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Editorial: "Derechos humanos"


Al menos en lo que a España se refiere, el objetivo perseguido por el Gobierno chino se ha cumplido casi al cien por cien. Para la mayoría de los españoles, a estas horas, faltando poco más de medio día para que comiencen los Juegos Olímpicos, China ha dejado de ser ese enorme país al otro lado del mundo del que apenas conocíamos el color de la piel y el número de sus habitantes. El contacto con la comunidad china es escaso, a pesar del arraigo de los restaurantes de comida asiática en nuestro país y de las películas de Jakie Chan, un clásico. En los últimos días hemos tenido un aluvión de noticias relacionadas con las olimpiadas y con su anfitrión.

Ese conocimiento lleva emparejado necesariamente un conocimiento de las miserias de un territorio habitado por 1300 millones de almas. Frente a los esfuerzos del Estado chino por mostrar su mejor cara, cientos de activistas de cientos de organizaciones vinculadas a la defensa de los Derechos humanos y a la promoción de nobles causas, han encontrado la ocasión propicia para sostener un pulso con sus Autoridades. Los líderes políticos del mundo, los presidentes de las naciones más poderosas de la tierra y los jerifaltes de las organizaciones internacionales más respetadas, han intervenido también en el conflicto, amenazando unas veces con boicotear la ceremonia de apertura, lanzando comunicados de denuncia otras. El último episodio lo ha protagonizado el presidente del los EEUU, clamando respeto a los Derechos humanos desde el avión que le trasportaba a Pekín.

También Su Santidad el Papa se ha manifestado. Curiosamente, el jefe del Estado vaticano, Estado del que no consta que tenga presos políticos hacinados como animales en cárceles caribeñas, ha vuelto a desmarcarse de este tipo de comentarios y ha preferido desear que los JJOO sirvan para que las naciones se entiendan y sean motivo para la paz. Los pocos millones de católicos chinos tienen mucho que agradecer a Benedicto XVI, y también cuantos católicos no chinos se quieran acercar a rezar, libremente y en compañía de otros ciudadanos chinos, a la catedral de San José en Pekín, situada en una de las calles más turísticas y concurridas de la ciudad, una catedral con aspecto de ser un lugar de culto y no un almacén de pinturas. Curiosamente, era ésta también la advocación de la catedral de Bagdad en los tiempos en los que el ministro de Exteriores católico Tariq Aziz ejercía sus funciones como cabeza del Gobierno iraquí. Entonces los católicos también podían rezar en las iglesias de un país tan integrista y alineado con el mal. Después llegaron los libertadores portando la bandera de la democracia y los Derechos humanos, e Irak se convirtió en el nido de integrismo que es hoy en día y en el que aún siguen muriendo a miles soldados americanos.

Difícilmente creíble resultan las amonestaciones de los estadounidenses o de los franceses, pero más sórdidas resultan las de la ONU, caracterizada por jugar un papel vergonzante en conflictos como el de Ruanda o Yugoslavia y por ser una de las organizaciones que a través de sus agencias afiliadas más ha hecho por el control de la natalidad en los países del tercer mundo, condicionando toda ayuda económica a la adopción por parte de los países receptores de políticas abortistas, más preocupada por acabar con los pobres que con la pobreza.

 

 

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