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Diario YA

El estado como figura supra-progenitora

La cultura de la Subvención

Prof. Ivan Martin y Ladera. Existe un error conceptual que se ha difundido por toda la sociedad. Desde que nacen, los ciudadanos crecen en la fe y la costumbre de la configuración del estado como figura  supra-progenitora todopoderosa, encargada de velar por el futuro.
 
En los últimos años, se ha inducido a la población en la idea donde la  institución del estado se conforma como garante infinito de prácticamente la totalidad de las necesidades de los ciudadanos, quienes se han acostumbrado a exigir de forma constante que sea el estado quien nos solucione cada uno de los problemas, los políticos, instigadores y beneficiarios de esta situación, fomentan el mito y la descabellada idea de que cada día, el estado aporta más y mejores beneficios, de forma constante, inmiscuyéndose en cada detalle más íntimo de la vida particular.

De esta forma cada día son más las normas, directrices y modelos de comportamiento que el individuo debe seguir, indicamos hasta los valores que son admitidos o aquello que tenemos que pensar, se educa a la nueva sociedad a golpe de doctrinas ya desde el colegio a través de asignaturas como educación para la ciudadanía, donde es la ideología la que se impone sobre la educación cívica, de normas sociales y de la educación.
 
Las consecuencias de estas acciones intervencionistas por parte de aquellos que deberían velar por las libertades, independencia de la ciudadanía, es la inmensa capacidad por parte del poder estatal de aprovechar la flaqueza intelectual de la población. Esta posición dominante permite imponer al poder público normativas y  sanciones como unos padres que impone un castigo injusto a su hijo. El símil no es equivoco, puesto que el estado se ha convertido precisamente en eso, en padres todopoderosos de la sociedad, de hecho se da el caso de una concurrencia de campañas sociales, mediáticas y de valores para fomentar la disgregación de la institución familiar y crear entes individuales que al finalmente busquen una figura paterna sustitutiva y necesaria, suplantando la tradicional de los progenitores, en vías de extinción, reemplazada por el “papá estado”.

La clase política, ha encontrado en el estado de las autonomías, un elemento de multiplicación a base de nuevos cargos, administraciones, gobiernos y entidades públicas, llegando a una superpoblación de las instituciones. Hoy que tan de moda está el término sostenibilidad, nadie habla de instituciones sostenibles, de sostenibilidad de la superpoblada clase política y dirigente ante una lista interminable de administraciones superpuestas las unas con las otras en una guerra de competencias sin fin.

Para “sostener” el sistema, en especial cuando la situación económica no acompaña, solo queda la depredación de la ciudadanía en beneficio de la supervivencia de la clase política. La sostenibilidad no es más que una balanza que debe “sostener” el justo equilibrio entre los ingresos y los gastos, los ingresos se generan gracias a la actividad empresarial a través del IVA, Impuesto de Sociedades e ingresos derivados de las diferentes tasas e impuestos que gravan las diferentes etapas inherentes a su actividad  en el mercado. Las empresas a su vez son las que generan empleo, el cual conlleva el pago de nuevos impuestos, esta vez que recaen sobre las retribuciones de los trabajadores (IRPF y Seguros Sociales). Los ciudadanos gracias a su trabajo pueden mantener a una familia generan consumo, que de nuevo reporta más impuestos que repercuten en las arcas del estado.

Las subvenciones, las ayudas y demás prebendas por el contrario, no generan riqueza, no impulsan a la economía, como el buen refranero español reza: “pan para hoy y hambre para mañana”, puesto que acaban con la sostenibilidad de cualquier balanza, condenado a una economía que vive la mayor de las crisis que se recuerdan a sufrir desequilibrios que hipotecan no solo el presente, sino el futuro a medio y largo plazo.

La subvención fomenta el apaciguamiento de la población, condena la cultura del trabajo y del mérito, no genera productividad ni competitividad (bases esenciales para la prosperidad económica) y desplaza a la actividad privada, fuente original de la riqueza de las naciones con economía de mercado.

Mientras el gasto público crece desmesuradamente, generando un déficit descontrolado a la vez de histórico, la actividad privada se desmorona irremediablemente eliminando cualquier posibilidad de financiación, tanto del déficit como del dinero necesario para el correcto funcionamiento de los servicios de una nación. ¿De verdad esto es una economía sostenible?.