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Diario YA

“La gente odia a quien le hace sentir la propia inferioridad.” Lord Chesterfield

El odio como baza e instrumento revolucionario

Miguel Massanet Bosch. No acabamos de sorprendernos ante los miles de peripecias que están afectando a este país, a cual más inverosímil, de modo que no pasa día sin que, los españoles, tengamos que hacer un acto de fé para seguir creyendo que, en algunos momentos de nuestra vida, estuvimos viviendo en un país en el que había trabajo, nos tolerábamos los unos a los otros, intentábamos disfrutar de la vida y gozábamos de una paz, no sólo por falta de enfrentamientos, sino de esta tranquilidad interna que nos permitía dormir sin sobresaltos y pensar solamente en cuidarnos, trabajar, disfrutar de nuestro ocio y mantener buenas relaciones con nuestros vecinos. Un episodio, del que ya tratamos en otro comentario, ha venido a alterar, una vez más, el pulso de esta ciudadanía en la que, la más mínima pavesa da lugar a que se enciendan las hogueras del enfrentamiento, la descalificación, la ofensa gratuita y la puesta en funcionamiento de las mafias totalitarias que, poco a poco, parece que se están adueñando de nuestra nación.

El malhadado tema del autobús rojo en el que, una entidad católica recordaba cuál era el verdadero sexo de cada niño y niña; una circunstancia que les sirvió de pretexto a los de la doble piel, la de paquidermo (donde el grueso de su pellejo resulta ser más refractario al dolor) y la de cocodrilo que, contrariamente a lo que se pudiera esperar de una piel tan correosa, resulta ser uno de los cinco animales de piel más sensible del mundo. Con ello nos referimos a que, cuando se trata de juzgar a los demás, cuando tienen ocasión de clavar sus banderillas en aquellos a los que odian o consideran sus enemigos, contra los cuales valen cualesquiera triquiñuelas o maquinaciones para acabar con ellos o atacar su buen nombre o fama y, cuando, por el contrario, se refieren a quienes pertenecen a su entorno, a los que quieren proteger, no tienen empacho alguno en falsear los hechos, buscar explicaciones para endulzarlos o tergiversar los argumentos, de modo que finalmente, se culpe a quienes fueron las víctimas y se ensalce a sus verdugos. Odio, señores, aquí está la clave de la cuestión.

No hablamos del enfrentamiento de ideas, de la defensa de distintas posturas políticas, de diferentes opiniones debatidas dentro de un entorno democrático y de seriedad, no, de ninguna manera, hemos regresado a aquellos tiempos en los que España se dejó llevar por el odio. Odio de clases, odio de confrontación entre laicismo y religión, odios personales, odios vengativos, odios criminales y odios satánicos puestos de relieve en aquellas mansiones siniestras, donde unos pervertidos inhumanos dejaban aflorar todas sus bajas pasiones para torturar a los infelices que caían en sus manos.

Odio, en definitiva, como medio de enfrentar a los españoles, como dijo el señor Pablo Iglesias de Podemos cuando habló de “la casta” en una clara alusión a lo que, en términos políticos, se entiende como la derecha o el centro derecha. Este señor es autor de expresiones como “La guillotina es el acontecimiento fundador de la democracia” o “La Revolución cubana marcó muchas cosas en el contexto de la Guerra fría. Marcó por ejemplo el inicio o la recuperación de la lucha armada como estrategia política de acceso al poder, que después terminó fracasando en el continente.”, o “Lo de izquierdas que eres se mide por la distancia que dejas con la policía” o, como guinda final de una interminable lista de despropósitos parecidos, esta última joya: “El mayor ataque contra la libertad de expresión es que haya medios de comunicación que sean propiedad privada.”

Pero no se queda en los de Podemos el monopolio de la explotación del odio como arma de excitación de las masas porque, como ya sucedió en tiempo de la II República, con personajes como Largo Caballero con frases como: “si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”; también el líder de las Juventudes Socialistas Unificadas, grandes protagonistas de la revolución de 1934, Santiago Carrillo, metido de hoz y coz en la conspiración revolucionaria contra la República ( la de derechas de 1933) se expresaba así: “los momentos actuales no permiten otra salida que la insurrección armada de la clase trabajadora para adueñarse del poder político, íntegramente, instaurando la dictadura del proletariado” ; hoy en día tenemos en España un “digno” heredero del socialismo revolucionario, presto a aliarse con Podemos si se le presenta la ocasión y, uno de los aspirantes con más posibilidades de ser reelegido por los socialistas, precisamente por ser el que más odio ha sabido generar durante el tiempo que estuvo al frente del PSOE, el señor Pedro Sánchez. Un sujeto que estuvo a punto de enviar a España al Infierno dantesco de la quiebra soberana, si se le hubiera permitido que siguiera con su política del “no es no”, con la que se negaba a cualquier tipo de entendimiento con el PP, objetivo de su odio particular contra el señor Rajoy.

