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Diario YA

Ser admirador no equivale, sin embargo, a adquirir la categoría de friki ni de compartir todos y cada uno de sus puntos de vista

EL ESCEPTICISMO DE PÉREZ-REVERTE

Manuel Parra Celaya.
    No puedo ni debo ocultar que soy un admirador de Arturo Pérez-Reverte, cuyos libros ocupan un buen lugar de mi biblioteca y del que procuro puntualmente seguir sus artículos, titulados acertadamente Patente de corso, en El Semanal. Ser admirador no equivale, sin embargo, a adquirir la categoría de friki ni de compartir todos y cada uno de sus puntos de vista, cosa que me parece que no sería del agrado del autor. No obstante, suelo identificarme con muchas de sus opiniones, especialmente si se refieren al mundo que nos ha tocado vivir.
    Una excepción a este hecho de compartir criterios me la ha proporcionado su Sonarse con las banderas, donde hace alusión a ese presentador -cómico o algo parecido son sus palabras- que se sonó las narices con la bandera de España; don Arturo despliega aquí una serie de respetables argumentos que bien se pueden calificar de escépticos, quizás con una gotas de cinismo, sobre cómo suele él mirar las banderas: no con equidistancia, sino con ecuanimidad.
    Empecemos por lo más positivo a mi criterio: su respeto a esa buena gente que ha sabido morir por sus enseñas y símbolos, y su desprecio a demasiados sinvergüenzas a los que ha visto envolverse en ella para justificar sus trapicheos o sus barbaridades.
    Evidentemente, la historia y el presente nos proporcionan abundantes ejemplos de los dos casos, sin exclusión de nacionalidades, de ideologías o de trincheras; el hecho de la coexistencia de estas dos actitudes es inherente a la condición humana y no hay que darle vueltas; idealistas y aprovechados, héroes y verdugos, han existido siempre desde que el hombre es hombre y bajo cualquier bandera, uniforme o emblema. El respeto a la dignidad del ser humano también comprende al enemigo o al adversario, desde mi perspectiva.
    Con todo, no todos los símbolos, por el hecho de que cobijen a unos y a otros de los señalados, son igualmente representativos de bondades o de maldades, de aciertos o de errores, de beneficios o de perjuicios, del mismo modo que tampoco lo son las ideas que vienen a representar; claro que también dependerá de la particular estimativa de cada cual, de sus circunstancias o de su grado de cultura y de conocimiento.
    Así, en nuestro caso, las banderas que representan a la Nación o a una parte de ella deben quedar por encima de preferencias ideológicas o de partidos, y, en consonancia, han de estar estar protegidas de escarnio por las leyes, como, por cierto, es el caso de la legislación española actual; claro que, en algunos casos, se impone la particular adhesión partidista de un juez…
    Por cierto, y ya que hablamos de nuestras banderas, se equivoca Pérez-Reverte cuando dice que Pujol, Mas, Puigdemont y demás hermanos mártires se envuelven en las antiguas barras de Aragón, la de los almogávares o la de El Bruch, pues ellos prefieren las esteladas, burda imitación de las enseñas cubanas o portorriqueñas, cuyo triángulo denota a todas luces su inspiración histórica…
    Muchos puntos del artículo de don Arturo merecerían comentario extenso, pero, en razón del espacio que me conceden, me voy a limitar a unas pinceladas. Totalmente de acuerdo en que si en España hay también humoristas basura (y aquí el escritor no solo señala, sino que mete el dedo en el ojo), es porque hay un público que los jalea; esto merecería por sí solo un profundo estudio sociológico y educativo, pero no es el lugar. Déjenme decir antes de continuar que el artículo que cito también debe leerse entre líneas, como aquellos que pasaban la tonta censura del anterior régimen y los que ahora corren el riesgo de ser demonizados por mor de la férrea censura actual de lo políticamente correcto…
    También estoy de acuerdo en que lo importante es elegir bien lo que uno ve, pero no con lo que sigue: con no verlo, asunto resuelto; en ese caso viviríamos (y en algún caso vivimos) en el puro relativismo o en un mundo de ensueños, donde es imposible que existan valores comunes para la convivencia, ni siquiera el de la libertad de pensar y de decirlo, pues cualquiera -por ejemplo, la ultraizquierda revestida de antifas- puede impedir el uso de la libertad en los demás, y sabotear actos y conferencias, y señalar a todo el que se menea y no está conforme con sus prédicas.
    Arturo Pérez-Reverte, en este artículo (y a pesar de la lectura entre líneas que aconsejo) ha querido ser voluntariamente escéptico. Francamente, a la hora de triar páginas escogidas y antológicas de su producción literaria y periodística, en uso de mi libertad de lector y de idealista -y perdón por la arrogancia-, me quedo, por ejemplo,  con aquellas en que las narra, maravillosamente por cierto, la heroicidad de nuestros Tercios en Rocroi, o el empecinamiento del chisgarabís gaditano que no quiere arriar la bandera del navío en Cabo Trafalgar o en el retrato fiel que hace de los falangistas verdaderos que pretenden liberar a José Antonio en la primera entrega de las aventuras de Falcó.
    Ahí se muestra don Arturo mucho menos escéptico que en la ocasión del artículo que ha provocado mi respetuoso comentario.

 

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