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DEMAGOGIAS

Podemos: De la inequívoca identificación marxista del grupo y de su líder viene mi principal discrepancia

Manuel Parra Celaya. Tanto las gentes de derecha del partido en el poder como las gentes de izquierda del partido de la oposición acusan al líder indiscutido e indiscutible de Podemos de demagogo. Posiblemente tienen razón, ya que, como buena expresión de eso que llaman populismo, ha sabido recoger la indignación de una parte de la sociedad, sobre todo de la juvenil, y señalar las villanías del Sistema. Hasta aquí, santo y bueno por mi parte: no estoy muy lejos de sus críticas ni del escepticismo generalizado sobre las bondades de lo que se presentaba como quintaesencia de la democracia.
    Mis suspicacias sobre esa formación comienzan con el capítulo de inspiraciones e intenciones reales, continúan con su bagaje de pretendidas soluciones y se disparan, hasta llegar a la discrepancia absoluta en el apartado más esencial de los valores. Me explicaré: el planteamiento del Sr. Iglesias se parece, como un huevo a otro huevo, al de los actuales socialismos indigenistas de allende el océano; con el importante matiz de que no coincido con ese indigenismo, forma particularista y nacionalista, casi racial, de afrontar los importantes retos de las naciones hermanas, ni creo que, a estas alturas, reinventar el marxismo sirva para solucionar los problemas de Europa. Ya saben el viejo dicho. “¿Qué es el capitalismo? La explotación del hombre por el hombre. ¿Y el marxismo? Lo contrario”.
    De ahí que sospeche que las propuestas de Podemos en lo económico entran de lleno en el campo feliz de la utopía, por más que a uno le sigue tirando, en el fondo, una querencia atávica hacia formulaciones que tienden a evitar, de manera tajante, la injusticia social.  Ya saben: “Desmontar el capitalismo es una alta tarea moral”. Los planteamientos del grupo, en lo tocante a lo económico, no me escandalizan lo más mínimo, y hasta podría decir que estoy de acuerdo con algunos de ellos, si no fuera por lo que se esconde detrás.
    De la inequívoca identificación marxista del grupo y de su líder viene mi principal discrepancia: sigo creyendo que una transformación de estructuras y conciencias –con toda la radicalidad que se quiera y que la situación merece- no puede echar por la borda una serie de valores fundamentales, que no son privativos de un Sistema ni de un Régimen sino que afirman sus raíces, no solo en lo tradicional sino en los anclajes de lo verdadero y permanente: el derecho a la vida, el papel de la familia, el sentido unitario y dinámico de una Patria y, especialmente y como base de todo ello, el resorte de lo religioso, que es la razón última de la dignidad humana, de la libertad y de la integridad.
    Mucho me temo que la defensa de estos valores no entra en la agenda de Podemos; antes bien –y no quiero caer en un juicio temerario-, como producto de la postmodernidad que es, concederían, todo lo más, su relegación a la esfera de lo íntimo e individual, con lo cual coinciden con las directrices del Sistema al que dicen querer vencer. Y este es el busilis de la cuestión.
    Tanto los partidos al uso como su fulgurante adversario de la mano de quien llaman –cariñosa o despreciativamente- el coletas, provienen de un modo de entender la vida, el hombre y la historia, que nació –casi nada- en las postrimerías del XVIII, instaló sus reales a lo largo del XIX, demostró hasta dónde llegaban sus posibilidades en el XX y pretende perpetuarse en el siglo XXI, con un más de lo mismo.
    Esa filosofía ha producido, como fondo de todos los problemas, la falta de armonía del hombre con lo que le rodea, con la colectividad, con su Dios y, lo que parece más grave pero es equivalente, consigo mismo.
    No es extraño que, no solo Podemos, sino todos, absolutamente todos los que niegan o silencian esos valores esenciales del hombre ensayen la demagogia –ya saben, degeneración de la democracia- en su búsqueda del triunfo; se trata de decir, con altavoces mediáticos y con los buenos recursos de la ingeniería social- lo que todos quieren oír con complacencia y que, por desgracia, es contradictorio con profundizar en las conciencias para buscar esa armonía perdida.
 

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