Editorial: "30 años perdidos"
Treinta años después, la sensación que queda es que
La obsesión por dejar que los separatistas tuvieran más poder del que normalmente les tendría que haber correspondido, una visión acomplejada y sin sentido de las izquierdas, como si fueran las garantes de unas libertades que jamás habían defendido cuando estuvieron en el gobierno, y una cobardía indecente a la hora de defender con claridad algunos valores inherentes a la patria, fueron sólo algunos de esos fallos.
Hoy, el Congreso se llenará, como siempre, de caras sonrientes y frases hechas, de buenos propósitos que se olvidarán el domingo y de grandilocuentes discursos sobre la libertad y la ley que, sinceramente, suenan a chiste en esta España donde lo que triunfa es el delito y la pillería. Por si fuera poco, este año los separatistas ni siquiera estarán presentes en la recepción real, como tampoco lo estará la inefable Rosa Díez, de UpD.
Creer que España goza hoy de una democracia como las de nuestro entorno europeo sería un engaño imperdonable. No es que tengamos una democracia joven, lo que tenemos es una democracia que ha envejecido prematuramente, que nunca ha alcanzado su madurez porque sus padres se dedicaron a emborracharla cuando estaba en la pubertad. Hoy, con treinta años ya a sus espaldas, apenas podría mirarse al espejo sin sentir una honda y profunda vergüenza de sí misma.
Quienes deberían regenerar
Sábado, 6 de diciembre de 2008.
















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


