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Diario YA

Las claves de un suceso

Manuel Parra Celaya. La noticia ya ha sido relegada a las páginas interiores o de curiosidades de los periódicos y seguramente en pocos días desaparecerá del todo o quedará borrada de la memoria de la mayoría de lectores, pero a mí me sigue sobrecogiendo la muerte de Noa Pothoven, joven holandesa de 17 años, que se negó a ingerir alimentos y bebida hasta la consunción.
    Había solicitado que se le aplicara la eutanasia, reconocida en la legislación de su país, pero desestimaron la petición por razón de su edad; no obstante, falleció, dicen, entre sus familiares, un médico y una diputada cuyo papel no se ha esclarecido. La polémica -que probablemente será acallada- estriba en determinar si se trata o no de un suicidio. Uno, que no es experto en leyes, entiende que hay suficientes razones para hablar de amplias colaboraciones externas en esta determinación de morir de la adolescente, lo que sería equivalente a complicidades.
    Noa había sido objeto de diversas agresiones sexuales y violaciones desde una edad muy temprana, lo que llevó a un estado profundo de depresión; también cabría preguntarse qué medidas se adoptaron en su entorno cercano o sociopolítico al respecto. La cuestión es que, para ella, la vida carecía de valor por la ausencia de referentes, por lo que la opción era, sencilla y trágicamente, la muerte como final de sus sufrimientos.
    Como ella, en toda Europa, la vida de muchos adolescentes -y de miles de personas que ya han superado esta etapa- se limita a una existencia plana, vacía de asideros afectivos, de marcos sociales recurrentes y de valores. Leo que, en España, en 2017, hubo 3.679 suicidios, entre ellos, unos 330 de jóvenes, a los que se atribuyen causas muy variadas: depresiones, precariedad laboral, destrucción de lazos familiares, desahucios, enfermedades…; de hecho, el suicidio constituye la primera causa de muertos no naturales, muy por encima de los accidentes de tráfico, Los datos son, pues, escalofriantes y mucho más si se trata de quienes han empezado a vivir.
    ¿Qué puede llevar a un ser humano a la negación de su propia existencia? Podemos hablar, aunque el término no acabe de ser apropiado, de causas objetivas, circunstancias muy adversas a las que no se ven visos de solución o estados mentales provocados o agravados por ellas, Por encima de todos estos motivos, la falta de ilusión por vivir, cuando la existencia se convierte en un sufrimiento inaguantable en lugar de considerarse el supremo don que tenemos. Una sociedad que parece encarnar el súmmum de los logros de la Modernidad, que centra en la ciencia, la técnica y el progreso indefinido los supremos ideales, que es como un escaparate de los mejores bienes materiales, alberga en su seno la semilla de la muerte provocada. No parece ser así en otras sociedades más atrasadas, en las que el índice de suicidios es mucho menor que en las nuestras opulentas; no es, pues, la pobreza o la miseria algo equivalente al deseo de autoaniquilamiento, sino la falta de ilusión por vivir.
    Busquemos las claves de nuestra reflexión, y esta no puede ser otra que llegar a entender nuestra naturaleza de criaturas, es decir, de seres creados por Dios; esta es la perspectiva del creyente de cualquier religión: nuestra vida no es una propiedad absoluta, sino que la tenemos, podríamos decir, en usufructo. El referente de ese Creador se une, en nuestra fe cristiana, a la del Dios-Amor, que, por encima del misterio de la existencia del Mal y a pesar de que en ocasiones parece ocupar el cielo vacío del poeta, no se limita a ese papel de empujón inicial y posterior abandono, como sostienen los deístas, sino que siempre está ahí; basta con creer en Él y pedírselo.
    Para los que defendemos esa interpretación trascedente de la vida, el suicidio es contrario a cualquier noción de amor, a uno mismo y a los demás; sabemos que pueden atenuar la responsabilidad moral de este acto negativo los trastornos psíquicos o las coyunturas extremas. Pero, cuando el suicidio es incluido en una legislación positiva de un Estado, estamos hablando, no solo de personas enfermas psíquicamente o de situaciones límite, sino de sociedades morbosas, gobernadas a su vez por enfermos que animan a sus ciudadanos al odio a la vida, o les cercenan posibles remedios recuperadores o les escatiman los medios para su curación o alivio. El relativismo alcanza a la dualidad vida-muerte, y su lógica conclusión, nunca mejor dicho, es el nihilismo aniquilador.
    No importa que las noticias sobre el caso de Noa sigan envueltas en el misterio o que los silencios oficiales oculten la verdad. Este es nuestro diagnóstico y seguirá siendo nuestra conclusión cuando ningún periódico se refiera ya a ella. Como creyentes, podemos rezar por su alma, en la seguridad de que sus infortunios y la hediondez de su entorno afectivo, social y político propiciaron un trastorno mental profundo que la llevó a negarse a sí misma la vida.
    Por encima de las adversidades y las circunstancias exteriores e interiores, por encima de los intereses ideológicos y de partido y de los posibles consensos sobre la eutanasia en España, por encima de los lavados de cerebro sobre la mentalidad social al respecto, seguiremos apostando firmemente por la vida.