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Diario YA

SUMISIÓN DE CONCIENCIAS

Manuel Parra Celaya.
    De la mano del escritor Juan Manuel de Prada (El Semanal, 20-I-19), registro en mi archivo particular una cita remota de Louis Rougier acerca de lo que entiende este adalid del capitalismo por liberal: Ser esencialmente ´progresivo´, en el sentido de una perpetua adaptación del orden legal a los descubrimientos científicos, a los progresos de la organización y de la técnica económica, a los cambios de estructura de la sociedad y de la conciencia contemporánea (por favor, retengan estas últimas palabras). Como se puede observar, esta definición contrasta abiertamente con aquella sobre el liberalismo de que hacía gala el Dr. Gregorio Marañón y que se centraba en ser capaz de dialogar con quienes piensan distinto a nosotros y no admitir nunca que el fin justifica los medios.
    Viene todo esto a cuento por la evidencia que tenemos a diario del avance arrollador, sin oposición y a menudo por decreto, de las ideologías (o bioideologías, según el profesor Dalmacio Negro Pavón) que, más allá de la política y de la economía, ofrecen en su base un sustrato inequívocamente antropológico, y cuasirreligioso por su dogmatismo, y que se han puesto de manifiesto estos días, concretamente con las celebraciones del 8 de marzo, al socaire y excusa del Día de la Mujer Trabajadora.
    Me estoy refiriendo a los presupuestos de la doctrina Femen y de la Ideología de Género, que componen, junto al Ecologismo Radical y al Animalismo, una suerte de cosmovisión de moda, que es asumida tanto por la nueva izquierda -su valedora- como por la derecha, que no está ni se la espera en el debate ideológico.
    Que la primera, bajo el salvoconducto dieciochesco de progresismo, asuma estos elementos como sustituto de sus perdidos y olvidados objetivos en pro de una sociedad más justa entra dentro de su lógica; aún colean las consecuencias del derrumbamiento aparatoso del socialismo real a finales del siglo pasado y la conversión apresurada de muchos de los defensores de las utopías del 68 al neocapitalismo.
    Pero que la derecha haya aceptado de forma sumisa aquellos postulados y no se atreva a ponerlos en discusión públicamente requiere, si no una explicación psicoanalítica, algo más sencillo y turbio: la presión de la pinza a la que están sometidas las sociedades occidentales entre el marxismo cultural, heredero de Gramsci y de la Escuela de Frankfurt, y el popperismo y su Open Society de la mano de Georges Soros. El camino hacia el Nuevo Orden Mundial aparece así despejado de la racionalidad de un sano disenso por culpa de estas actitudes sumisas.
    La tan cacareada superioridad cultural de la izquierda tiene el terreno abonado por el abandono del cuadrilátero de sus supuestos antagonistas, esa derecha acomplejada o complaciente, y, por ende, sumisa; no es extraña su condescendencia silenciosa o fervorosa ante cualquiera de esas ideologías, que componen, como un avieso puzle, el Pensamiento Único del Sistema.
    Lo que extraña es que incluso en sectores de la Iglesia Católica también el terreno sea propicio para este sometimiento a lo establecido por decreto por los poderes del marxismo cultural o del popperismo, cuando los supuestos antropológicos en que descansa esté en las antípodas de la interpretación cristiana de la vida y del ser humano. Ya no se trata de entrar en liza por cuestiones culturales o políticas, sino de mantener alzada, contra viento y marea, la bandera de unos principios que trascienden con mucho lo puramente temporal e inmanente.
    Como ejemplo, puede constatarse la noticia, casi de tintes jardielescos, de que un grupo de monjas se habían adherido a la esperpéntica huelga general feminista; ¿se trataba de no acudir al rezo de vísperas o a la Misa comunitaria?, ¿de desatender ese día a los enfermos o necesitados de que se encarga la Orden?, ¿de manifestarse con pancartas dando vueltas al claustro?, ¿de suscribir el bonito eslogan ni Dios, ni marido, ni patrón, añadiéndole la coletilla ni madre superiora?
    Otro botón de muestra, acaso menor: en cierta revista religiosa a la que estoy suscrito, campea una silueta de señora o señorita empoderada, toda ella vestida de morado o lila -y no por la Cuaresma precisamente- enarbolando su puño izquierdo amenazador, símbolo que casa muy mal con los textos en que se recalca -eso sí- la dignidad de quienes fueron creados hombre y mujer. Todo un contrasentido o una muestra más de sumisión de conciencia.

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