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La olvidada o despreciada deontología profesional

Joaquín Jaubert, 22 de agosto.

Difícilmente puede existir un mínimo de principios morales o éticos en el desarrollo de cualquier profesión si no hay amor al trabajo. La doctrina católica siempre ha entendido el trabajo como un deber, incluso, en las Sagradas Escrituras, San Pablo afirmaba “si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma”. También, es un modo de santificación en el uso de los talentos recibidos. Trabajar en la mentalidad de las personas de no hace tantos años era un honor, además de una necesidad. A nadie le gustaba presentarse como un parado permanente ni como un dependiente de la asistencia social. Lo cierto es que, como en casi todos los ámbitos, el modo de contemplar el actuar del hombre ha variado y, en un amplio espectro social, el evitar trabajar, siempre o temporalmente, con distintas artimañas se ha convertido en una tolerada actitud por parte de la sociedad en general. Considero, en coherencia con lo hasta aquí descrito, que poco podemos valorar positivamente la evolución de la deontología profesional con estas premisas.

Nunca llegué a estudiar deontología, jurídica en mi caso, en la universidad. Creo que, como asignatura, fue desapareciendo paulatinamente de las materias a impartir en las aulas para después hacerlo, también, en el ejercicio de las profesiones por muchos de los que debidos estaban a prestarle atención. La expresión deontología profesional,  como conjunto de reglas o normas muchas veces recogidas en un código, que vinculan a los miembros de un colectivo profesional en orden al cumplimiento de unos deberes exigibles en el desarrollo de la actividad que le es propia, sufre el mismo deterioro que cualquier otra expresión o realidad que tenga relación con la moral o la ética, bien porque desaparece bien porque su definición es torticeramente variada para permitir actuaciones inmorales que no queden tipificadas en ningún código deontológico.

Recuperar, como en algunas carreras en determinadas universidades, la asignatura para ayudar a los alumnos a descubrir los aspectos éticos y los valores en juego de su futura profesión no es tarea fácil si tenemos en cuenta la posibilidad de la sustitución de sus contenidos tradicionales y enraizados en su nacimiento como sucede, salvando las distancias, con la educación para la ciudadanía al tener en cuenta los contravalores dominantes en la sociedad actual.

En cualquier caso, quería simplemente preguntarme que códigos deontológicos están en uso cuando, con la anuencia social, hay médicos que matan (aborto, eutanasia) olvidando el Juramento Hipocrático; historiadores que mienten, con la única finalidad de desautorizar a sus enemigos ideológicos; abogados que aconsejan denuncias falsas, por ejemplo en materia de maltratos, que algunas veces terminan con el encarcelamiento de un inocente o con su ruina económica y social; periodistas, sin amor a la verdad, en la búsqueda de titulares diarios; profesores que poco les importa el futuro de sus alumnos; comerciantes que, en un uso abusivo de sus posibilidades de manipular los precios, no se preocupan de las dificultades de sus clientes; jueces prevaricadores y un largo etcétera. No entro en el campo de la política porque en él se unen todos y cada uno de los desprecios a la suma de todos los códigos deontológicos. Por otra parte, no hay freno en destrozar vidas ajenas, familias enteras si ello favorece un futuro profesional hundiendo el del compañero que se tiene por “competidor”.

En todas las épocas ha habido indignos e inmorales profesionales. El problema de la nuestra es el casi reconocimiento social de formas y fondos que antes eran rechazados por el conjunto de la sociedad. En todo este fenómeno, tiene que ver mucho la actitud de aquellos políticos, que por ser dirigentes en la administración pública deberían dar ejemplo, y la de los legisladores que dan cabida a las inmoralidades amparándolas en leyes. Y no me refiero sólo a los continuos casos de corrupción que se van descubriendo a diario sino al hecho cierto de su poco servicio a los contribuyentes que los mantienen por obligación. Interesados, en un buen número, en una vida muelle y en unos sueldos inmerecidos siempre en subida, aportan a la ciudadanía una disculpa y un argumento para imitarlos.

 

 

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