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Diario YA

La gran contradicción

Tomás Salas. Anda por las redes sociales  un vídeo en el que se hace la propuesta de un nuevo partido político en España; un  partido con carácter islámico que intenta, en palabras de su portavoz, “llevar los valores del Islam a la política”. Si dicho partido cumple con los trámites legales, nada impide que se llegue a su legalización y se permita su libre actividad. El Estado liberal, como se sabe, establece las libertadas de expresión y asociación, siempre, claro está, dentro de los límites del derecho. Ahora bien, esta hipótesis, a pesar de su posible legalidad, puede provocar en un sector de la sociedad  un rechazo instintivo, espontáneo ; o cierta inquietud. ¿Qué pasaría por ejemplo, si se propusiera la posibilidad de legalizar la poligamia o el matrimonio con menores? Puede servirnos otro ejemplo. ¿No nos causa desazón el que en Finlandia, país civilizado por excelencia, con el que se supone el mejor sistema educativo del mundo, los nacimientos de niños con síndrome de Down han desaparecido prácticamente, con la aplicación de una política eugenésica digna del nazismo en sus mejores tiempos? En uno y otro caso, por debajo de la lógica del  juego democrático, del supuesto consenso de una mayoría social, late un “instinto moral”  que es sensible a estas tensiones. Instinto moral que es el rescoldo, quizá latente y oculto pero real, de unos valores cristianos que siguen ahí.

El sistema demo-liberal se basa en la existencia de un pluralismo ideológico, pero también moral y axiológico. En los últimos años ese pluralismo ocupa nuevos ámbitos: los modelos de familia, la identidad sexual, etc. El pluralismo conduce al relativismo, del que tanto ha hablado Benedicto XVI. Si las opciones valen lo mismo, acogidas a la pluralidad, es el individuo quien define la verdad, sin otro límite que el de la libertad de los demás. Pero, históricamente, este sistema surge en las sociedades cristianas y tiene, como no podía ser menos,  una indudable influencia de los valores del Cristianismo. La idea de igualdad, la dignidad de la vida humana, la defensa de los débiles son valores sin los que no se explican la democracia.  El “Estado del bienestar” está vinculado a  la economía social de mercado, que surge en la postguerra de la mano de políticos y partidos cristianos. Es famosa la afirmación de Chesterton de que la tríada Libertad, Igualdad, Fraternidad está formada por los principios cristianos que se han vuelto locos.

Sin embargo, hay un complejo proceso, con distintos factores en juego, por el que precisamente estas sociedades se secularizan y abandonan los valores cristianos. Esto provoca, sobre todo a partir de los años 60, grandes cambios en las costumbres, los valores, las relaciones familiares, la cultura. Se abandona un sistema de valores cristianos, aunque en ocasiones se mantiene un vestigio de éstos en las costumbres y la cultura: lo que podemos llamar un cristianismo cultural. Ese proceso de secularización es más acelerado precisamente en las sociedades más avanzadas en cuanto al “Estado de Bienestar” y los “derechos democráticos”.

Así pues, nos encontramos frente a una gran contradicción que late cada vez con más fuerza en el corazón de la cultura occidental. La democracia liberal (que deviene inevitablemente en el relativismo y el formalismo moral) no se explica históricamente si no se inserta en en los valores culturales y morales del Cristianismo. Y el  Cristianismo, por su parte, supone un conjunto de valores permanentes, cuyo origen trascendente lo sitúa más allá del devenir histórico y de las opiniones individuales. Contradicción, pues, evidente y cada vez más chirriante. Cada vez que el Cristianismo quiere adaptarse a los tiempos, ponerse a la altura de los valores de esa sociedad secularizada, parece que se hunde más en su crisis, como un nadador cuyas brazadas lo hunden más en el agua.

¿Qué ocurrirá en el incierto futuro, con sociedades cada vez más inmersas en el secularismo y un Cristianismo, como ha visto Rod Dreher, reducido a minorías resistentes? ¿Hasta qué punto nuestras sociedades soportarán sin fragmentarse estas fricciones? Ya alguna vez he usado esta imagen: si se marchitan las raíces, ¿podrán sobrevivir el tronco y las hojas?