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Diario YA

“La villanía, envuelta en las sombras de la ciega noche, es tanto más tiránica cuanto más invisible” W. Shakespeare.

El juego sibilino de los separatistas catalanes

Miguel Massanet Bosch. Que los separatistas catalanes siguen encabezonados en perseguir su objetivo y continuar desafiando al Gobierno, utilizando nuevos trucos mediante los cuales intentan obligarle a tomar decisiones que, a ellos creen que les benefician, obsesionados en obtener argumentos y razones con las que poder motivar a los catalanes que todavía siguen dudosos en cuanto al tema independentista; pensando que, si se produjeran lo que ellos consideran represalias del Estado español o sentencias que perjudicaran a sus miembros o a su causa, emitidas por los tribunales del Estado español; podrían influir en los más tibios de los ciudadanos de Cataluña, para inducirles a unirse a la causa independentista.

Se trata, evidentemente, de trabajar el ya clásico victimismo que siempre les ha dado tan buenos resultados, de explotar la falsa creencia de que “España nos roba” y de utilizar el idioma catalán como arma arrojadiza para vetar el castellano en la enseñanza, en la rotulación de comercios e, incluso, intentan que deje de utilizarse como idioma vehicular en los hogares, en las calles o en los recreos de los colegios.

Todo forma parte de un plan de ataque a España y al resto de autonomías, perfectamente calculado y profundamente interiorizado por los promotores de esta gran utopía. Saben perfectamente que la Constitución, los tribunales del Estado, la opinión pública del resto de la nación (con la posible exclusión de una parte de los vascos y gallegos), en nada los favorece en esta peregrina idea de una Cataluña independiente y separada del estado español y, por ello, buscan lograr sus objetivos convirtiendo a alguno de los suyos, de los más destacados, de los más belicosos, de los que se han expresado con mayor soltura y se han mostrado más desafiantes contra lo que, para ellos, es opresión de España, ataque a la supuesta democracia que ellos se atribuyen, olvidando que están dentro de un sistema democrático, con sus propias leyes, obligaciones y deberes, sostenido por una Constitución aprobada en un referéndum nacional por todos los españoles y, en consecuencia, sólo a través de otra consulta a toda la nación, puede ser modificado en su totalidad o en una parte de ella.

A sabiendas, el señor Artur Más (después de perder unas elecciones autonómicas en las que se dejó 12 diputados), para salvarse de las críticas que le llegaban de propios y extraños, se lanzó al abismo de la insensatez, afirmando que lo que buscaban los catalanes era una Cataluña libre e independiente. Desde entonces se puede decir que, la rueda del independentismo, ha ido rodando de bulo en bulo, de trola en trola y de infundio en infundio, corroyendo la habitual sensatez del pueblo catalán de modo que, en unos pocos años, se ha conseguido que cerca del 50% de la población de esta autonomía, esté convencida de que los españoles nos aprovechamos de ellos, de su trabajo y de sus impuestos, llegando a la certeza ( sin base alguna para ello) de que, fuera de la tutela del Estado español, vivirían mejor, serían más libres y cobrarían mejores pensiones; disfrutando de una atención sanitaria mejor que la actual.

Las varias instituciones que se han convertido en los adalides de la reclamación independentista, como el Omnium Cultural, la ANC, Convergencia y la ERC, etc., han venido pretendiendo, a través de intentos infructuosos ante el Parlamento español; de declaraciones y acuerdos tomados en el propio Parlamento catalán; del uso de la prensa que les es adicta (el 90% de la catalana) y de las TV, a las que subvencionan generosamente para que se conviertan en mensajeros privilegiados de los comunicados, acuerdos, reuniones parlamentarias y encuentros de los distintos organismos ( oficiales o no) que colaboran en la elaboración de lo que ellos definen como: una “estructura para la nueva nación catalana” que, pese a los avisos del TC y del Gobierno, siguen adelante, desoyendo los requerimientos, avisos y amenazas que, desde los tribunales y la propia Administración del Estado, se les vienen haciendo, sin ningún éxito, por cierto.

Una de las bazas con las que cuentan es la imputación A.Mas y Homs en procedimientos abiertos en el TC, el TSJC y el mismo tribunal Supremo. Piensan que los resultados, previsiblemente condenatorios, que pudieran producir inhabilitaciones o, en el caso de la señora Carme Forcadell, actualmente en manos de la fiscalía, que parece que sigue en el procedimiento penal, lo cual puede concluir en sentencias por desobediencia y prevaricación, van a servir para revolucionar las masas y de revulsivo para que los ciudadanos que siguen dubitativos se decidan a apoyar la causa independentista.

Tienen sus esperanzas puestas en la posible debilidad del próximo gobierno del Estado, que prefiera negociar con ellos a aplicar las leyes que acabarían con sus ambiciones separatistas. Es por ello que han intensificado su campaña en el Parlamento catalán, tanto para ir trabajando en las llamadas leyes de “desconexión”, transitoriedad jurídica y proceso de participación para la elaboración de la nueva Constitución catalana. La estrella de la pasada reunión del Parlamento catalán fue el anuncio (regalo de los de la CUP a cambio de su sí a los presupuestos catalanes), por el señor Puigdemont, de que el “referéndum vinculante” será convocado antes de finales del mes de diciembre del año 2017, en el que se formulará la siguiente pregunta: ¿Quiere usted que Cataluña sea un estado independiente?

