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Diario YA

 

 

Se ha puesto de moda saltarse las leyes a la torera para desafiar la democracia

Todo vale para los falsos demócratas

Miguel Massanet Bosch. Sé que lo que voy a comentar no me va a granjear más amigos ni, posiblemente, merecerá las felicitaciones de quienes tienen un concepto muy distinto sobre la palabra democracia del que, mi experiencia de muchos años, me ha enseñado a respetar, un pensamiento que se puede resumir en aceptar como menos malo y, posiblemente más sensato, lo que las mayorías han decidido que puede ser más beneficioso para el país aunque, existan intentos fraudulentos que intentan demostrar que sumando ovejas, leones y jirafas se puede conseguir una mayoría, sólo de número,(no de comportamientos, instintos ni métodos de supervivencia) que pueda sustituir a lo que fuera una mayoría de cebras que superase al número de ovejas, leones y jirafas considerado de forma independiente para cada tipo de animales.

Queremos decir que, esto de juntarse partidos con distintas ideologías, incapaces de entenderse entre ellos, con ideas diametralmente opuestas respecto a importantes temas y problemas que afectan a la ciudadanía, sólo con la intención de impedir que, el que más votos consiguió de todos ellos, no pueda gobernar, ateniéndose a la falsa idea de que, los que no piensan como ellos no tienen derecho a gobernar el país, aunque una mayoría los consideren aptos para ello. Unos, a esta clase de sujetos, los llamamos absolutistas y otros los califican de totalitarios, pero, en uno y otro caso, no son más que verdaderos cánceres que intentan acabar con la idea genuina de la democracia tal y como fue concebida en su origen, por quienes la eligieron como la mejor forma de gobierno posible.

En realidad, lo que está sucediendo en estos momentos de inestabilidad política por los que está pasando gran parte del mundo que calificamos como “civilizado”, se debe a una minusvaloración de los regímenes democráticos que está afectando a un número de países en los que han irrumpido, con fuerza las ideas de un neocomunismo; reavivado, principalmente, por las consecuencias de más de siete años de crisis que, para muchos, se ha debido a que los gobiernos democráticos han sido incapaces de afrontarla de modo que las clases obreras, entre las cuales se viene incluyendo a la clase media, han salido muy perjudicadas mientras que, para los que sostienen estas ideas, los “ricos” los grandes empresarios han conseguido sobrepasarla sin grandes daños para su statu quo personal.

Es cierto que quienes así opinan se olvidan de los cientos de miles de empresas que tuvieron que cerrar, los millones de empresarios autónomos que se quedaron sin trabajo y la multitud de puestos de trabajo que, debido a las circunstancias de la crisis, se perdieron precisamente porque los empresarios no pudieron soportar las pérdidas originadas por una situación de estancamiento de la demanda tan prolongada.

Fuere como fuere, quienes han intentado romper las reglas del juego, quienes han achacado al libre mercado y al “capitalismo”, entendido como un tipo de situación en la que los “ogros” empresarios se dedican a apabullar, robar y aprovecharse de los “indefensos obreros”, sólo por el gusto de hacerse cada vez más ricos; han venido haciendo su agosto inculcando a quienes se han dejado seducir por sus peroratas cargadas de tópicos, inexactitudes, imprecisiones, falsedades y frases hechas, todas ellas cargadas del virus del odio y de la ojeriza hacia los emprendedores, gracias a los cuales el mundo ha conseguido alcanzar las cotas de progreso, civilización, adelantos y nivel de vida de los que gozamos. Nadie se fija en la cantidad de puestos de trabajo que, gracias al sistema capitalista, se crean ni tampoco considera los millones de personas que consiguen crear una familia y vivir dignamente mediante los sueldos que perciben de las empresas en las que desempeñan sus oficios o profesiones.

Apenas los gobernantes de la derecha española, a costa de verse mal vistos por todos los que se han visto perjudicados por sus medidas restrictivas y también, por qué ocultarlo, por las campañas que toda la izquierda española ha impulsado en su contra, en lugar de apoyar la única política que era posible llevar a cabo, si no querían verse afectados por la quiebra que amenazaba la economía española y que, el señor Rodriguez Zapatero, se empeñó en ocultar a los españoles para no perjudicar a los socialistas.

Pero, señores, en España tenemos nuestra propia parcela de pruebas políticas, desarrollo de intentos revolucionarios, de ensayos de restablecer lo que fue, en su día, aquella república del Frente Popular, en la que los dislates estaban a la orden del día, las injusticias se prodigaban, la inseguridad jurídica de los ciudadanos los mantenía en continua alerta y las libertades individuales proscritas, mientras la seguridad personal y la vida de las personas se había convertido en una especie de ruleta en la que, el salir a las calles, se había transformado en una aventura, de la que nadie sabía si iba a salir indemne.

