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Diario YA

 

 

¿Qué es la verdad? se preguntaba Poncio Pilato

El Reinado de la posverdad

Manuel Parra Celaya ¿Qué es la verdad? se preguntaba Poncio Pilato antes de su higiénico y cobarde lavatorio de manos delante de la plebe. Siempre se me ha antojado que la figura del Procurador de Judea contiene fuertes componentes de actualidad: se trataba de un político atento a su carrera y medro personal, se mostró acérrimo demócrata al aceptar la decisión de una mayoría a sabiendas de que era injusta y producto de la más descarada manipulación y, sobre todo, pudo ser, con su pregunta, el inventor del reciente concepto de posverdad.

La posverdad nos viene a decir que los criterios personales y las emociones son más importantes en la llamada opinión pública que los hechos objetivos y demostrables; o sea, que todo es relativo y no existen ni por asomo categorías permanentes de razón en las que sostenerse; Ortega a lo bruto, como si al aserto de yo soy yo y mi circunstancia le desposeyéramos del yo y todo dependiera de esa circunstancia mudable. En realidad, es algo muy antiguo, como aquel cristal con que se mira o, en términos históricos, como que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad (Lenin dixit); corrobora que, en puridad, no existe la opinión pública, sino que, en todo caso, se trata de opinión publicada con suficiente garra y dosis de demagogia para mover voluntades y votos.

¿Oí realmente o lo he soñado que el Sr. Rafael Hernando, portavoz del gobierno, dijo algo así como que mantener unos principios inmutables no llevaba a ningún sitio y era contraproducente? A estas alturas, no estoy seguro y, de haberlo oído reafirmaría la tesis de la existencia y conveniencia de la posverdad, que, según me informan, fue acuñado como término en el diccionario de Oxford el año pasado. Hay muchos antecedentes en la historia de España y, en general, del mundo sobre las posverdades; sin ir más lejos, podemos recordar aquellos Principios Fundamentales del Movimiento que se definían como permanentes e inalterables, y ya se vio que no lo eran tanto para quienes los habían jurado repetidamente; incluso, el propio Franco declaró, el 1 de abril de 1969, en la primera página de Arriba que la Ley Orgánica del Estado establecía los cauces para la posible alteración de los Principios Fundamentales, cita que recojo del maestro de periodistas Enrique de Aguinaga. Otro curioso antecedente para un término tan moderno. Si el Sr. Hernando dijo lo que creí oír, no hizo más que reiterar algo muy sabido, que, de hecho, ya había manifestado el Sr. Marx (Gruocho): He aquí mis principios; si no les gustan, tengo otros. Y esto es el leit motiv de la filosofía liberal, desde sus comienzos históricos hasta su anclaje actual en el Neoliberalismo rampante. No hay partido en la escena política, ni a diestra ni a siniestra, que no esté apegado a esta fórmula de relativismo y, por ende, de nihilismo. Y acaso estén en lo cierto; quizás no les sea posible a los partidos del Sistema -es decir, a la inmensa mayoría- defender a capa y espada unos principios, ya no permanentes e inalterables como aquellos del Movimiento, pero sí, por lo menos, con cierta fidelidad a programas y promesas electorales. Como procuro estar alejado de ese confuso mundo de la política, no dejo de reconocer mis grandes lagunas y aceptar que en la variación de principios esté la clave de la persistencia de un estado de cosas.

Sin embargo, atendiendo al ser humano -que es lo realmente cuenta- quizás no pueda despacharse la cuestión con las humoradas de los señores Groucho Marx y Rafael Hernando. Y ello porque considero que una de las cualidades excelentes de la persona es el ser consecuente en pensamientos, palabras y hechos; ahí radica y de ahí procede lo que llamamos compromiso, no solo con unos electores que forman parte de esa opinión publicada, sino, ante todo, consigo mismo y con la propia conciencia -que también deben de tenerla los políticos, digo yo-, y, de paso, con su responsabilidad ante las generaciones actuales y las futuras. Hay temas que nunca podrán estar sujetos al arbitrio de la posverdad. Como el derecho a la vida. Como la dignidad humana. Como la búsqueda de la justicia. Como la integridad de España. Ante ellos, no cabe lavarse las manos, ni aceptar los gritos de los sugestionados por la demagogia, ni procurar medrar ante el césar de turno, ni preguntarse continuamente ¿qué es la verdad?, para salir del atolladero o continuar en el machito.

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