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Iglesia y cine de calidad


Manuel María Bru, 17 de agosto.

El director argentino Daniel Burman se confesó hoy “muy sorprendido” por ser el merecedor del premio Robert Bresson 2008, un galardón que considera “excesivo” para su edad. Su sorpresa no nace desde luego de la ignorancia sobre la valoración de la Iglesia Católica por el cine, sino precisamente por considerarse no merecedor del único premio que otorga en nombre del Papa Benedicto XVI la Santa Sede, y que fue idea e iniciativa geniales del Siervo de Dios Juan Pablo II. Pero seguro que muchos se habrá sorprendido –incluso gratamente- por descubrir esta mirada de la Iglesia a la cultura de hoy, que no reconoce sólo, ni fundamentalmente, los contenidos o los autores explícitamente religiosos, sino todo aquello que sea expresión de la verdad, la bondad y la belleza de la creación, y especialmente, del centro de la misma, el hombre, imagen y semejanza de su Creador.

Y es que, como decía el Siervo de Dios Juan Pablo II, si el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, está llamado constitutivamente a la paz y a la armonía con Dios, y con toda la creación, “el cine puede hacerse intérprete de esta inclinación natural, y transformarse en ámbito de reflexión, de promoción de valores y de invitación al diálogo y a la comunión”.
La experiencia me garantiza, por otro lado, que algunos periodistas, lejos de sorprenderse, se debaten en este momento entre dos posibilidades: o obviar la noticia, o darle alguna vuelta de tuerca para ridiculizarla –lo cual es muy fácil, lo hacen muchas veces: si la premisa es que la Iglesia da la espalda a la modernidad, cuando noticias así demuestran claramente que no lo hace, lo que hay que decir es que con ello hace una pantomima. Y por supuesto, descartando la tercera posibilidad, la que debería ser la primera y única, la que sería honesta, la de unirse a los medios de comunicación sin prejuicios ideológicos y contar como un año más, en el Festival de Venecia, el Papa Benedicto XVI a través del Presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, mi buen y admirado amigo monseñor Claudio María Celli, entregará uno de los premios de cine más prestigiosos –sino el que más- que se otorgan a directores de cine por su certera mirada artística a la dignidad humana.
Claro que estos, e incluso los sorprendidos, no tienen ni idea de lo que significa la mirada cristiana de la realidad, esa que en el cine han hecho decir a uno de los obispos españoles más entendidos en el séptimo arte, monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada, que cine religioso es el que muestra al hombre real, sin reducciones, abierto al misterio de la realidad misma, y por tanto abierto a su trascendencia, y no ese “cine típico de  ciertas superproducciones de Hollywood en el que lo religioso es una simple excusa” o de esos “pastiches piadosos y moralizantes que a veces hemos tenido que padecer”, que presentan “lo sobrenatural como fantasmagórico, es decir, como irreal”. En cambio, el cine que más le gusta al arzobispo, y a la Iglesia, no es sino el cine que más le gusta al común de los mortales, ese que cuenta historias que conmueven, sean del género que sean, porque permiten conectar el drama humano del espectador con el de los personajes, y la historia y la vida reales, con la ficción, a través de la humanidad de los artistas del cine, directores, guionistas, actores, etc… Ese cine en el que además, como diría monseñor Javier Martínez, “la presencia y la ausencia de Dios no son fantasmagóricas, sino aquello frente a lo cual se juega día a día el destino y la felicidad de los hombres”.

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