Editorial: "Matando a tu hija"
Eluana Englaro es una joven italiana que sufrió un accidente hace 17 años, quedando en estado vegetativo. Su corazón late con normalidad, y respira por sí sola, pero necesita que la den de comer y de beber para poder vivir, cosa habitual en muchos humanos. Su padre, en cambio, lleva tiempo queriendo deshacerse de ella, porque considera que “su hija murió el día que sufrió el accidente”. Curiosa forma de amor paternal, desde luego.
Como
Llama poderosamente la atención que, frente al discurso inmoral y egoísta de los padres de la joven, locos por darle pasaporte a aquella a quien un día dieron la vida (por Gracia de Dios), las monjas de
¡Qué mundo hemos construido!, ¡qué continua aberración! Aquí, o produces y consumes, o te dejan listo de papeles enseguida, empezando ¡por los propios padres! Y aún tienen la poca vergüenza de apelar a una “muerte digna” y a una “ausencia de sufrimiento”, cuando en ningún caso se está prolongando artificialmente la vida humana, sino sencillamente ayudando a mantenerla, que es la obligación de todo bien nacido. Lo que ocurre es que no abundan, según se ve, los bien nacidos.
La eutanasia, como el aborto, son los dos dramas humanos que nos ponen ante la evidencia de la sociedad corrupta y decadente en la que la mayoría de la gente se siente satisfecha: un mundo lleno de objetos inservibles en el que la vida de un topo o de una planta exótica merece más consideración que un embrión humano o una chica con el cuerpo paralizado por un accidente. A esto nos ha llevado el ateísmo irracional.
Miércoles, 17 de diciembre de 2008.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


