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Diario YA

España nunca consentiría una Cataluña privilegiada

Desiste, Sánchez, desiste

Miguel Massanet Bosch. Siguen los ataques al Rey. Hoy mismo en Olot (Gerona) una asociación de independentistas, la Asamblea de Artistas de la Garrotxa, ha instalado altavoces dentro del alcantarillado de la ciudad desde los que se emite, continuamente, el discurso del Rey de la noche del 3 de octubre del 2017, junto a un discurso de Rajoy y el sonido de las cargas policiales en los colegios electorales, abiertos contraviniendo las órdenes del TC y del mismo TSJC, que los prohibieron expresamente.

Cada día nos resulta más incomprensibles la actitud de nuestros gobernantes ante una situación tan absurda como es la que, en estos momentos, esta reinando en toda Cataluña. Un “iluminado”, al que se le ha confiado, incomprensiblemente, el gobierno de la Generalitat catalana, sigue pasándose por el arco del triunfo las leyes españolas, arremete sin contención alguna contra nuestras autoridades nacionales y se atreve a poner en ridículo a la persona del propio Jefe del Estado español, el rey Felipe VI, exigiéndole que rectifique lo que dijo en el magnífico discurso de aquella noche de octubre, a los pocos días del intento separatista de proclamarse como república independiente. Y es que este sujeto, Quim Torra, no parece entrar en razón y tenemos la impresión de que se cree estar en posición de impedir al gobierno de España que se oponga, con el apoyo de la Constitución y de la gran mayoría de los españoles, a sus pretensiones de que se les conceda la independencia de este pedazo de España que es la autonomía catalana.

Creo que ha llegado el momento, señor Sánchez, de que deje de mirarse su propio ombligo, y preste atención a los que le está pidiendo una gran mayoría de la ciudadanía española, que no alcanza a comprender como es posible que se les permita a los soberanistas catalanes que se pongan las leyes por montera, conviertan su país en un lugar donde la convivencia cada día es más difícil y, a diferencia de lo que suele ocurrir en cualquier nación en la que rija la democracia, se insulte, castigue, abronque o se expediente a la policía, sean mossos, policía nacional o Guardia Civil, por cumplir con su obligación. Se colabora con los terroristas urbanos, se alaban a los manifestantes que destrozan la propiedad pública y se incita, como demostró el señor Torra en su alocución de ayer, a que sigan “apretando” más para así favorecer la causa de la independencia. Y ante una situación tan evidentemente anómala, irritante, humillante y desconcertante ¿qué es lo que hacen las autoridades locales? ¡Nada, absolutamente nada, de lo que les correspondía hacer! Ante la evidencia de la situación apurada de los policías que guardaban la puerta del Parlamento Catalán, acosados por cientos de sujetos (alguien se atrevió a decir que no eran los de las CDR) que usaban toda clase de objetos como cristales, botellas, latas, pinturas etc. para enfrentarse a los pocos, insuficientes – autoridades policiales encargadas de dar las órdenes desde la sala de coordinación de las fuerzas del orden se mostraban desconcertadas y dubitativas ante unos acontecimientos que no sabían cómo solucionar – debido a una lacerante falta de previsión de quienes ostentaban el mando, se dio muestra de la más absoluta inoperancia cuando, el oficial que estaba en el lugar de los hechos al frente del operativo, pidió autorización por tres veces para cargar contra los asaltantes y le fueron denegadas; lo que obligó a la humillación de que, los mossos, tuvieran que abandonar sus posiciones para refugiarse dentro del recinto, cerrando la puerta para que no entrara la multitud de asaltantes. Más tarde, después de las llamadas de la Jefatura para que acudieran al lugar todas las unidades disponibles, se consiguió restablecer el orden.

Hoy, con toda la cara dura propia de los que no les importa mentir ni levantar falsos testimonios para favorecer su causa revolucionaria, se han atrevido, los portavoces de la CUP, una vez más a criticar la acción de la policía, cuando lo cierto es que, a causa de las agresiones de los asaltantes, 32 policías resultaron heridos en las cargas, 20 de ellos ante el Parlament y el resto en la Jefatura Superior de Policía de Cataluña y en Girona, donde también se produjeron altercados. ¿Estamos hablando, como nos quisieron vender en su día, de manifestaciones pacíficas o, en realidad, lo que está sucediendo es que, quemada la primera etapa donde les interesaba aparentar calma y sosiego, ahora, en manos de Torra, probablemente cumpliendo órdenes de un Puigdemont (en peligro de quedar olvidado por sus seguidores en su refugio dorado de Waterloo), han decidido pasar a la segunda etapa, donde el terrorismo y la violencia empiecen a formar parte de la estrategia independentista?

