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Diario YA

Sin raíces históricas para reivindicar una independencia, ha creado un sentimiento rupturista desde el falseamiento de la historia

Reflexiones sobre una Cataluña que es Hispanidad

José Luis Orella Las actuaciones tardías del gobierno para evitar el referéndum ilegal propuesto por una Generalitat en franja rebeldía, pone de forma visible una asignatura pendiente, que no es la articulación de Cataluña dentro de España, sino la ausencia de formación de un sentimiento de pertenencia a España a nivel educativo y cultural desde 1978. Ahora los sembradores de odio de la extinta CiU (Pdecat) ven como sus banderas les son arrebatas por la ERC y una CUP que quiere ejercer el radicalismo revolucionario, capitaneando una revolución de color, en el mejor estilo de los secuaces de Soros. La situación se muestra muy crítica, especialmente por las grandes demostraciones de fuerza que la Generalitat proclama, movilizando a toda su clientela, donde se incluye la suspensión de clases en las universidades públicas catalanas.

El “pueblo” movilizado, debe dar la imagen que ayude a concienciar a la opinión pública internacional, de ser un pueblo que camina hacia su derecho de autodeterminación, y que de un modo similar a Eslovaquia, Cataluña se independizará y en un corto plazo, volverá a estar integrada en la Unión Europea, como un país idílico del Báltico, con quienes más se identifica, pero situado en esta ocasión en el Mediterráneo. La división social producida es el fruto del fracaso de un régimen, el de 1978, que fue gangrenado por el sistema autonómico y que ahora se abre a peligrosas interpretaciones.

La culpa no es del todo de los intereses particulares de los independentistas de Juntos por el Sí y la CUP, sino también de quienes han favorecido esta postura desde hace años. Cataluña ha formado parte inicial de España, como comunidad histórica unida, participando de sus empresas. El hecho diferenciador catalán no es equiparable a los nacionalismos de otros países, no existe una reivindicación de un dominio opresor. El discurso nacionalista es modernista y se ocupa del desarrollo y la adaptación en vez de interesarse por lo antiguo y mirar hacia el pasado. Acepta los límites de la soberanía y busca maneras que permitan hacer que el autogobierno sea eficaz y organizar un proyecto de autoafirmación nacional, a falta de la reivindicación del Estado-nación clásico.

Así, el proyecto del nacionalismo sigue vinculado a una idea de progreso y modernidad, pero como proyecto nacional quiere estar integrado en la Unión Europea, para evitar ser un nuevo Kosovo. Sin raíces históricas para reivindicar una independencia, ha creado un sentimiento rupturista desde el falseamiento de la historia, en connivencia con las autoridades autonómicas, y el abandono educativo del gobierno nacional.

Cataluña, tiene mucho que decir, siempre que frente a la cerrazón de exclusivismos soberanistas, que potencian la rivalidad dentro de Cataluña, se desarrolle con intensidad el sentir catalán dentro de la comunidad nacional española. Se necesita una respuesta contra el concepto estrecho de nacionalidad vinculada a a una lengua, que surgió en el siglo XIX, y ha sido potenciado en los últimos cuarenta años. La Cataluña real del siglo XXI, necesita beber de unas raíces profundas que le revelen su hispanidad, contrapuesta a la Cataluña oficial e irreal forjada en las ideas calenturientas del XIX y recuperadas por los alquimistas políticos de una nueva modernidad catalanista. Pero para recuperar Cataluña, también es imprescindible, revelar y enseñar que Cataluña es parte de una España histórica, pero rica en su pluralidad inicial, cuya diversidad le hizo grande, y el respeto a esa riqueza siempre ha sido el cemento de nuestra unidad.

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