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Diario YA

Todos los miércoles, en DiarioYa.es, la psicóloga Pilar Muñoz

 

El amanecer de un nuevo hombre
 
En nuestro mundo occidental han ido calando y ahondando las teorías de un nuevo cambio climático. ¿Verdad, mentira?. ¿Quién se atrevería a refutar o confirmar tal metaafirmación?. Se nos vienen encima teorías, evidencias, cientifismos y sofistas de todo rango. Pero a ninguno se nos pasa inadvertido el concepto; todos observamos con detenimiento cualquier acontecer climático o climatológico para conjeturar e instalarnos en la premisa de origen: ¿alteración climatológica o mero ciclo climático ?.
 
Pues bien, queridos lectores, una realidad mucho más evidente, más silente y de mayor trascendencia para todos nosotros es el cambio neurológico y cortical que está sufriendo el hombre actual, y sobre todo, el hombre del mundo occidental. Escribo y expongo “hombre” como ser genérico, puesto que de entrada me niego a aceptar este dilema lingüístico impuesto, demasiado obvio y forzado. Así pues, en ejercicio de mi voluntad, y como no es cierto que todo cambio suponga una mejora o evolución, prefiero seguir utilizando el término “hombre” sin designación de género, sino como referente de especie.
 
El cerebro del nuevo individuo se configura de diferente forma que el del hombre de hace un par de generaciones. El órgano que nos hace verdaderos humanos es ese conjunto de redes y fluidos donde residen todas aquellas capacidades, emociones y actuaciones que nos facilitan las funciones de relación, principalmente. Bien, a esta función me referiré; a la de relación con el medio. Comencemos a observar ese sutil cambio.
 
El primer paso del ser humano en los balbuceos con el medio es el potencial intelectivo y volitivo. Tradicionalmente, el hombre ha sido entrenado para ejercer su voluntad, empeño e interés en realizar múltiples ensayos hasta conseguir el nivel de excelencia, o el nivel de competencia para conseguir diferentes objetivos: académicos, deportivos, artísticos, etc. El individuo que desea alcanzar un rendimiento superior no se limita a repetir el mismo ejercicio una y otra vez, sino que se plantea un dominio cada vez más perfecto y completo en todos los aspectos de su actuación hasta conseguir un nivel de excelencia.
 
El joven/hombre actual no busca el ensayo. Le aburre la repetición, le “raya” el entrenamiento, porque huye de la excelencia, de la superación de sí mismo, de la consecución gozosa de un trabajo bien hecho, de la monotonía necesaria del quehacer diario. Su balbuceo de capacidad y de potencialidad se ha convertido en un incipiente y trágico mutismo cortical y motivacional.
 
Seguimos caminando por los neurotransmisores cerebrales y nos encontramos a niños, jóvenes y adultos con el síndrome de nuestra era: el déficit de atención. Para bien o para mal nos rodea una presencia envolvente que es la tecnología al alcance de todos y como medio para acceder a todo: cultura, electrodomésticos, ocio, relaciones…Esta presencia tecnológica modifica la organización y funcionamiento cerebral para poder capturar estímulos abundantes y dar respuestas óptimas en tiempos récord. Una de las consecuencias de esta intensa exposición es el detrimento de nuestra capacidad para fijar la atención. En el decurso de esa evolución del área frontal del cerebro (responsable de la inhibición del estímulo y de la fijación y concentración), nos hemos vuelto más frenéticos, más distraídos, más fragmentados. En una palabra: más hiperactivos.
 
Otro paso más, enlazado con el anterior, es la inundación e inmersión de nuestros cerebros en espacios con predominio de la imagen sobre la palabra. Se ha comprobado que la percepción y expresión emocional que produce una imagen no es exactamente la misma, ni de la misma calidad, que la que produce una palabra o un pensamiento. De esta manera, la abstracción del lenguaje se ve reemplazada por la literalidad de la imagen, con un coste para la imaginación que todavía está por demostrar, puesto que languidece al encontrar que su trabajo ya ha sido realizado. Al mismo tiempo de la inundación de imágenes, se ha mejorado la calidad de las mismas, hasta tal punto que producen en el cerebro una falsa percepción de verosimilitud (ciencia ficción o animación infantil), similar a la obtenida en la percepción directa. Esta experiencia cortical basada fundamentalmente en las imágenes puede ser muy destructiva, según empiezan a advertir los neurocientíficos. Una consecuencia inmediata y comprobada es el daño psicológico que acarrea la contemplación de imágenes traumáticas e inquietantes de modo repetitivo: niños, jóvenes o personas con escaso nivel cultural. El impacto orgánico ya comprobado, mediante diagnósticos por imagen, ha sido una inhibición de las amígdalas cerebrales (responsables de la regulación emocional) y una actividad significativamente mayor del lóbulo derecho (especializado en el procesamiento de las imágenes).
 
Para finalizar este recorrido neuronal del nuevo hombre del siglo XXI, terminaremos detallando la frecuente demanda de psicofarmacología para múltiples estados emocionales característicos de un hombre falible, limitado y sensible al acontecer vital.
 
La psicofarmacología saltó a la opinión pública en torno a los años 90, con el lanzamiento del famoso Prozac, fármaco que elevaba un neurotransmisor (molécula con funcionamiento de mensajería neuronal). Esta sustancia se aplicó fundamentalmente para aliviar la sintomatología depresiva, la cual iba en aumento y afectando a diferentes sectores de la población, incluidos los sectores infanto-juveniles.
 
El fármaco antidepresivo cobraba importancia para contrarrestar químicamente las devastaciones generadas en el hipocampo, el cual ante el factor estrés disminuía la neurogénesis y por tanto la proliferación de las ramificaciones o dendritas neuronales. Así pues, la química daba respuesta a un factor externo que comenzaba a ser constante e intenso en la vida del hombre: la prisa, el estrés, la ansiedad. De los años 90 a nuestros días se ha individualizado la psicofarmacología como si fuese una cuestión de estética a la carta. Se solicita a los clínicos fármacos para poder estar activos, para evitar la somnolencia, para no dormir, en definitiva para producir más y mejor. Esta situación contraria a un buen estado orgánico demanda medicamentos específicos para permanecer en alerta. Una vez conseguidos los objetivos de competitividad y alta producción, una vez que hemos conseguido subirnos a la espiral de las prisas, necesitamos ralentizar y modular el ritmo del sueño, así pues, demandamos un nuevo fármaco, antagonista del primero porque necesitamos descansar, reparar y soñar. Pero el bucle antinatural no para en esta bipolaridad de vigila y sueño, también entra la emotividad y la humanidad, necesitando fármacos para amortiguar sentimientos intensos que han de ser vividos con plenitud: la muerte, la vejez, la enfermedad y el transcurso de la vida. Por lo tanto, hemos generado un abanico de drogas al estilo de una vida, ocultando lo más propio y maravilloso que tenemos: nuestra humanidad.
 
Me gustaría terminar con una frase para la reflexión que proviene de otro tiempo y otro lugar y que ahora es contemporánea: Renovar el espíritu de vuestra mente y revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad  (Ef 4, 23-24).

Etiquetas:Pilar Muñozpsicología