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Editorial: "Los tiempos cambian"

Editorial, 17 de Agosto.

Lunes de Pascua del año 1.536. El monarca español Carlos V comparece ante el Papa Pablo III, sus cardenales y embajadores, para someter a su arbitraje las diferencias que tenía con Francisco I, rey de Francia, y exponer las continuas “traiciones” de éste en la consecución de “la paz y el sosiego de la cristiandad”. Después de recordar al auditorio las ocasiones en las que el rey francés se puso de acuerdo con los turcos, Carlos V termina su discurso con el siguiente desafío: “Por tanto, yo prometo a Vuestra Santidad delante deste sacro collegio, y de todos estos cavalleros que presentes están, si el rrey de Francia se quiere conducir conmigo en armas de su persona a la mía, de conducirme con él armado, o desarmado, en camisa, con espada o puñal, en tierra, en mar, en una puente, o en ysla, en campo cerrado, o delante de nuestros exercitos; o doquiera, o como quiera que el querrá y justo sea”.

Se nos dirá que el texto es divertido, y que refleja quizá mejor que otros la manera como se entendía la “diplomacia” poco después de la Edad Media, pero si hay algo que nos parece especialmente significativo de esta referencia histórica es el profundo sentido de Estado que demostró el protagonista de la misma. Un sentido de Estado que cobra aún mayor dimensión si tenemos en cuenta que Carlos V no era español de nacimiento, y que apenas sabía nada de nuestro país cuando se produjo el hecho arriba descrito.
 
Siempre ha habido guerras, y nos tememos que las seguirá habiendo. La paz es un valor deseable, incluso primordial, pero no absoluto. No todo debe hacerse para conseguir la paz. En el discurso antes aludido, el emperador repitió en varias ocasiones que su deseo fundamental era conseguir “la paz de toda la cristiandad” (entre la que, como es lógico, se contaba Francia), pero ese anhelo no le impidió mostrar la determinación y el coraje político que todos esperaban de un monarca español.
 
Hoy ningún mandatario pondría su piel por delante para salvaguardar los intereses de su país. Evidentemente, los tiempos no son los mismos, pero de ningún mandatario se espera ahora otra cosa que lo mínimo para justificar el salario generoso que le procuran los presupuestos generales. No sólo eso: cuando un presidente se muestra implacable en la defensa de los intereses de su pueblo, no faltan voces que le acusen de “prepotencia”. Indudablemente, Carlos V sería hoy un monarca fascista, condenado por la totalidad de la opinión pública.
 
Y sin embargo, un sano escalofrío de orgullo le atraviesa al lector el espinazo al recordar pasajes tan gloriosos de nuestra ya no tan reciente Historia.

Domingo, 17 de Agosto de 2008.

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