de docencia- declara franca y llanamente que está harta, y que el desencadenante de su explosión de hartazgo ha venido dada por la respuesta telefónica de un padre, con quien se pudo en contacto para informarle de la conducta de su inocente vástago, y que consistió en un chulesco “usted está ahí para aguantar”.

En consecuencia, la profesora se declara hastiada de la mala educación de un creciente porcentaje de alumnos, del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo, de la sociedad, que encumbra a seres que presumen de ignorancia, de la Administración, que va cambiando constantemente las normas y deja indefensos a los docentes, de la falta de valoración del esfuerzo que sí hacen los profesores… Para colmo, hay que escuchar esas voces estúpidas que continuamente exclaman “¡Qué bien lo pasan los maestros!”

La valiente autora de la arenga a sus compañeros de claustro y de fatigas detalla el trabajo de un profesor, que no se limita a impartir sus clases ante un montón de energúmenos más o menos bajitos, sino que contempla muchas horas dedicadas a la preparación didáctica y a la corrección de exámenes y trabajos; yo añadiría, y a tutorías, a entrevistas con padres y alumnos, a reuniones casi siempre ineficaces y a asistencia a cursillos habitualmente vacíos y ñoños. Al docente solo le cabe el desahogo de irnos quejando por los rincones, a escondidas; de nuevo agrego: y máxime si son interinos y su continuidad en el trabajo depende del plácet de esa Administración.

Tras la exposición de motivos, formula tres propuestas sugestivas: imitar las decisiones lógicas y educativas del juez Calatayud; hacer valer la autoridad inherente al puesto de profesor y no quedarse callados por educación, sino contestar en el mismo tono y con la misma contundencia con que se me trate. Y finaliza afirmando algo que es obvio: como a la mayoría de los docentes, le gustan enseñar y transmitir, el trato con los alumnos, a los que quiere y anima y su condición de motor social del cambio, me imagino que para desasnar a una sociedad futura, pero no de burro de carga. Tras este discurso, me imagino que solo cabe armar las bayonetas y lanzarse al cumplimiento de sus propuestas, digan lo que digan los papás consentidores, los maleducados alumnos y la inane Administración educativa, que es lo hemos venido haciendo todos los supervivientes de la docencia, los que no nos hemos resignado a salir quemados de nuestra profesión.

Cada uno puede recordar mil escaramuzas en su carrera, claro; rememoro que mi desencadenante pudo ser una mamá que me llegó a soltar que me mandaría a sus abogados, así, en plural y al modo de película americana; cuando ya tenía una respuesta contundente y acaso nada cortés en la punta de la lengua, terció el director del Centro, que asistía a la entrevista, con un radical puede usted enviarnos a quien le dé la gana, con lo que se terminó el problema. ¿Tiene solución la cuestión de la Enseñanza en España?

Me permito dudarlo. Ni pactos educativos entre políticos del Pensamiento Único, ni nuevas genialidades legislativas al respecto. El asunto es más de fondo, como viene a decir Eva Mª: una sociedad hedonista e idiota, incapaz de asumir la cultura del esfuerzo e inculcar el sentido de la responsabilidad a otras generaciones, desdeñosa ante la autoridad en el aula, que desprecia y desacredita continuamente al profesorado.

Administraciones educativas y clase política son un reflejo de ella. La pelota está en el tejado de los docentes. Que sigan -yo ya no puedo- los consejos y propuestas de esta marchenera y salgan de la trinchera a paso de carga, con las armas de su vocación y profesionalidad aferradas en las manos, sin temor al adversario y escuchando en sus oídos los toques de corneta que reafirman su inmensa labor de servicio y de sacrificio diarios.

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