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Diario YA

dentro de las distintas facciones de los pijorradicales, tenemos bolchevikes, mencheviques, Echenikes, y feminikes

Rosarios versus ben wa

Laureano Benítez Grande-Caballero. Les propongo un juego fácil y divertido: hace unos días estuve en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. En ella, en un edificio de propiedad municipal, vi dos cárteles colgados: en uno decía «No a la violencia machista»; en el otro, «Bienvenid@s refugiad@s». Al ver esto, no albergué ninguna duda sobre qué partidos políticos gobernaban en esta ciudad. ¿Lo adivinan? Correcto: el frente popular.

Lo supe enseguida, porque esos mensajes doctrinarios los tengo abundantemente en mi Madrid. Como sobre el tema de los refugiados ya he tenido la ocasión de escribir en más de una ocasión, me centraré hoy en la tremenda lacra social de la violencia de género, cuya denuncia constituye una de las consignas más repetidas y obsesivas de las tropas podemitas.

Y es que, dentro de las distintas facciones de los pijorradicales, tenemos bolchevikes, mencheviques, Echenikes, y feminikes, poderoso «lobby», franquicia de «Femen» ―movimiento feminista radical fundado por el mismísimo George Soros en Ucrania―, que es la marea que dirige realmente todo el cotarro podemita, en íntima hibridación con el movimiento LGTBI, promocionado hasta la saciedad por la plutocracia globalista de Nuevo Orden Mundial. En la esencia de estos dos movimientos late con mucha frecuencia, más que una defensa justa de los derechos humanos, un afán subliminal por cavar trincheras en las sociedades, enfrentando a hombres con mujeres, a heterosexuales con homosexuales, con el horizonte final de romper las familias. Un síntoma evidente de esta guerra de sexos a que nos quiere llevar el movimiento radical feminista es su espíritu reivindicativo, frecuentemente revestido de actitudes agresivas e intolerantes.

En este sentido, recuerdo de la frasecita que nos dejó la lideresa feminista Gloria Steinen: «Una mujer necesita de un hombre lo mismo que un pez a una bicicleta». Frase que expresa a la perfección la «castración» que el feminismo radical tiene como principio simbólico. Por supuesto, aplaudo las campañas en contra de la violencia machista, pero eso no es óbice para que me plantee algunos interrogantes y acometa algunas reflexiones sobre cómo se podría erradicar este horrible estigma que persigue a la humanidad desde el comienzo del mundo, y que parece imposible de erradicar.

De todos es conocido que no es un mal que se pueda combatir exclusivamente a través de la vía policial y judicial, pues su causa se asienta en zonas oscuras de la personalidad humana, en deformaciones caracteriológicas, en patologías difíciles de extirpar. Sin embargo, por debajo de esta corriente de machismo corrompido no es difícil percibir una causa mucho más profunda, que ha convertido este mal en una lacerante llaga de nuestra civilización: la falta de valores.

En este fenómeno han tenido un papel decisivo los movimientos ideológicos de la izquierda, cuya finalidad es subvertir el orden establecido corroyendo los principios y valores que le dan cohesión y estabilidad, intentando llevar al Kaos a las sociedades para después imponer en ellas su despotismo ideológico, el control absoluto de sus conciencias, con el NOM en el horizonte.

Con mucha frecuencia, la demolición de los principios éticos de la sociedad se hace a través de la violencia, lo cual no es de extrañar, porque la violencia forma parte intrínseca de todos los extremismos políticos, que la usan como instrumento subversivo para socavar los sistemas, pretendiendo con ella eliminar a sus enemigos, por lo cual la justifican cuando responde a sus intereses. Así, los podemitas defienden la violencia de Alfonsito «el metrallero», las claras querencias filoterroristas de las casposos raperos amiguetes del Turrión, como Pablo Hásel, el «Strawberry», o «Valtonyc», el energúmeno que dice que un día tomarán el palacio de Marivent a punta de «kalashnikov».

Reúnen 70.000 firmas en «change.org» para salvar a la vaca «Carmen», a la vez que reúnen 50.000 para linchar a Eduardo Inda, pretendiendo presionar a laSexta para que le retire de sus programas, y así deje de dar la vara a los podemitas. Claman contra los toros, pero proclaman el aborto libre; contra violación, proponen la castración, pero hacen mutis por el foro cuando se violan monjas ante la estupefacta mirada de los niños. Al mismo tiempo, en un ejercicio de cósmico funambulismo político, las feminikes no dicen nada ante el machoalfismo del líder de la manada, con una clara deriva «sado», al que le gustaría dar azotainas sanguinolentas a mujeres que no le bailan periodísticamente el agua.

Tampoco dijeron nada sobre el caspomachismo de los Echenikes, que quiere a las Domingas para que chupen las mingas. También, en una maniobra de cósmica hipocresía, los podemitas tuvieron la desfachatez de montar otro de sus numeritos en el Kongreso para pedir libertad para Andrés Bodalo, el edil podemita que dirigió la agresión contra una heladería de Úbeda, donde resultó afectada una mujer embarazada de seis meses. Como su objetivo es hacer de zapadores del orden establecido, los radicales antisistema dirigen sus baterías preferentemente contra aquellas instituciones que proporcionan los valores sobre los que se asienta la convivencia.

Y, claro, desde este punto de vista su enemigo número uno es la Iglesia Católica. Ya lo dijo Rita «la blasfemaora», que patentó el grito de guerra de «Menos rosarios y más bolas chinas». Reconozco que hasta ese momento no estaba yo muy enterado de ese juguetito sexual de las bolas chinas, instrumento erótico de las mujeres, que reciben en chino el nombre de «ben wa». Y yo me pregunto si las vestales feminikes pretenden acabar con la violencia machista usando esas bolitas.

Que yo sepa, el Vaticano nunca las ha prohibido, y me resulta epatante que mujeres ateas y anticatólicas se preocupen por la opinión que tenga Roma sobre el tema. Mas, mira por dónde, estoy firmemente convencido de que si la gente rezara más rosarios habría muchísima menos violencia sexista, pues considero totalmente imposible que un cristiano convencido, que un católico practicante maltrate a su mujer.

O sea, que el rezo del Rosario es el arma perfecta para acabar con la lacra del machismo agresivo. Por esta razón, me resulta incomprensible que la izquierda radical clame contra la violencia machista, a la vez que mantiene visceralmente su tradicional ideología anticatólica, que igual quema iglesias y viola monjas, que pretende eliminar totalmente la enseñanza católica de la religión, denunciando concordatos y pretendiendo cobrar el IBI a una institución que ahorra al Estado 32.000 millones de euros al año.

Cuando estudiaba con los Escolapios, llevaron a mi colegio una campaña que promocionó a nivel mundial el sacerdote Patrick Peyton, cuyo objetivo era hacer una llamada al rezo del Rosario en familia, bajo el lema: «La familia que reza unida, permanece unida». Frase que, adaptada a los tiempos modernos, vendría decir algo así como: «Si queréis acabar con la violencia machista, más rosarios, y menos bolas chinas».

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