Está por ver cuál va a ser la reacción del nuevo gobierno español, si es que ya tenemos alguno, y cuáles van a ser los proyectos de la, cada vez más afianzada, Ada Colau, últimamente afiliada a las filas del nacionalismo independentista sólo que, en su caso, con el añadido de “comunista”. Mucho nos tememos que, lo que queda de una Convergencia disminuida y descafeinada, después de los resultados de los últimos comicios, atacada por el mal endémico de la corrupción, específicamente de la situación extremadamente delicada del otrora “honorable” señor Pujol y su espabilada familia, no tiene visos de, a pesar del cambio de nombre, remontar y cortarles el camino a los comunistas de la Colau, que llevan el rumbo de (con el apoyo del PSC de este intrigante y marrullero personajillo, señor Izeta) intentar avanzar en la conquista de toda Cataluña por el típico procedimiento de prescindir de las leyes, apoyarse en los hechos consumados e ir progresando en su proyecto, aplicando toda clase de normas municipales que vayan restringiendo, cada vez más, las libertades de los ciudadanos privándoles paulatinamente de sus derechos de propiedad, empezando por el uso y alquileres de los inmuebles, sobre los que ya ha puesto la zarpa municipal mediante impuestos y gravámenes que, de seguir por este camino, van a convertir el negocio de la construcción en ruinoso y prohibitivo.

Lo que parece que va a ser el resultado de esta República Catalana, cuyas elecciones constituyentes se esperan para el mes de marzo del 2018, mucho nos tememos que, en el improbable caso de que los gobernantes españoles se hubieran vuelto locos y los militares decidieran mirar hacia otro lado, tuviera alguna posibilidad de celebrarse, no será ni mucho menos el que el señor Puigdemont o el señor Mas y su séquito de nacionalistas de derechas catalanes prevén, sino que, quienes van a salir beneficiados de todo este trabajo preparatorio que ahora están desempeñando, con tanto ahínco, los nacionalistas de todos los grupos afines al proyecto separatista, no van a ser, no obstante, premiados con el fruto de tantos desvelos, sino que, con toda probabilidad, los recogerían los, cada vez más boyantes integrantes de Barcelona en Comú, segregados e independizados de sus raíces en Podemos y con la particularidad de ser los que mejor encajan dentro del conocido proletariado catalán que, si es cierto que no tiene nada que hacer en las clases altas catalanas, en cambio, sí tiene mucho predicamento en aquella parte de la sociedad más afectada por la crisis, en los parados, en algunos grupos desengañados de universitarios y entre muchos de los inmigrantes de otras autonomías que, hoy en día, forman una parte importante de los residentes en esta autonomía catalana.

Puede que, al final de todo este largo proceso, si ocurriera lo imposible y Cataluña se separara de España, el nombre que se le aplicaría a esta tierra ingrata y endeudada hasta sus mismas entrañas - tanto con el Estado español, como con los bancos que le prestaron dinero comprando aquellos bonos, con intereses extraordinarios que, ahora, las tres agencias de rating han calificado de “bonos basura” y es el Estado español el que, a través del FLA, tiene que ayudar a renovar y pagar los intereses devengados, porque la Generalitat de Cataluña no dispones de fondos suficientes para hacerse cargo de ello – que los catalanistas se han inventado para su utópico nuevo país, acabara por quedar modificado con un añadido que la iba a calificar mejor que el de los nacionalistas, “República Comunista de Cataluña” y que, en lugar de un Parlamento como dispone en la actualidad, lo que reuniera la representación popular fuera un soviet, al más puro estilo y con las características de lo que fue aquel que presidió con toda su autoridad dictatorial don José Stalin, de la URRS.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie y como ciudadano español, empezamos a pensar que, cuando el señor Puigdemont amenaza a los ciudadanos que residimos en Cataluña, para que paguemos los impuestos a la Hacienda catalana y que, si no lo hacemos, se nos va a requerir para hacerlo bajo amenaza de multas y embargos; tenemos que preguntarnos ¿quién va a ser que nos defienda de semejante acoso?

O es que ¿vamos a tener que pagar a los separatistas en lugar de a la Hacienda Pública española? Porque, si hay algo que tenemos claro es que, nuestra magnanimidad, nuestro aguante y nuestra generosidad, no va a ser tan espléndidos como para acomodarnos a pagar dos veces nuestras deudas tributarias. No tenemos claro lo que va a suceder dentro de unos meses, cuando todos estos planes, tan bien pergeñados, de los rupturistas catalanes, sean puestos en marcha y nos encontremos entre la espada y la pared, sin saber realmente si vamos a estar debidamente protegidos por el Estado español o si, por el contrario, vamos a tener que claudicar ante la realidad, por mucho que nuestros sentimientos sigan, como va a ser, de ciudadanos españoles y de derechas residentes en un país que nos repudia.

Etiquetas:nacionalismo