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Esperanza cristiana: Espíritu de Navidad

Joaquín Jaubert. 19 de diciembre.

Durante estos días, tradicionalmente, se nos llena la boca de buenos deseos. Las tarjetas de felicitación, los mensajes telefónicos, correos electrónicos, anuncios comerciales pululan por doquier con frases que pretenden mostrar un denominado espíritu de Navidad en el que, cada vez, está más ausente el Niño Dios. Este camino emprendido, hace décadas, edifica unas fiestas puramente artificiales construidas por el hombre y, por tanto, irrespetuosas con Aquel que nació, vivió en este mundo y derramó su sangre para nuestra salvación. El cristiano espectador, y muchas veces cómplice, de esta realidad no recuerda siempre que, también, hay que evitar los pecados de omisión y grave debe ser olvidarse del protagonista de su celebración. La Navidad para que sea cristiana ha de ser religiosamente preparada mirando hacia el que viene y, para ello, está el Adviento que nos enseña a vivir una dimensión que ha de empapar toda nuestra existencia. Preparar y celebrar la Navidad es crecer en santidad: no puede darse todo lo que inspira este tiempo, es decir amor, perdón… sin retornar al origen y causa de esos buenos deseos: Jesús.

En el tiempo y lugar elegido por el Padre para la encarnación del Verbo, se esperaba un Salvador, un Liberador. No había peligro mayor que el que impregnaba la espera por la almagama de los prejuicios y deseos en torno a cómo habría de ser ese enviado de Dios, razón por la cual no fue reconocido ni acogido en una sociedad que, externamente, parecía estar siempre preparándose a la venida del Mesías, prometido y anunciado por los profetas. Y llegó y los suyos no le reconocieron. Este tiempo de Adviento que se nos termina nos quiere conducir a una actitud que no se debe olvidar como, desgraciadamente, ya sucedió entre los contemporáneos del Señor. La Esperanza, virtud teologal, requiere de nuestra parte una gran dosis de humildad. Esperamos en lo que Dios quiere, tal y como lo ha previsto desde la creación del mundo. Fundamentar la esperanza de un mundo mejor sin Jesucristo o en un salvador ideado por nosotros o en quien se presenta como tal fue el error de aquel tiempo y de todos los tiempos. Esperar, dándonos golpes con la cabeza en la pared, que las promesas de los poderosos, que no se han cumplido nunca en milenios, serán por fin desarrolladas en el futuro no deja de ser una estulticia reiterada.

Hace unos días leía una revista ligada a un importante movimiento y a una conocida congregación en la que, en un largo artículo, se escribía, como argumento, que el espíritu navideño estaba todo el año presente en Laponia porque allí habita Papá Noel. Craso error que colabora a seguir profundizando en un pozo equivocado, peligroso y muy comercial del que sólo se extrae superficialidades con palabras huecas, vaciadas de todo contenido cristiano. Este espíritu falso nos lleva a lo contrario de lo que debe suponer la Navidad pues ahuyentando la Esperanza con mayúscula nos condena a buscar en lo creado por el hombre la respuesta a nuestros deseos de paz y amor.

El único verdadero Espíritu de Navidad surge entre aquéllos que supieron esperar con cierto carisma contemplativo. Los que reconocieron al Mesías eran humildes personas de esperanza que no se guiaban por su propia estrella sino por la designada por Dios, ellos participaron en la primera Navidad. La celebración navideña no mira, solamente, a un acontecimiento del pasado sino al presente y al porvenir. Saber esperar es saber prepararse para la segunda venida del Señor, en gloria y majestad, y para el encuentro personal con Él cuando seamos llamados a su presencia. El espíritu de Navidad, por tanto, no es un buen deseo sino una realidad que he de vivir: Jesús viene, está presente en mí, está entre nosotros y yo me he de comprometer en su seguimiento comportándome como Él lo haría.

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