Cada día, en Cataluña, se llenan las calles para protestar contra algo o para pedir imposibles, sin que haya nadie capaz de impedir que, en ciudades como Barcelona, los que han decidido vivir sin dar golpe, ocupar las viviendas de otros, protestar en contra del turismo ( uno de los más saneados negocios de los que goza la capital catalana), robar a los transeúntes o atracar bancos, sean convenientemente erradicados e ingresados en las cárceles; porque lo que, de verdad, existe es una Administración en la que campan por sus respetos verdaderos antisistema que salieron de las protestas callejeras, de los antidesahucios y de los minoritarios partidos de la extrema izquierda que, no obstante, han conseguido imponer su ley en el Parlamento catalán. Pero, lo que sucede es que, junto a esta izquierda frente populista, existen otros grupos, no menos peligrosos, que intentan por todos los medios a su alcance, el convertir Cataluña en un país independiente, alejado de España y dispuesto a dar la campanada sediciosa a la menor oportunidad que el Gobierno central les diese. Acabamos de ver una manifestación muy numerosa.

Alguien dice que fueron 160.000 (aunque ya se sabe cómo se valoran estos acontecimientos según sean vistos objetivamente o sean los interesados quienes den las cifras) insistiendo en esta idea, promovida por las izquierdas (que ven en ellos un magnífico caldo de cultivo para conseguir votos), de que en España nos tenemos que convertir en el lugar de acogida de todos cuantos refugiados, inmigrantes, buscadores de trabajo y huidos de países que no son capaces, a pesar de su riqueza natural, de mantener a sus oriundos en un nivel decente de bienestar debido a que, los dictadores que los gobiernan ( la mayoría de procedencia comunista), se quedan para sí todas las ayudas que les envían los países del mundo que se considera civilizado y, en lugar de repartirlo entre los necesitados, mantienen a sus ciudadanos en el nivel de la pobreza, facilitando su desplazamiento a otros países para evitarse problemas de reclamaciones y protestas en sus propias naciones.

Cuando veo multitudes como éstas, variopintas, llenas de agitadores y activistas encargados de crear un ambiente de protesta, se me ocurre lo fácil que sería que, el Ayuntamiento o la Generalitat, pusieran a disposición de los ciudadanos unos impresos en los que, todos aquellos que tanto insisten en que los inmigrantes se apoderen de nuestro país, se comprometieran a recibir en sus hogares a una o varias de estas personas, que piden que las acojamos. Luego, cuando hubieran transcurrido unos meses, se volviera a hacer una encuesta en la que se comprobara lo que ha sucedido en aquellos hogares en los que se recogieron a algunos de estos recién llegados. Sería importante saber los resultados.

A propósito, conviene recordar lo que está sucediendo en el sur de España, en ciudades fronterizas como Ceuta y Melilla. En un solo día (9 de febrero) entraron en Ceuta, forzando las puertas y saltando la valla 438 inmigrantes subsaharianos; todo ello en una segunda intentona que la semana anterior había fracasado. Como avanzó el señor Pablo Iglesias de Podemos, el propósito de estos comunistas bolivarianos es el de tomar las calles mediante manifestaciones, algaradas, marchas de protesta, ocupaciones y cortes de tráfico, para forzar a las autoridades a que se vean obligadas a negociar y a ceder, en su caso, aunque las leyes las amparen y los que intentan extorsionar estén manifiestamente incumpliendo la ley. Una táctica que ya se está poniendo en práctica y que tuvo una de sus pioneras en la alcaldesa de Barcelona Colau que, por si alguien no lo recuerda, fue la gran impulsora de las actuaciones antidesahucios, siendo la primera en ser arrastrada por los suelos por querer impedir la acción de la Justica.

Una observación al respecto: esta señora, hoy desconocida, le ha cogido gusto a la vida burguesa y, miren por dónde, no le hace ascos a salir en revistas de moda exhibiendo su embarazo o presumiendo de sus peinados. Resulta gracioso y, a la vez, irritante, que estos que presumen de comunistas, que piden que los ricos repartan sus riquezas, en cuanto consiguen hacerse con su “rinconcito”, no les parece mal gastarse el dinero en gastos superfluos cuando lo lógico, en personas que presumen de comunistas, sería que repartieran sus ganancias con el resto de ciudadanos que siguen estando necesitados de ayudas.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, les diré que duele ver cómo, quienes piden que el Gobierno se haga cargo de gastos que no está en situación de asumir, debido a que nuestra deuda pública está muy cerca del PIB y, en consecuencia, en la necesidad de ajustarse a los gastos presupuestados; lo hacen desde la perspectiva de aquellos que quieren continuar viviendo sin pagar más impuestos ni que se les imponga una tasa especial para mantener a unos señores que vienen sin tener un trabajo, que tendrán que espabilarse para coger el que sea que se les ofrezca, aunque no tenga protección social y sea ilegal. Es muy fácil ser magnánimo con el dinero de los demás y caritativo con el del Estado que, en definitiva, es el que pagamos todos con nuestros impuestos, aunque, como seguramente ocurre, los que salen a las calles a protestar en contra del gobierno sean aquellos que no pagan ni un céntimo al erario público y viven a su costa.

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