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Diario YA

España en sus infiernos (3): La Patria en llamas ante la traición de las masas

Laureano Benítez Grande-Caballero

Ahora que tan de moda está el econaturismo —uno de los pilares del NOM, por cierto, que en las tribus de los animalistas del PACMA está en maridaje con el veganismo, otra de las coñas globalistas, que pretende crear otro conflicto artificial más en la sociedad: veganos contra omnívoros— no está de más recordar que las sociedades humanas, por mucho que presuman de excelencias civilizadoras, no dejan de ser un ecosistema, aunque sea el que manipula y depreda a los demás.
Y no hay nada mejor para explicar el biotopo humano que un documental de esos tan tópicos y típicos que todos hemos visto más de una vez, documental que puede ilustrar cualquier sociedad humana occidental, pero que en España adquiere características realmente oscarizables.
Imagínense una sabana africana, donde un rebaño de miles de antílopes pasta mansamente entre los baobabs. De repente, aparece un par de leones, que se abalanzan sobre la manada, provocando una apocalíptica estampida de sálvese-quien-pueda, entre una gigantesca nube de polvo y el estruendo de los cascos tocando el tambor del llano.
Siempre que he visto esta escena, me he hecho la misma pregunta: ¿cómo es posible que un león pueda amedrentar a miles de animales armados con cornamentas? ¿Por qué los herbívoros no se revuelven contra los depredadores, pues bastaría con que unos cuantos de ellos les atacasen mancomunadamente para ponerlos en fuga? Enigma donde los haya, verdadero expediente X de la naturaleza, tanto animal como humana.
Si de la sabana africana nos trasladamos a los solares patrios, el documental recogería a los antílopes hispanos bebiendo cervecitas en terrazas callejeras, pastando basura en los medios de comunicación, o ramoneando mercachiflerías en los centros comerciales, indiferentes y cobardes ante la jauría depredadora que carroñea en su derredor, ante las hienas de rojo hocico que se disputan entre gruñidos los despojos de nuestra Patria.
Hubo un tiempo en que las masas hispanas se rebelaban en valles asturianos con Santiago al frente, en sublevaciones comuneras contra las mafias de Flandes, en motines de Esquilache para defender sus chambergos, en mayos incontenibles contra la chusma masónica, en avasalladoras columnas contra las milicias luciferinas de las dictaduras rojas… pero hoy ya no se puede hablar de la orteguiana «rebelión de las masas», ya que los únicos que se rebelan son los depredadores leonados, los buitres de cuello cervantino de lechuguilla, las hienas reidoras y aulladoras, las panteras negras que atacan desde sus cubículos sulfurosos.
Es así como bandas de matones perroflautados, catervas bolivarianas, brujeriles femens, trolls coletudos, tuiteros orcos, indepes butifarrados, sociatas como saurones y depredadores antisistema de toda calaña se abalanzan impunemente contra los antílopes acobardados, que además carecen de ningún pastor ni ningún «tío de la vara» que los guíe y los defienda.
Son los amos del kotarro, de las telemierdas, de la mayoría de los hemiciclos, de la calle, de las redes sociales, bien organizados, agresivos, hispanófobos y cristianófobos, levantando su puño en alto como en los viejos tiempos, enseñando los dientes lobunos a las masas indolentes, cobrándose sus piezas en cada asalto que perpetran.
Quieren desguazar nuestros territorios, perseguir a los católicos, desmontar nuestras cruces, butronear nuestros Valles, desenterrar nuestros muertos, sumirnos en un pavoroso infierno fiscal, indultar a los quebrantahuesos golpistas, dar carta blanca a la invasión de búfalos subsaharianos, amordazar nuestras libertades, resucitar sus diabólicas chekas, quemarnos como en el 36, exterminar a los patriotas…
Ante tanta amenaza, el rebaño de antílopes, indiferente y cobarde, vuelve la espalda. Le llaman buenismo, pacifismo, pero yo a esto le llamaría “antilopismo”, letal enfermedad que ha arrasado con nuestra gallardía antañona, con nuestra raza heroica, con nuestra brava rebeldía, con nuestro reconocido valor: sin duda, esta pasmosa metamorfosis con la que España hace hoy honor a su nombre —“Tierra de konejos”— es el más alto logro de la pérfida dictacracia que nos impuso Bilderberg, metamorfosis que les ha llevado 40 años completar porque el pueblo español salido del franquismo era patriota, y católico, y tradicional, y conservador, y tenía ideales y principios éticos que les ha costado destruir.
¿Cómo explicar que nuestro pueblo calle ante tanta traición, tanta cobardía, tanta ruina, tanto impuesto, tanto latrocinio, tanta destrucción, tanta corrupción, tanta ineptitud? ¿Cómo es posible que nuestras calles no sean un clamor exigiendo elecciones ya, encarcelamiento de los golpistas, libertad de expresión para los patriotas, bajada de impuestos, libertad de circulación para los vehículos, cese fulminante de ministros corruptos, dimisión del impresentable Sánchez, exilio bolivariano para el Coletudo galapagareño, anulación del cambio de nombre de las calles, demolición de las estatuas de los golpistas sanguinarios Prieto y Largo Caballero, respeto por la tumba de Franco y el Valle de los Caídos, eliminación del lavado de cerebro homosexualista en los centros de enseñanza, supresión del aborto como derecho de la mujer, etc.?
No, las masas ya no se rebelan, porque eso es privilegio de una minoría de depredadores que abusan de las manadas absolutamente idiotizadas. Habría que hablar más bien de la «traición de las masas», conformadas por rebaños de antílopes, incapaces de rebelarse aunque la Patria esté en llamas, aunque el fuego amenace ya nuestros umbrales, fenómeno que podría muy bien explicarse con esta parábola atribuida a Buda: “No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité que el techo estaba ardiendo, incitándoles a que salieran rápidamente.
Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó, mientras el fuego le chamuscaba las cejas, qué tiempo hacía fuera, si llovía, si no hacía viento, si existía otra casa, y otras cosas parecidas.
Sin responder, volví a salir. Esta gente, pensé, tiene que arder antes que acabe con sus preguntas. Verdaderamente, amigos, a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear gustosamente cambiarse de sitio, nada tengo que decirle”.

 

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