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Diario YA

MEDITACIONES DESDE LOMBARDÍA

Manuel Parra Celaya.
    Imagínese, lector, una gran metrópoli que recibe en un fin de semana 500. 000 visitantes, a los que se suman los residentes del lugar que quieren incorporarse al acontecimiento. Todos ellos con el común denominador de vivir unos días presididos por el patriotismo, la camaradería por encima de generaciones, estatus sociales y opiniones políticas; con identificación ferviente hacia el Ejército, allí presente.
    En la plaza más representativa se iza la bandera nacional, flanqueada por la local y la europea, se entona el himno de la patria a coro y se guarda un religioso silencio ante el monumento a los caídos de todas las guerras y bandos en lucha; se celebra en la Catedral una solemne Misa, con asistencia de tres obispos y veintitantos sacerdotes; se viven, en baño de multitudes, actos culturales y jornadas festivas, con antiguas y nuevas canciones; corre la cerveza y el buen vino sin que se produzcan altercados; asisten a los momentos más solemnes las máximas autoridades nacionales, regionales y locales, civiles y militares.
    No se asombre, lector: esto no ha ocurrido aquí, sino en Milán el pasado fin de semana, con motivo de la Adunata o encuentro anual de los antiguos alpini, llegados de todos los puntos de Italia y de los más lejanos países del mundo; también, como invitadas, representaciones de Francia, Alemania, Suiza, Bulgaria, Montenegro, Eslovenia y España, integrada esta última por ocho componentes -aragoneses y catalanes, en concreto- que se unieron a la gran fiesta alpina; y, por qué no decirlo, que nos emocionamos con los afectuosos saludos y los gritos de viva España y arriba España con que los italianos celebraban nuestra presencia y nuestro paso al conocer nuestra nacionalidad.
    En las Adunatas no se habla de política -de la sucia y puerca política- ni los candidatos a las elecciones aprovechan para hacer campaña electoral; el nombre de Italia los une, sin diferenciación alguna de ideologías ni de posturas personales; se asume toda una historia común, de encuentros y de desencuentros, y la estatua de Garibaldi convive con los nombres de los reyes de la Casa de Saboya, la calle dedicada a Matteoti y los litorios y águilas de la época mussoliniana, que presiden la Estación Central milanesa.
    En la solemne Eucaristía celebrada en el Duomo, al tiempo que admiraba su majestuosa grandeza y su belleza, no dejaba de sentirme con la misma sensación que hubiera sentido en la catedral de Burgos, de León, de Estrasburgo o en la Sagrada Familia de Barcelona; y pensé en los rescoldos casi humeantes de Nuestra Señora de París, porque todos estos monumentos nos hablan de la milenaria civilización cristiana, palabras que se menciona en la Plegaria del Alpino, junto a los ruegos por la familia, la patria, la milicia y el espíritu de solidaridad y de sobriedad castrense.
    Los periódicos nacionales recogen el evento en primera página y dejan para las siguientes las pequeñas crisis que se suceden entre los ministros del gobierno, los problemas de las administraciones regionales y municipales y otras noticias, sucesos y reportajes;  como l fue París para Hemingway, Milán era una fiesta, de la que nos despedíamos los españoles el domingo con nostalgia agridulce y una importante dosis de sana envidia.
    ¿Es posible reconstruir España -y Europa entera- desde estos valores y parámetros. Uno cree, en el fondo de su conciencia, que sí. Es cuestión de prioridades. Y de superaciones. Superación, por ejemplo, de los localismos -también se dan en el interior de Italia- y de cualquier forma de particularismo regional: las patrias son un excelente punto de partida para la unidad, no solo de los pueblos, sino de las personas. Superación de las divisiones sociales producidas por las grandes desigualdades en punto a la economía y a la cultura a que nos aboca el sistema. Superación de las esquizofrenias políticas, que ponen énfasis en el provecho de los partidos y no en el interés nacional.
    En el solemne acto de entrega de premios en el Teatro Dal Verme, despertaron mi especial atención los concedidos a estudiantes de Enseñanza Primaria, Secundaria y Superior, que habían elaborado trabajos realzando la figura del soldado alpino y de la patria italiana; salieron a recibirlos acompañados de sus profesores y aplaudí a rabiar, porque pensé que ese era uno de los principales caminos de reconstrucción: la educación que no escamotea el estudio del pasado común ni el orgullo de estar inmerso en un proyecto de convivencia en el presente.
    Italia, mi ventura, que dejó dicho el gran escritor Luys Santamarina, santanderino de nacimiento y barcelonés de adopción; creo que está sobradamente justificado el plagio…
 

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