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Pasaporte a ninguna parte

Fernando Z. Torres El devenir del ser humano del llamado primer mundo tiene lugar de forma más o menos previsible desde que nace hasta que muere, al menos así ocurría antes de la crisis galopante que arrastramos desde 2008. Viene al mundo (casi siempre con deseo extraordinario de padres y familiares), tiene una infancia generalmente sin altibajos rodeado de personas que lo arropan y encauzan en el correcto funcionamiento vital, va al colegio y se gradúa o aprende un oficio que le permite desarrollarse de forma más o menos holgada hasta su jubilación, para disfrutar de ésta según el de arriba le llame antes o después.

El discurrir del ser humano del tercer mundo (tan malo que saltan el segundo), tiene lugar de forma calamitosamente distinta. Nace fruto de dos personas que probablemente no saben la consecuencia del acto que lo origina, sufre una niñez basada en el lastimoso desapego, no tiene posibilidad de estudiar o formarse en profesión alguna porque desde pequeño necesita trabajar. Debe subsistir por sí mismo seguramente porque su padre murió víctima de la conducta esclavista de su capataces, o quizá porque su madre fue martirizada por algún cafre bárbaro y despiadado, en nombre de alguna religión o mandatario aún más salvaje y cruel que el propio verdugo.

Y así transcurre la existencia de estas personas, con más pena que gloria, sobreviviendo como buenamente pueden hasta que alguien pone en su camino la puerta al oasis perpetuo. La Tierra Prometida. El lugar donde la gente disfruta la vida más que la sufre. Pero el pasaporte es costoso y no garantiza el objetivo. Sin embargo la ilusión es grande y el destino atractivo y no dudan en “contratar” los servicios de gente sin alma, capaz de jugar con el anhelo de un futuro mejor, con la esperanza de una ambición lícitamente humana. 6.000€ es el precio de la fe pues nada ni nadie materializa la utopía.

Y comprado el pasaporte a la quimera, emprende rumbo a lo desconocido. A un lugar marciano que le acogerá de forma hostil, si su medio de llegar a él ya no fue suficientemente escabroso y si es que lo consigue y no sucumbe en el intento. Y suponemos que lo consigue, que atrapa su sueño, que celebra su desembarco en un espejismo con fecha de caducidad. Y se mete en la rueda como el ratón que corre en una espiral de no retorno. En la hélice que le proporciona un malvivir de suerte similar al de su lugar de procedencia. Y comprende que no será nunca como los habitantes pálidos y atareados que caminan con apremio a su lado. Pero se conforma con ser parte del decorado. Porque para él ya es mucho, piensa. Pertenecer a una escenografía particular como convidado de piedra del que jamás recabarán opinión. Asumiendo que aquello que le ofrecieron fue un simulacro de vida. Una fantasía que, a fuerza de interiorizarla, devino real en su delirio.

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