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Diario YA

lazos amarillos en los campanarios y frontispicios de los edificios religiosos en multitud de pueblos y ciudades de Cataluña

EL CAMPANARIO Y LA ESTELADA

MANUEL PARRA CELAYA. No hablamos a humo de pajas: proliferan en las redes cientos de fotos que atestiguan la presencia constante de esteladas y de lazos amarillos en los campanarios y frontispicios de los edificios religiosos en multitud de pueblos y ciudades de Cataluña.
    Ahora hace justamente un año cuando se divulgó aquella instantánea de la celebración de la Eucaristía como coartada del recuento de papeletas del supuesto referéndum; un sacerdote, revestido para oficiar, tenía a su derecha la mesa donde se afanaban los interventores, a resguardo de supuestas intervenciones de la policía estatal, que no de los Mossos d´Esquadra, claro.
    Por aquellos días se había difundido el manifiesto de los trescientos sacerdotes y diáconos a favor de las tesis separatistas, avalado de forma sibilina y con un cuidado lenguaje jesuítico, por los obispos de las diócesis catalanas reunidos en un monasterio leridano. Ya metidos en harina, hagamos mención de las piadosas monjitas que, obviando su consagración personal al servicio de Dios, hacían profesión de fe nacionalista con sus prioras al frente.
    No pasa un día en el que no tengamos noticia de versiones modernizadas y democráticas de curas trabucaires que ponen a sus fieles en el brete de asistir a los templos y comulgar con las ruedas de molino del procés o abstenerse de entrar en la Casa de Dios para no sufrir la abducción del clericalismo separatista. Actualmente, en la propia Barcelona, el católico practicante debe seleccionar muy bien las parroquias que frecuenta, a riesgo de asistir a un mitin en lugar de a una homilía.
    A poco que se rasque en los historiales personales de los hombres y mujeres que caminan fanáticamente al compás de la hoja de ruta, se advierte el origen clerical -siempre de sacristía y escasamente de Altar- de sus respectivos focos de educación infantil y juvenil. Si profundizamos en la historia, no son escasos los testimonios propios y ajenos de que aquel larvado e incipiente separatismo catalán, durante el Régimen anterior,  supervivió y prosperó bajo la protección de las sotanas; hoy el hecho ha experimentado algunos cambios significativos: casi ningún sacerdote usa el traje talar, el secesionismo no tiene que esconderse pues está legalizado, y a veces auspiciado por la acción u omisión de instituciones del propio Estado español, y son escasos los políticos cuya formación en el tiempo libre les provino de las parroquias que siguen frecuentando estas, a no ser, por ejemplo, para esconder urnas ilegales.
     Siempre hay excepciones, como el caso del Sr. Oriol Junqueras, que adujo en su defensa que él era un hombre piadoso. O el propio Jordi Pujol, padre de la criatura republicana actual, del que dijo el cardenal Martínez Sistach que era un hombre honesto, una referencia ética. ¡Buen ojo tenía Su Eminencia!
    Se podrían contar las anécdotas a montones, pero más vale llegar a una conclusión categórica: existe una íntima imbricación entre separatismo y clericalismo. Habría que remontarse a la historia decimonónica para averiguar las causas remotas, pero conformémonos hoy con la evidencia. Y con aportaciones actuales de autoridad, como la del propio Papa Francisco que opina del clericalismo que lejos de impulsar los distintos aportes y propuestas (se entiende que de naturaleza religiosa, por ser quien es), poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de los pueblos (Santiago de Chile, 16 de enero de 2018); aquí, en Cataluña, ese clericalismo casi ha terminado de apagar el fuego profético, a juzgar por la progresiva disminución de fieles y por su deriva hacia los ámbitos de la política.
    Más recientemente, se volvió a referir Su Santidad al clericalismo, con ocasión del tema de los abusos a menores, afirmando que era una actitud que no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente y que genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que denunciamos (Vaticano, 20 de agosto de 2018). ¡Lástima que La Santa Sede no se haya referido -que sepamos- otra escisión que el clericalismo, fiel aliado del separatismo, ha creado en la sociedad catalana!
    La máxima evangélica Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios no raza para el claro cómplice, impulsor y favorecedor del secesionismo; claro que tampoco rezan aquellas palabras de San Juan Pablo II en las que consideraba al nacionalismo como un cáncer del siglo XX.
    Sabemos que el clero no es la Iglesia Católica; ni, por supuesto, el sector del clero proclive al procés. Del mismo modo que tampoco lo son la vida consagrada y el laicado; ninguno de los tres ámbitos tiene, como parte de esa Iglesia, la prerrogativa de usar de su predicamento religioso para introducir mercancía de contrabando, y nunca mejor dicho cuando nos referimos al intento de romper la integridad de una patria.
    Como españoles y como católicos, denunciemos en alta voz este otro tipo de abusos que se están cometiendo en Cataluña al socaire de la Iglesia, Acaso al dicho popular de que el catolicismo prevalecerá a pesar de los curas haya que añadir que la verdadera Cataluña y la unidad de España prevalecerán a pesar del clericalismo.
                                                

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