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Los sábados, en DiarioYa.es, el prestigioso historiador y sacerdote Ángel David Martín

Memoria de la intolerancia

El pasado 28 de junio tuve la fortuna de participar en la ciudad de Lisboa en el Primer Encuentro sobre las persecuciones religiosas del siglo XX organizado por la Asociación Cultural Karol Woytila con el lema: Memoria de la intolerancia. Aura Miguel ―definida en alguna ocasión como la única periodista portuguesa especializada en información sobre la Santa Sede― disertó acerca de la persecución sufrida por católicos y ortodoxos en Rusia y demás países del bloque comunista situados tras el Telón de Acero; el sacerdote João Seabra se ocupó de las conflictivas relaciones Iglesia-Estado en los años de la Primera República portuguesa (1910-1926) un período de gran inestabilidad política en el que se impusieron modelos de laicización estatal imitados después en lugares como la propia Unión Soviética y varias naciones hispanoamericanas. José Luís Andrade expuso detalladamente la epopeya protagonizada por los cristeros en Méjico y al autor de esta reseña le correspondió ocuparse de la persecución religiosa en la Segunda República española (1931-1939) con especial atención a la respuesta dada por la Iglesia que, como es bien sabido, consistió en un apoyo prácticamente sin fisuras al bando nacional en la Guerra Civil y a la nueva situación política creada durante la contienda.

Si evocamos ante nuestros lectores un acto de importancia académica e intelectual como el llevado a cabo el pasado fin de semana en Portugal es, sobre todo, por lo sugerente que resulta el calificativo de intolerancia aplicado a todos aquellos que en el mundo contemporáneo han llevado a cabo una persecución sistemática de cualquier manifestación religiosa. Persecución que ha costado la vida a cientos de miles de personas y que ha sido uno de los principales factores de conflicto en el siglo XX. Persecución que, bajo diversas formas, continúa hoy.

Si algún término han aplicado con reiteración a la Iglesia sus detractores para definirla es el de ser una institución intolerante y que promueve la intolerancia. Y al revés, si hay un valor pregonado por la modernidad laicista es el de la tolerancia. Pero no es solamente que el de tolerancia sea un concepto en sí mismo cuestionable. Para Menéndez Pelayo «La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento». Es que no basta pregonar la tolerancia para ponerla en práctica. No conozco ningún otro lugar ni otra época histórica donde haya existido menos tolerancia que un mundo moderno capaz de persecuciones como las sufridas en Rusia, Méjico y España.

Y es que cuando se adopta la tolerancia como ideología, se abandona ―necesariamente― la tolerancia como virtud. Esta segunda, entendida en su forma clásica, no es sino la aceptación de un mal menor en vistas a evitar uno mayor y, al mismo tiempo, la inspiradora de una conducta respetuosa fundamentada en la humildad que se deriva del conocimiento propio y de las reservas que uno mismo debe imponerse ante el propio juicio. La tolerancia como ideología, en palabras de Alberto Buela, «está vinculada a la sociedad del simulacro, la apariencia, el disimulo, la sospecha, el enmascaramiento». Rasgos, por cierto, típicamente característicos de la sociedad política de nuestros días.

 

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