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Editorial: "La enseñanza de Barajas"

Desde que el aciago 20 de Agosto nos dejase la macabra estampa que todos conocemos ya en el aeropuerto de Barajas, se ha ido incubando una especie de psicosis colectiva en torno al asunto de la seguridad en los aviones, que el paso de los días no sólo no logra reducir, sino más bien al contrario. Y es que, tras el accidente en Madrid, ha habido luego otros (sobre todo en Kirguizistán, pero también de menos importancia en Francia, y en Montreal) que han disparado las alarmas.

La realidad es que el transporte aéreo presenta un índice de seguridad muy elevado, y el porcentaje de accidentes de avión puede calificarse como ínfimo; bien es verdad que las posibilidades de escapar a la muerte en un siniestro de ese tipo son muy escasas.

Pero quizá lo que más preocupe a la mayoría de los públicos no sea tanto la posibilidad (bastante remota) de perecer en un accidente de avión, como los aparentes recortes en el gasto que algunas compañías podrían estar llevando a cabo como consecuencia de la crisis económica internacional. Y aunque los expertos aseguren que esos presuntos recortes no afectan de ninguna manera a la seguridad de los aparatos, es lógico que los potenciales clientes estén preocupados.

También parece evidente que el terrible suceso de Barajas ha despertado la sensibilidad de los medios de comunicación en lo relativo a problemas aeronáuticos, y eso puede explicar este incomprensible manantial de noticias que hablan de aviones que regresan al aeropuerto por un problema técnico, u otros que se salen de la pista sin aparente explicación. Es posible que esas cosas hayan pasado siempre, y sólo ahora nos resulten más alarmantes.

En todo caso, el accidente en Madrid debe servir para algo. A los responsables de las compañías aéreas, debe indicarles el camino por el que acometer su gestión: no se puede ahorrar ni un solo céntimo en aquello que pueda tener la menor repercusión en la seguridad del aparato. Y a los viajeros, la serenidad de saber que un suceso, por macabro y espeluznante que sea, no debe condicionar nuestras vidas. Sólo Dios nos regaló la vida, y sabe cómo y cuándo se extinguirá.

Jueves, 28 de Agosto de 2008.

Etiquetas:editorial