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Diario YA


 

Esos verdaderos mártires de la Fe no merecieron el honor de presidir titulares de primera página

Paralelismos históricos

Manuel Parra Celaya. Otro horroroso atentado terrorista del Islamismo radical ha llenado las portadas de la prensa, esta vez en Túnez, como anteayer lo fue en París; pero, entre ambos, no han cesado los asesinatos de inocentes, solo que parece haber imperado en ella esa “ley de la lejanía” que tiene la curiosa virtud de no sacudir las conciencias en la sobremesa ante el televisor, como en el caso de los quince cristianos muertos y los setenta y cinco heridos por explosivos de suicidas en una iglesia de Pakistán cuando se estaba celebrando la Eucaristía.
    Esos verdaderos mártires de la Fe no merecieron el honor de presidir titulares de primera página, como tantos y tantos que cada día sucumben en mano de los salvajes, pero ya sabemos que, para el progresismo laicista, sigue habiendo muertos de primera y de segunda categoría; en orden a las mezquindades, para el Parlament de Catalunya, solo merecieron el consabido minuto de silencio dos de las víctimas, por ser autóctonas…
    Sin pecar de apocalíptico, cada día estoy más convencido de que nos encontramos ante una nueva invasión de los bárbaros, que presenta semejanzas y, claro está, diferencias, con respecto a la que contribuyó a que sucumbiera el Imperio Romano y se abriera, según los manuales de historia, una larguísima Edad Media.
    Las semejanzas están a la vista de todos: los bárbaros ya están entre nosotros, en medio de nuestras sociedades que les conceden los derechos y apenas les exigen deberes, como lo estaban en la Roma decadente de la época, en la que los mismos emperadores preferían que su guardia personal estuviera compuesta por mercenarios de procedencia exótica. En las naciones occidentales, la inmigración descontrolada ha sido, no solo tolerada sino promovida, desde hace muchos años, por oscuras fuerzas que precisan, para sus intereses, de dos elementos fundamentales: un nuevo subproletariado, en lo económico, y una desnaturalización nacional y cultural, en lo político.
    Otra semejanza entre ambas invasiones de bárbaros también es evidente: el desarme axiológico, ideológico y moral de las sociedades invadidas; si la degeneración presidía aquellos momentos de ocaso del Imperio, otra de igual calibre preside hoy Europa. Frente a esta situación, el ardor fanático de los bárbaros lleva siempre las de ganar, como se pudo demostrar entonces cuando poco pudieron hacer unas legiones desmoralizadas que se veían a sí mismas carentes de sentido y ayunas de respaldo popular y político.
    Por fin, una tercera semejanza puede encontrarse en la perpetua siesta que se vivía en el marco de la sociedad romana decadente, al igual que la modorra y la cobardía presiden hoy nuestras –llamémoslas así- retaguardias, porque, como primera diferencia, hoy en día no podemos saber dónde está situada la línea de combate, tan indefinida que no es extraño que nos encontremos en nuestras calles con la bomba, el puñal o la ráfaga de kalashnikov.
    Si nos atenemos a las diferencias, anotemos que, así como aquellos bárbaros se acabaron romanizando, al encontrar un idioma, una cultura, unas estructuras y una religión superiores a sus primitivismos, ahora nuestra Europa, nuestro mundo occidental no puede ofrecer nada de eso, pues ha sido hábilmente deconstruido por otras oscuras fuerzas (¿o son las mismas?) en el pensar y el sentir de la población. Otras diferencias podemos también encontrar: si aquella invasión  aportó novedades interesantes, sangre nueva, gérmenes positivos, la de hogaño no ofrece nada, fuera del salvajismo fanático, de la negación de la libertad humana, de la sumisión esclavizadora.
    La única alternativa es que Europa –todo Occidente- despierta de su mal sueño y se reafirme en los valores que le son sustanciales. Al Islamismo radical hay que oponer el Logos de la Grecia clásica, la Civitas de la Roma pujante, el mensaje trascendente y liberador del Cristianismo, y las sucesivas aportaciones que nos han dado los siglos: la igualdad ante la ley, el respeto a la dignidad y a la libertad, el ansia de justicia social… Es decir, toda nuestra historia arraigada en una cultura.
    Junto a este rearme de valores, sigue siendo imprescindible la fuerza preventiva y represiva de los poderes públicos, sin intereses partidistas ni sectarios y, por supuesto, la acción unitaria de ese “pelotón de soldados”  al que Spengler atribuía, en última instancia, la salvaguarda de una civilización.
 

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