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Editorial: "Besos y abrazos"

Editorial. 26 de mayo. El PP de Mariano Rajoy se ha impregnado de la aberración ética de considerar que la legitimación de los actos la conceden las urnas. Su euforia en tierras de Camps no tiene parangón. Alguien debería decirle al líder del PP que ni la totalidad de los votos es capaz de trocar lo ilegal en legal y, mucho menos, lo amoral en moral, lo malo en bueno. Los abrazos y efusiones de cariño en público no harán inocente a Camps si no lo es; ni los jueces con sus sentencias pueden hacerlo. Por encima de los votos, de los jueces o de los medios que denuncian con malas artes e ilegalidades las conductas de los políticos, está la justicia de los actos que se perpetran.

Equivoca el PP su populismo si cree que con una victoria electoral podrá pasar por alto un delito. Hace falta menos tierra para tapar el delito de un ciudadano que el de un eurodiputado. Y, sí, la presunción de inocencia existe. Camps puede ser culpable o inocente. Lo que no puede ser, de ninguna manera,  es candidato mientras persista su imputación en un delito. La mujer del César no sólo ha de ser decente.

Se argumentará que el diario El País viene desvelando partes del sumario, bajo secreto aún, con la intención de socavar la credibilidad del candidato popular y, sin duda, será cierto. Sin duda, se trata de una violación de la legalidad -del El País y de los miembros de la Audiencia Nacional que estén chivando lo contenido en el sumario. Pero cuanto dice el periodista queda sin efecto si, previamente, se han tomado las medidas oportunas para que no se provoque el escándalo. El escándalo lo provoca que alguien con poder –otorgado por los votos conseguidos- use ese poder en beneficio propio. El escándalo lo provoca que alguien con más poder aún que él trate de tapar el escándalo afirmando que no se está en el poder por ser bueno sino que, precisamente, como se está en el poder, se es bueno.

Abre Rajoy así un melón que no tiene capacidad de comerse. Se lo ponemos en forma de silogismo para que no puedan decir, en caso de que se demuestren a posteriori determinadas culpabilidades, que no hablamos claro.

Nadie, sin que medie engaño o estulticia, votaría a Corleone para el puesto de alcalde de este pueblo. El alcalde de este pueblo se llama Corleone. Ergo… o todo el pueblo ha votado engañado, o el pueblo es idiota. 

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