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"La perversión de la palabra", título del artículo del Padre Jaubert, hoy en DiarioYa.es

La perversión de la palabra

En el capítulo primero del Evangelio de San Juan que, por su trascendencia, se lee al final de la Santa Misa en el rito latino modo extraordinario o gregoriano se nos dice que el Verbo o Palabra se hizo hombre o carne, según la traducción elegida. El que se presenta como Camino, Verdad y Vida es la Palabra. Por tanto, la Palabra en su esencia es Verdad y Vida. En la celebración eucarística, durante la Liturgia de la Palabra, se nos recuerdan las palabras del Verbo encarnado, único camino de salvación, que son, por lo expuesto, palabras de vida. Los Apóstoles y discípulos de Jesucristo son enviados por Él a predicar al que es Verbo y a sus palabras.
 
Consecuencia lógica de lo afirmado es que, a sensu contrario, el Maligno se pueda considerar como la antítesis de la Verdad y de la Vida y, por ello, del Verbo o de la Palabra. El Enemigo es, también, la anti – palabra y sus palabras pertenecen al reino de la falsedad pues no podemos olvidar que los textos sagrados lo identifican como el padre de la mentira. Y si los enviados de Jesús difunden y dan a conocer al mundo la Verdad revelada en el mismo Cristo, los secuaces del demonio harán lo propio con la mentira, pervirtiendo el verdadero rostro de la Palabra y el sentido auténtico de las palabras de Vida. La estrategia es utilizar los mismos términos a los que, primero, se vacía de contenido y, en segundo lugar, se les da uno nuevo.
 
Por la propia naturaleza del ser humano, nadie busca el mal para sí mismo. Hay que presentar el mal como bien para conseguir la aceptación social de cualquier iniciativa maligna. En este obrar, además de los secuaces del mal, están los inevitables compañeros de viaje, tal vez mayoría, que no alcanzan a comprender su complicidad y corresponsabilidad en tan tenebrosas maniobras. Gobiernos, mayorías parlamentarias, leales oposiciones, medios de comunicación, etc. son, en el tiempo que nos ha tocado vivir, los predilectos, por su proyección, para ser elegidos y enviados por el tentador, aunque no siempre todos sucumban a la envenenada invitación. No nos engañemos y, en honor a la Palabra que es Verdad, digamos con claridad que, de la misma manera que puede existir una política cristiana puede haber otra demoníaca, con pacientes, e históricamente largos, caminos intermedios.
 
Pensar que la cultura de la muerte, con sus abortos y eutanasias, que dice defender la dignidad de la vida; la destrucción de la unidad matrimonial, que afirma buscar un nuevo tipo de concordia; las iniciativas contra natura, que hablan de otras naturalezas que no provienen de la creación de un Dios; la reducción de la vida del creyente, sobre todo cristiano, a lo íntimo del corazón, en nombre de una mayor libertad religiosa o la perversión de los niños al socaire de que son libres con respecto a los principios y creencias de los padres… son simples coincidencias contemporáneas, pertenece al mundo de una peligrosa inocencia. Hay una perversión del lenguaje y la anti palabra destructora del orden natural de las cosas, con la equivocidad de sus planteamientos, conquista, aparentemente, terreno a la Palabra creadora. Por un tiempo, la destrucción quiere imponerse a la creación.
 
Hay, en definitiva, una política del Maligno que usa la palabra como su gran medio de avance. Los poderosos de nuestra Patria no son indiferentes a este discurrir de la cosas, más bien son sus promotores. Como decía Jesucristo, al final de la lectura del Evangelio del domingo pasado, “el que tenga oídos, que oiga”.
 
 

 

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