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Diario YA


 

Las fosas de Mérida


Ángel David Martín. 27 de agosto.

La unilateral recuperación de la memoria histórica que se está llevando a cabo por la izquierda española ha vuelto a poner de actualidad unos enterramientos en el entorno del cementerio de Mérida que no eran ningún secreto para la historiografía que se ha ocupado de la Guerra Civil en Extremadura. Un informe del Ayuntamiento de Mérida fechado en la década de los cuarenta y publicado en mi libro Paz, piedad, perdón... y verdad afirma con toda claridad que «al ser liberada la ciudad por el Glorioso Ejército y con posterioridad a esto fueron sancionados por la autoridad aquellos que hicieron fuego contra las armas nacionales y cuyos cadáveres según noticias adquiridas por esta alcaldía fueron dados sepultura en las inmediaciones del cementerio». Si a ellos añadimos las ejecuciones de las sentencias dictadas por Consejos de Guerra, el total de muertes registradas en Mérida se sitúa algo por encima de las quinientas personas como se documentó con toda precisión en una Memoria de Licenciatura presentada por María del Mar Álvarez Román en la Universidad de Extremadura en 1989 y, como suele ocurrir con todo lo que no cumple las expectativas sectarias, aún no publicada. Todo ello hace inexplicable el auténtico baile de cifras, a cual más disparatado, que se ha leído en la prensa en los últimos días: unas veces eran mil, otras dos mil, otras cuatro mil...

Pero no son estas las únicas tumbas existentes en el cementerio de Mérida. Cuando las tropas nacionales entraron en la ciudad emeritense pusieron fin a los asesinatos que, por orden del comité frentepopulista habían comenzado el 7 de agosto y continuaron en los días siguientes. Podemos citar solamente dos casos, una figura de tanto relieve para la historia local como D. Francisco López de Ayala y el militar D. Federico de Manresa. El primero era calificado por Bernabé Esperabé de Arteaga como «Joven de relevantes dotes intelectuales, sentía por su pueblo verdadera veneración y consagró toda su atención y sus continuos esfuerzos a la prosperidad y mejoramiento de Mérida. Trabajó mucho en pro de la cultura, y durante el tiempo que fue Alcalde realizó obras importantes y muy útiles para la ciudad. Por sus cualidades, amor a la tierra natal y claro juicio, constituía una esperanza, cifrando en él todas sus ilusiones sus paisanos». Del segundo, consta documentalmente que fue «sometido a los mayores martirios, hasta el día 8 expresado que lo asesinaron por haberse negado rotundamente a ponerse al frente de una Batería que los rojos habían traído de Madrid para combatir a nuestro glorioso y triunfante Ejército Nacional, negativa que dio ante el Comité marxista reunido en pleno y después de tenerle sometido durante más de una hora a interrogatorio». En términos semejantes, el resto de los caídos se negó a ponerse al servicio de los revolucionarios aunque este gesto les costara la vida.

Tampoco se puede ignorar que, en su inmensa mayoría, las víctimas que reposan en las fosas comunes del cementerio de Mérida pueden ser identificadas por su participación en los excesos cometidos durante el período revolucionario, bien en la propia ciudad, en el territorio que un periódico publicado por los comunistas en Castuera llamaba la Extremadura Roja o en el resto de la España dominada por el Frente Popular. Basta citar un caso, sobradamente conocido pero cuyo nombre preferimos no dar, de un miliciano procedente de Tarancón (Cuenca) hecho prisionero en La Serena en el verano de 1938 y posteriormente fusilado en Mérida, que había participado en centenares de crímenes en aquella provincia, entre ellos, el asesinato del Obispo, Beato Cruz Laplana.

El ejemplo de Mérida es aplicable a lo que está ocurriendo en otros muchos lugares de España. Personalmente preferiría que se dejara reposar a todos los muertos de la Guerra Civil bajo una cruz que fuera símbolo de reconciliación, unidad y verdad pero si otros prefieren seguir manipulando la historia y emplearla como arma al servicio de su demoledor proyecto político, habrá que recordarles que fueron los socialistas quienes comenzaron a derramar la sangre de sus enemigos sobre las tierras extremeñas. Y que sigue habiendo políticos, como Rodríguez Zapatero, a quienes les gusta que les llamen rojos

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