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El historiador Ángel David Martín dedica hoy su columna a los recientes congresos del PSOE y del PP

Una clave para entender el congreso del PSOE...y el del PP

Se podría creer que el escenario político internacional ha cambiado sustancialmente desde los años ochenta del pasado siglo con la Perestroika, la caída del Muro de Berlín y la apertura del Este. Numerosos países cuentan con estructuras democráticas formalmente homologables con las del occidente europeo (pensemos en la ampliación comunitaria impensable hace apenas unos años). El sistema económico del comunismo ha sido sustituido por modelos orientados a la economía de mercado. Incluso en China se asiste a transformaciones económicas sustanciales por más que permanezca en pie el modelo político. Lo de Cuba parece cuestión de tiempo… Por otro lado aparecen en el escenario nuevos problemas como las consecuencias que se derivan de las reivindicaciones crecientes de los sectores inspirados en la religión islámica.
Y sin embargo, como si el viejo fantasma siguiera paseando sus despojos por los continentes que antaño martirizó, podemos constatar el auge que el “socialismo del siglo XXI” está alcanzando bajo liderazgo como el de Hugo Chávez (Venezuela), Lula da Silva (Brasil), Evo Morales (Bolivia), Kirchner (Argentina), Fernando Lugo (Paraguay), Daniel Ortega (Nicaragua), y Rodríguez Zapatero. Todos ellos idolatran a Fidel Castro y trabajan activamente para perpetuarse en el poder mediante el cambio socio-político de sus respectivos países y la reelección ininterrumpida.
Parece que la experiencia del siglo XX no ha servido para nada: el socialismo sigue avivando el populismo, inspirando despotismo e intolerancia, sembrando el odio, debilitando la libertad y el imperio de la ley y frenando el progreso de los pueblos. En efecto, si bien el comunismo bolchevique se derrumbó, su ideología sustentante mantiene vigencia bajo el magma en el que se mueven todos, mucho más allá de la aparente división entre derechas, centro e izquierdas. Hablar de neomarxismo, neocomunismo, neosocialismo, neoconservadurismo o neoliberalismo, es indiferente, apenas pequeños matices separan a todos los que pueden ser reconocidos bajo lo que se define con dichas etiquetas.
Este cambio es fruto del abandono del modelo de insurrección bolchevique (la estrategia de acción política directa) y su sustitución por una estrategia de acción cultural indirecta, fundada en un proceso de transformación de las mentalidades. Con el afán de realizar la revolución mundial y observando las dificultades que se habían encontrado en Rusia, Antonio Gramsci, Secretario General del Partido Comunista italiano (1891-1937), profundizó el principio del materialismo dialéctico y adaptó el comunismo a la realidad de Occidente. En la estrategia gramsciana la hegemonía cultural es la base de la revolución comunista, significando con ello que ésta depende de la capacidad que las fuerzas revolucionarias adquieran para controlar los medios que permiten dirigir la conciencia y conducta social.
Una revolución así entendida consiste en modificar de manera imperceptible el modo de pensar y sentir de las personas para, por extensión, terminar modificando final y totalmente el sistema social y político. Una vez destruido el universo de valores vigentes, su lugar va siendo ocupado por una nueva hegemonía: la de esa mentalidad, hoy dominante, sustrato permanente de una práctica política que es, al mismo tiempo, la consecuencia y el principal motor del proceso. Al servicio de esta estrategia se ponen medios tan dispares como la democracia, la demolición del Estado nacional, la inmigración, la infiltración y auto-demolición de la Iglesia, la memoria histórica, la destrucción de la familia, la desmoralización del Ejército, la educación para la ciudadanía, la cultura de la dependencia promovida por una gestión económica de los recursos dirigida por el Estado…
Siguiendo este modelo, el sistema político actualmente implantado en España se edificó sobre tres pilares levantados entre 1978 y 1985: la destrucción de la nación (autonomías), la destrucción de la familia (divorcio) y la destrucción de la vida (aborto); hoy únicamente estamos asistiendo a las últimas consecuencias del proyecto puesto en marcha por las fuerzas políticas entonces dominantes. El árbol se plantó, ahora basta recoger sus frutos y lo único que admite una mínima disputa es quién habrá de llevarse la cosecha.
Si hay alternativa, únicamente será posible en la medida que tenga lugar la recuperación de la hegemonía en la sociedad civil. Algo que implica la lucha por la Verdad ―que no se impone por sí misma― y la capacidad de generar instrumentos coercitivos que, al amparo de la ley, actúen como freno de las tendencias disgregadoras.
 

 

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