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Diario YA

LOS ISMOS Y LA ESTRELLA SOLITARIA

Manuel Parra Celaya.
    Esta vez el aquelarre tuvo lugar en Madrid. Allí se trasladaron Torra, Artadi y demás hermanos mártires para manifestarse por sus calles céntricas y contaminarlas, no con C02, sino con eslóganes y fervorines separatistas.
    Nada nuevo a lo que no estemos hartos de ver y de oír los catalanes que hacemos a diario profesión de fe española en Barcelona, Vic, Manresa o Gerona; la novedad estaba en que, en esta ocasión, los nacionalistas irredentos mostraban su insania en la ciudad que representa, en frase feliz, el rompeolas de las Españas, donde confluyen y conviven, sin más sobresaltos que su Consistorio, los ciudadanos de todos los puntos de nuestra geografía; por esta vez, el único sobresalto, de tintes tragicómicos, lo proporcionaban los manifestantes.
    No entro en los manidas argumentaciones descalificadoras o triunfalistas del baile de cifras ni en el de los autocares subvencionados, aunque me da en la nariz que los hemos pagado todos los contribuyentes; tampoco voy a repetir lo que tantas veces he opinado sobre hechos semejantes y sus trasfondos. Ahora, la novedad era que, junto a las esteladas y junto a alguna bandera de la 2ª República, campeaban enseñas andalucistas, castellanistas, galleguistas, etc., porque se habían dado cita amistosa todos los que acudían a la capital de España para deshacerla.
    Sobre las banderas tricolores, diz que republicanas, no dejo de manifestar mi extrañeza: seguro que a sus portadores no les han explicado en las aulas de la ESO que aquel régimen sacó los cañones a la calle y los dispuso frente al palacio de la Generalidad para hacer frente a la aventura del inconsciente de Companys; tampoco que el pendón de Castilla, enarbolado por los comuneros en el siglo XVI, era carmesí y no morado, y que fue el deterioro causado por el tiempo el que lo decoloró; ya los republicanos del siglo XIX -sagaces ellos- optaron por inventar algo que carecía de rigor heráldico, pero en fin…
    Me dicen los cronistas que estas enseñas castellanistas, anfitrionas de las esteladas, pertenecían a un partido llamado Izquierda Castellana, emparentado con otros del mismo jaez en esa tierra y emparentados con el resto de ismos empeñados en desmembrar una tarea de siglos llamada España; dicen tales cronistas que todos ellos tienen en común el rasgo de ser soberanistas, es decir, en román paladino, separatistas y antiespañoles; como elemento común, ostentan una estrella solitaria.
    Echo mano a mis conocimientos de historia y me remonto al origen de otras banderas estrelladas de allende del Atlántico, por ejemplo, Puerto Rico, Cuba y aquella efímera Republica de Texas de la que el cine nos ha mostrado tantas falsificaciones. Como no soy experto en vexilología, busco información al respecto y esta me relaciona la estrellita de marras con elementos masónicos; tampoco soy muy avezado en estos terrenos, pero recuerdo que he visto este símbolo en el monumento a Ferrer y Guardia que manos piadosas erigieron en el campus universitario del Valle de Hebrón barcelonés; allí me informaron que la estrella de cinco puntas representaba los atributos del Gran Maestre, pues tal era el título del mencionado pedagogo.
    Al parecer, esta estrella recibe diversos nombres: pentagrama, tetragrámaton, pentalpha… y sus puntas significan la conjunción de Aire (inteligencia), Agua (emoción), Tierra (seguridad), Fuego (pasión) y la superior la vinculación con el espíritu, encarnado en el Gran Arquitecto. Poco dado al ocultismo y escasamente interesado en lo esotérico, paso página apresuradamente y me centro en lo que para mí es la principal preocupación de estos días, muy por encima de las maniobras preelectorales de los políticos que chupan machaconamente las cabeceras de prensa: la unidad de España.
    En Madrid se dieron cita todos los que se niegan a ser españoles; tremenda paradoja: se unieron los enemigos de la unidad. Bien mirado, es un reflejo de que el régimen de la Transición contribuyó poderosamente a acrecentar un problema latente y a perseverar lastimosamente en aquella definición de España como perpetuo borrador inseguro; de paso, a poner de actualidad aquella frase atribuida a Bismarck sobre que España era una gran nación, pues sus hijos se empeñan continuamente en destruirla y no lo consiguen.
    Sin embargo, no caigamos en el derrotismo: seguro que hay muchísimos españoles que no participan de esa alucinación desmembradora de los ismos y de las estrellas solitarias. La gran mayoría del pueblo español es, de forma natural, catalana, castellana, andaluza, vasca, gallega o murciana, sin echar mano del odioso sufijo que, añadido a su gentilicio, indica la imposibilidad de conjuntar la querencia natural a su patria chica con el amor a su Patria grande y común.
    Tampoco a esta gran mayoría de españoles no alucinados les conviene añadir un ismo a sus afanes, pues, en ese caso, estarían cayendo en el mismo error que los segregadores. Por ello, rechazo el apelativo de españolista con el que me tildan en mi región; no es españolismo mi afirmación, sino españolidad, lo que, por otra parte, me emparenta con conceptos abiertos y universales con los que también me identifico, como hispanidad y europeidad. Ya dijo el maestro Eugenio d´Ors que para algunos las fronteras son una linde; para otros, una tentación.