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Diario YA

Es pasmosa la habilidad de los ingenieros de ese subterráneo Ministerio de la Corrección Política

En el fondo, cuestión de ADN: terminología ajustada a las circunstancias

Manuel Parra Celaya. Es pasmosa la habilidad de los ingenieros de ese subterráneo Ministerio de la Corrección Política para poner en circulación una terminología ajustada a las circunstancias y parámetros de obligado cumplimiento y conseguir que las gentes sustituyan en su habla las palabras nefandas -las que evocan conceptos exactos y rigurosos- por eufemismos o circunloquios que se mantengan dentro de lo necesario.
    Véase como demostración el apelativo de supremacista aplicado a Quim Torra, con el que se pretende relajar la tensión social que provocaría llamarle, simple y llanamente, racista, dadas sus ideas sobre el ADN de los catalanes y de esas bestias que vienen a perturbar este Paraíso terrenal al que quiere conducirnos.
    El Sr. Torra, al parecer licenciado en Derecho, es un hombre cultivado y, como tal, fiel seguidor de sus clásicos -no de otros-, a los que habría que denominar también como supremacistas históricos. Juzguen ustedes.
    Así, Valentí Almirall que, en un folleto editado en 1886, afirmó que las razas que fueron poblando la Piel de Toro no se habían mezclado en absoluto, sino que el desarrollo histórico había aumentado sus diferencias; se distinguían, según este autor, dos etnias muy marcadas: la centro-meridional, semítica, y la anglosajona, que correspondía a la catalana; esta segunda era práctica y ahorradora, y la primera, descuidada y derrochadora. De todas formas, me dice el autor consultado (Juan Ramón Lodares. 2002) que D. Valentí acabó desengañado de sus catalanismos raciales. Menos mal; esperemos que a Quim le ocurra algún día lo mismo.
    Otro cásico, sin duda, para el actual president es Pompeyo Gener, quien, en 1903, aplicaba otra distinción más elocuente: arios (los catalanes, claro) y semitas (los demás); ¿les suena? No acaba aquí la cosa, sino que Pere Mártir Rosell, en 1917, proponía que la raza ario-catalana desterrara a la semita-castellana; y Mosén Riera, ya metido en la década de los años 20, afirmaba sin rubor que el catalán era una lengua de origen ario-gala, y el castellano descendía del iberorromano arabizado y, por tanto, contaminado de semitismo; este mosén no estuvo a tiempo de introducir las urnas mientras decía la Misa, pero seguro que lo hubiera hecho de buena gana…
    No sé si entre los clásicos de cabecera de Quim Torra estará Sabino Arana, quien, por cierto, se inspiró para sus teorías racistas o supremacistas en lo que vio y vivió entre sus congéneres del separatismo catalán de la época; todo cabe, pues sabemos que el flamante presidente de la Generalidad es muy leído. De todas formas, es posible que este ande algo enfadado con el PNV actual, que ha elegido el sabroso plato de lentejas que le ofrece Rajoy en lugar de solidarizarse con el separatismo catalán (mientras, eso sí, van preparando su propio procés -desconozco cómo se dice en vascuence- de acuerdo con Bildu).
    Todas aquellas curiosas y peregrinas teorías acabaron derivando, tras la 2ªGM y por razones evidentes, ya no en la raza, sino en la lengua, y de ahí el efecto nacionalizador que le quieren dar los separatistas a esta, con lo cual pretenden crear un conflicto lingüístico y cultural que nunca hemos tenido los catalanes de a pie.
    Pero en el subconsciente colectivo de los secesionistas aletea constantemente la invocación a lo racial como elemento diferenciador tajante. ¿Recuerdan al aquel Heribert Barrera -hoy desaparecido de la política por un escotillón apresurado- que pedía que las sevillanas se bailaran en Sevilla y en cuyos textos se hallaban perlas como la siguiente de 2001:  Hay una distribución genética en la población catalana estadísticamente diferente a la población subsahariana, por ejemplo (…) Hay muchas características que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas?
    Evidentemente, por debajo de lo específicamente referido al idioma subyace en ellos lo étnico, que, por lógica, también debe manifestarse en lo biológico y en lo corporal; acaso ese subconsciente colectivo al que aludo haya impulsado las palabras de Torra cuando ha pedido recientemente una nueva musculación del separatismo, para poder llevar a cabo de manera efectiva su república independiente.
    Sea como sea, la cuestión es que no paro de sobresaltos. En mi ADN figuran, seguro, elementos procedentes de Murcia, de La Mancha y de la Cuba española, además de los estrictamente catalanes, que no serán probablemente predominantes en la interpretación supremacista del president y de su futuro gobierno, esté integrado o no por presidiarios y huidos de los tribunales.
    Mi alternativa es, pues, dolorosa: o el gueto o el exilio. Y eso en el supuesto de que no pretendan aplicarme medidas más drásticas y vitales.

 

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