No sabemos qué explicaciones nos van a dar, aparte del don Tancredo de todo este proceso, Pedro Sánchez,resguardado en el bagstage de su partido y obligando a sus adláteres, las ministras y el señor Ávalos, que no saben más que repetir obviedades, pero sin que ninguno de ellos nos explique lo que tienen previsto hacer, aparte de este diálogo que nunca se cansan de ofrecer, mientras sus antagonistas soberanistas, les están hinchando la cara a bofetadas dialécticas que no parecen sentir ni reaccionar ante una situación que es evidente que, cada vez se está haciendo más insostenible. Las cosas, y de eso sabe mucho Mariano Rajoy, no se resuelven por sí mismas con el paso del tiempo y, en este particular caso de Cataluña, ya son demasiados los años en que el Estado mantiene una postura de suma tolerancia, mientras los que siguen exigiendo su independencia, cada día que pasa se sienten más seguros, más convencidos y más dispuesto a ir aumentando la presión hasta que, piensan ellos, consigan que el Estado claudique y se les permita salirse con la suya.

Convendría que dejáramos de mantener una actitud pasiva ante una situación que, sin duda, puede fácilmente derivar a peor, siendo conveniente que, los españoles, empezáramos a hacer saber al Gobierno que no estamos dispuestos, como dicen las ministras, a que se limite la libertad de expresión, se nos incrementar los impuestos a medida que ellos, con sus despilfarros y sus proyectos absurdos,; decidan aumentar más el gasto público, en lugar de reducir el peso de 3.500.000 funcionarios que hoy gravitan sobre las espaldas de los españoles; o pretendan convertirnos en el lugar de Europa donde se alojen mayor número de inmigrantes que, por cierto, continúan entrando en España por su frontera sur a millares; o que se nos anuncie, por la feminista señora Calvo, que se van a establecer consejos de administración paritarios en las empresas, siguiendo esta absurda doctrina que allí donde hay un hombre debe haber una mujer.

Limitar la libertad de las empresas y sus accionista a decidir las personas de su confianza que deban formar sus órganos de gobierno, no es más que una imposición y una limitación de los derechos individuales de todos aquellos que, con sus aportaciones económicas han contribuido a la creación y funcionamiento de cada empresa. Si las personas más capaces elegidas por los accionistas son todas mujeres resultaría un absurdo meter a un hombre o a cinco, para garantizar la paridad. Lo mismo se puede decir en el caso contrario y, si la señora vicepresidenta es una de estas resabiadas feministas que han llegado, en su radicalización, a pensar cómo piensa, creemos que sería mejor que, antes de imponer por ley semejante tontería, se ocupara de poner orden dentro de su propio gobierno, teniendo en cuenta que la paridad que estableció su jefe de filas, señor Pedro Sánchez, a la vista de lo sucedido desde que están en el Gobierno, no se puede decir que el resultado de las ministras ( algunas han tenido que dimitir y otras, que se lo pregunten a la señora Margarita Robles con lo de las bombas vendidas a Arabia Saudí, han sido desautorizadas por su propio líder) haya sido ejemplar y, hasta nos atreveríamos a decir, que bastante decepcionante.

Recomendaría a Sánchez que no tome demasiadas decisiones que no puedan tener una duración corta, por ejemplo, hasta las nuevas elecciones legislativas de 1920. Le recordamos que, sus manipulaciones o las de sus subordinados en el CIS, donde se cocinó aquel famoso referendo que le otorgaba al PSOE 10 puntos sobre su principal adversario el PP, no ha cuajado. La alegría ha durado poco porque, como suele suceder cuando se miente, ha salido otra encuesta más sensata y de acorde con la realidad, donde se esfuma aquella ventaja y ambos partido quedan empatados. Por poco tiempo porque, a diferencia del PSOE que va de tumbo en tumbo y es muy posible que vayan retrocediendo, a medida que van metiendo la pata; por el contrario, el señor Pablo Casado, libre del lastre que intentaron colgarle, los enemigos del resto de partidos, ha salido exonerado del TS y ahora, con más fuerza que nunca, va a seguir en su tarea de renovar y volver a recuperar a aquellos votantes que se fueron de él ante las extrañas decisiones del anterior Gobierno, especialmente con lo relacionado con el tema catalán. Lo mismo le sucederá al señor Sánchez y su partido, si siguen su política de ir cediendo ante las amenazas separatistas.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos con gran disgusto como, una vez más, el tema catalán vuelve a ocupar de una manera harto complicada, el centro de la actualidad española y, esta vez, después de superar su batacazo cuando fueron obligados a someterse al artículo 155 de la Constitución con la correspondiente intervención del Estado en  la administración de la autonomía catalana.

Quizá haya llegado el momento de pasar de las palabras a los hechos y, en consecuencia, empezar a manifestar nuestro desacuerdo con este gobierno escribiendo cartas de protesta a los distintos ministerios y a la propia Jefatura del Estado. Cartas que no serán contestadas pero que, si fueran muchas, es obvio que causarían preocupación entre aquellos que han confundido la función pública con un medio de llevar adelante sus proyectos de situarse en el poder a cualquier precio. Es posible que fuera una táctica que resultara efectiva y… por probar nada se pierde.

 

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