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El estrés del ocio


Pilar Muñoz. 7 de agosto.

Nos encontramos iniciando el mes de agosto, característico por los períodos vacacionales de la gran parte de la población. Es un tiempo en teoría para el cambio de actividad rutinaria, para mayor quietud, para deleite y disfrute de tiempos y espacios que nos son vetados durante las largas jornadas laborales.

Todo parece confluir en un estado idílico para su disfrute y participación gozosa y positiva, empero, no es en muchos casos así. En los países occidentales existe una conducta anticipatoria, que no deja el disfrute y el anclaje del presente. Se trata de una especie de avaricia del tiempo y de la previsión de todo, lo cual es imposible. Esta necesidad imperiosa, que no logra dominar el hombre occidental le produce displacer, tensión mantenida, y aparece el estrés.

Al vivir anticipadamente algún suceso satisfactorio que se ha planificado con mucha dedicación y esfuerzo, cualquier pequeña modificación que la realidad pueda traer, se convierte en un inconveniente frustrante. Esa modificación puede, objetivamente no ser tan molesta, ni tan inconveniente, pero el modo de percibirla, y sobre todo la emoción con que se vive, es altamente estresante, puesto que responde a una contrariedad que no se había concebido en una planificación previa, fuertemente idealizada.

Durante los momentos de ocio, muchas personas en nuestras sociedades tecnificadas y anticipatorias, llegan al punto de no disfrutar plenamente de la actividad placentera u ociosa que están desarrollando, porque ya están pensando en la siguiente que tienen que disfrutar o cumplir en el calendario y agenda prevista. Al estar involucrados en esta cadena de actividades satisfactorias previstas, pasan de una a otra con avidez y estrés, sin detenerse a disfrutar tranquilamente de lo que el presente les ofrece. De este modo se escapa entre las manos del hombre el placer, debido a la búsqueda desesperada y desordenada del mismo. (Dr. De las Heras).

Esta extraordinaria actividad presente en el ocio responde a tres grandes objetivos: la producción, el consumo y la diversión, oponiéndose a la quietud, que en la mayoría de los casos se identifica erróneamente con el aburrimiento. Así, se tiene que encontrar un sentido utilitarista a la quietud, para que no resulte aburrida y por lo tanto despreciable por los otros. Un ejemplo de ello, es la actividad de tomar el sol durante los ratos de ocio. Aunque es una quietud motórica, se tiene la falsa impresión de estar produciendo y consumiendo algo: el bronceado, digno luego de ser expuesto y admirado por los demás.

Otro error que produce estrés es asociar las vacaciones con consumo masivo. Tanto te gastas, tanto te diviertes. Así los lugares más alejados y deseados deben generar más placer y disfrute, convirtiéndose en una falsedad que atrapa la angustia y tensión del sujeto que lo consume, porque en el fondo de su ser íntimo sabe que no es verdad. Dentro de este consumo asociado al ocio, se observa una competición del hombre por ser el primero entre los demás, por mostrar algo más y mejor al igual y cercano, así muchas decisiones de ocio están determinadas y dirigidas por apetencias de logro social, más que por objetivos personales de descanso, quietud y encuentro consigo mismo y con los demás.

Queridos lectores, disfruten de estos días de ocio sin dejarse atrapar por tensiones que responden a burbujas nocivas de pensamientos inadecuados. Escuchen a sus necesidades personales y abran los ojos a los otros y a su entorno, paladeen cada hora y entren en resonancia con sus emociones y sentimientos, no tanto con el consumismo y exigencias de una sociedad enloquecida con el reloj.

 

 

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