Fue derrotado y derrocado pero, por extraño que pueda parecer, la semilla que supo sembrar entre las bases de su partido, tan propensas a dejarse convencer cuando se trata de “acabar” con la Derecha, no ha dejado de germinar durante este largo periodo en el que los socialistas han estado navegando por los piélagos del despiste, la falta de un líder que tomara el mando y el gran distanciamiento entre los dirigentes y la masa de votantes que, durante los últimos comicios, han dejado progresivamente de apoyarlos, de modo que han quedado muy cerca de perder su segundo puesto ante la pujanza de los comunistas de Podemos que, a pesar de sus luchas internas por el poder, parecen conservar intactas su fuente de votos que los situaron con cinco millones de votos.

Si los hubo que dieron por concluida la Guerra Civil de 1936 o pensó que las heridas de aquella lucha fratricida, que hace 80 años que concluyó, ya cicatrizaron sin que quedara ningún rescoldo de aquellas infaustas efemérides, estaba muy equivocado. Han bastado unos años de crisis, un retorno de viejos revolucionarios, utilizando los mismo tópicos y engaños con los que los soviéticos consiguieron el apoyo de los campesinos primero y de parte del Ejército después, para derrotar al zar Nicolás II e implantar el régimen soviético con todas las fatales consecuencias que se derivaron para Rusia y, también, para el resto de Europa, que tuvo que enfrentarse a una proliferación de partidos comunistas, fruto de la estrategia de la URRS del señor Stalin, de implantar los “frentes populares” en todas la naciones que se prestaban a ello, de los que tan malos recuerdos tenemos en España.

Como país meridional, de sangre caliente y de reacciones muchas veces demasiado pasionales e irreflexivas, corremos de nuevo el riesgo ( y estos cinco millones de votos favorables a Podemos, junto a los que pudiera conseguir Sánchez, de conseguir la secretaria general del PSOE, son una clara demostración de que existen) de que se produzca de nuevo una situación, si no igual a la de julio de 1936, debido a que los tiempos han cambiado desde entonces, si parecida y potencialmente capaz de que las masas, hábilmente manipuladas para contagiarlas del odio hacia las “castas” capitalistas, decidieran darles su confianza a estas izquierdas escoradas hacia el extremismo bolivariano, sean capaces de, por medios legales ( menos posible) o explotando su dominio de la acción revolucionaria dentro de determinados sectores menos favorecidos de la sociedad y, como ya ha venido anunciando el señor Iglesias, utilizando la ocupación de las calles, los alborotos, la provocación y los destrozos de mobiliario urbano o la desobediencia civil, como medios extralegales para completar su actuación en el Parlamento ( en el Senado no tiene medios para desbancar la mayoría absoluta del PP), medios que parece dispuesto a utilizar para sacar adelante sus utópicas propuestas de convertir a España en una sucursal del Venezuela y su despótico régimen de opresión y miseria.

Una situación explosiva a la que basta añadir el tema del independentismo catalán, para que se nos ponga muy cuesta arriba alimentar el optimismo que parece querer irradiar un PP que, si tenemos que ser francos, poca confianza nos inspira que, con su “diálogo” y sus ofertas de acuerdos con los otros partidos, evidentemente dispuestos a borrarlo del mapa político, mucho nos tememos que acabe por enredarse en sus propias contradicciones y acabe desapareciendo, como le sucedió al partido de Gil Robles, la CEDA, cuando no tuvo la valentía de aceptar la presidencia de la república cediéndosela al señor Lerroux.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos la premonición de que, la situación de nuestro país, está en unos momentos en los que, ante cualquier descuido o situación adversa del actual gobierno, las fuerzas de las izquierdas ( vista la pobre colaboración de Ciudadanos y sus infantiles enfados) conseguirán dar el cambiazo, con las desastrosas consecuencias que, para España y para todos los españoles, tendrían si entrasen en el poder elementos que, con toda seguridad, se asentarían en el poder acabando, definitivamente, con nuestra democracia. A menos que… esta derecha tan acomodaticia, tan difícil de sacar de su pasividad, tan confiada en el “buenismo” de aquellos que nunca ven el peligro y esperan que, un milagro divino, solucione los problemas; se despierte y reaccione con energía, para recobrar todo lo que nuestro país ha estado perdiendo durante los últimos años.

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