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Diario YA

NO BASTA CON EL PASADO

La primera vuelta al mundo y las reticencias gubernamentales para afirmar su rotunda españolidad

Manuel Parra Celaya. La reciente polémica sobre la conmemoración de la primera vuelta al mundo y las reticencias gubernamentales para afirmar su rotunda españolidad han vuelto a poner de relieve la indiferencia o repulsión casi sectaria que siente una gran parte de la izquierda para asumir la historia nacional. Y no basta con la sencilla explicación de que esa actitud responde a un pueril desprecio postmodernista hacia los grandes relatos, sino que encierra a todas luces un empecinamiento casi visceral para negar o silenciar cualquier hecho pasado que no pueda ser manipulado desde los estrechos límites de su doctrinarismo.
    Es especialmente nocivo el efecto de este repudio de la historia de España en la Enseñanza; ha conseguido que varias generaciones de españolitos, salidas de las aulas en medio de la confusión de las constantes reformas, hagan gala de un analfabetismo  histórico casi total; y no hace falta acudir a las divertidas antologías del disparate para que la sonrisa se convierta en una mueca de tristeza y de asco; claro que esta carencia cultural es equiparable a la que se advierte en mitología clásica, en historia sagrada, en arte o en literatura…
    A este historicidio  de la izquierda se prestan gustosamente toda suerte de localismos secesionistas, que, con más o menos fortuna y extensión en simpatizantes, pululan por nuestro Estado de las Autonomías, y que se dedican a ensalzar hasta lo fabuloso y lo mítico sus supuestas glorias históricas, en detrimento de las comunes de España; la virulencia de esta operación lleva en muchas ocasiones a lo ridículo o esperpéntico, y casi siempre tiene tras de sí un mal contenido odio, y no tengo que irme muy lejos de mis lares para poder afirmarlo rotundamente…
    El fenómeno no es nuevo; existe una larga tradición, especialmente datada en la época decimonónica, de acusar a toda una trayectoria del pasado español de las deficiencias de un presente; así, la inquina morbosa del liberalismo radical de esa época por las grandes gestas de la época imperial, con especial encono hacia los fundamentos católicos de las mismas, que son, por el contrario, la clave del arco de los mejores momentos de nuestra historia, la ojeriza retrospectiva hacia los Reyes Católicos, el emperador Carlos o Felipe II, los conquistadores y descubridores… Bien es sabido que la llamada Leyenda Negra tiene sus mejores apoyos y propagadores en un visionario, como Las Casas, o en un traidor, como Antonio Pérez, y que adquiere más resonancia y persistencia entre los propios españoles que entre sus circunstanciales enemigos extranjeros.
    Como reacción, la derecha tradicional reivindica a bombo y platillo, a veces de forma empalagosa, el pasado nacional; no así la vergonzante derecha neoliberal, esa que comparte poltronas y privilegios del Sistema con la nueva izquierda, y obvia cualquier referencia histórica que haga dudar de su progresismo.
    Bien está que se haga lo posible para no olvidar la historia y transmitirla como depósito y tradición común, pero este entusiasmo puede encerrar un doble peligro: el desatender el presente y el futuro y el soslayar los aspectos materiales y urgentes de una gran parte de la población; sin poder evitarlo, me viene a la pluma una cita joseantoniana: Las derechas españolas se han mostrado siempre interesadas en demostrarnos que el Apóstol Santiago estuvo dando mandobles en la batalla de Clavijo. Con esa preocupación obsesionante, se desatendieron por completo de las angustias del pueblo español, de sus necesidades apremiantes, de su situación dolorosa.
    En cuanto al descuido de lo que está ocurriendo hoy y de lo que nos deparará el mañana, a las pruebas me remito: frente a la hegemonía cultural de la izquierda, convertida hoy casi en monopolio y dogma, son escasísimas las aportaciones de signo contrario, sobre todo las de carácter racional y superador. Se echan a faltar aportaciones intelectuales, ideológicas, éticas, que rebatan esos temas-estrella que campean con luces de neón en el frontispicio de sus rivales.
    No es ocioso incluir en esta actitud casi suicida los grandes silencios de la jerarquía de la Iglesia Católica en España, que parece practicar un seguidismo vaticano en cuanto a ecología o inmigración, pero escasamente lleva a la estampa cuestiones que parecen tabú para ella, como el aborto, la eutanasia o el transhumanismo.
    Estamos de acuerdo, por supuesto, en la difusión y exaltación de toda nuestra historia; seamos portavoces de ella, con sus luces y sus sombras, como acontece en todas las colectividades humanas, pero no desatendamos el hoy y dejemos el mañana como campo abierto. Una patria implica, por una parte, una constante actualización de su potencial, en forma de constantes proyectos sugestivos, atrayentes, tanto de cara al exterior como de regeneración interior; por otra, implica una continuidad de esfuerzos en el tiempo: si una generación se autoanula y solo mira hacia atrás, la siguiente será la que sufrirá las consecuencias.
    Recordemos que los pueblos no son patrias por lo que han sido, sino especialmente por lo que pueden y quieren ser.
                                                      

 

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