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Diario YA

VETERANOS

José Viente Rioseco. En la segunda mitad del siglo XIX, la novela alcanza las cotas más altas jamás conseguidas previamente ni siquiera superados en el siglo XX, con el permiso de Thomas Mann, García Márquez y algún otro.
Entre los grandes y a la altura de Tolstoi, Dostoievski, Dickens o nuestros compatriotas Blasco Ibáñez y Clarín se encuentra Víctor Hugo.
Cuando los franceses ocuparon España a principios del XIX, el padre de Víctor Hugo fue destinado a Madrid como comandante general y trajo a su familia consigo. Y fue así como Víctor Hugo con solo nueve años de edad, vivió en Madrid durante dos años, en plena guerra de Independencia de España.
Su gran novela, Los Miserables, tiene un pasaje que por distintos motivos y en distintas circunstancias suele venir a mi memoria. Es cuando el convicto Jean Valjean, al llegar a casa del Obispo, es invitado por este a cenar. El obispo le dice a su ama de llaves, que disponga la mesa y que ponga los cubiertos de plata que solo usaba en contadas y solemnes ocasiones. Ante las protestas del ama, el obispo insiste en que ponga la mejor cubertería, que no solo se trata de dar de comer, también de hacer grata aquella cena, y dice el obispo “Lo bello vale tanto como lo útil”. Y añadió después de una pausa: Tal vez más”
Solo un romántico como Víctor Hugo, puede ser el autor de una frase semejante. El ensalzar lo bello, dejando a un lado su utilidad, en el sentido del pragmatismo que siempre los hombres razonables dan a la mayoría de sus acciones, es algo que pocos hombres consiguen. Y sin embargo poco cosas nos apartan tan definitivamente de otras especies animales como el arte, la conciencia de la belleza, la capacidad de ser felices ante las sensaciones que dan las inutilidades hermosas. Desde las cuevas de Altamira al Museo del Prado, pasando por La piedad de Miguel Ángel y la música de Mozart, todas estas “inutilidades” han hecho más por la felicidad del hombre que todo Wall Street en plena hora punta de transacciones económicas.
Conozco un grupo de gentes que está en esto; en perseguir su felicidad haciendo cosas perfectamente inútiles, y lo consiguen.
Unos aún están en edad laboral; los otros ya pasaron esa frontera de la edad de jubilación, en la que la sociedad les dice que ya no pueden hacer nada útil. Organizan el día, de forma que una o dos horas las van a dedicar a la inútil y placentera actividad de correr. Algunos no pueden hacerlo hasta bien entrada la tarde, y es entonces cuando unos en Sevilla, por los jardines de María Luisa, otros en Burgos por los bosques que lindan las orillas del Rio Arlazón; los madrileños por el parque del Retiro y los Valencianos por lo que fue el cauce del Rio Turia, con sus calzones cortos, zapatillas de corredor e ilusión de personas sin edad, se ponen a correr y olvidan sus preocupaciones de todo el día que van desapareciendo con cada una de las gotas de sudor que sale de su cuerpo.
Otros, con más suerte porque ya no están en edad laboral, se visten también de forma semejante, y a media mañana se van a los bosques, a los caminos, y hasta las carreteras y se transforman en gentes sin edad, alegres y sudorosos y piensan solo en superarse a si mismos, en sentirse libres de verdad, en sentir el aire y quizás la lluvia de su rostro que les da la alegría, la felicidad y el sentirse bien, que solo ellos, los que corren, son capaces de sentir.
Sucede que los fines de semana, suelen reunirse en grupos de cinco, de diez, a veces de más de veinte y o atreves del bosque, montaña arriba o por las dunas de la playa más cercana, durante algo más de una hora, corren juntos, extrovertidos y alegres, para terminar los últimos minutos con el “pique” del día, por llegar primero a la supuesta meta, a la que al fin llegan todos felices y cansados.
Varias veces al año van a competir con otros ingenuos y “facedores de inutilidades” como ellos. Unas veces por carreteras otros en pistas de atletismo. En sus viajes, se gastan los ahorros que personas más “razonables” y prudentes se gastarían en cosas bien distintas y más útiles.
Son una raza especial. A diferencia de la mayoría de los humanos se alegran de los éxitos de los demás; se ríen cuando están juntos, y admiran aquel con el que van a competir. Cuando hablan sus conversaciones están muy lejos del trabajo diario.
El fontanero dice que se encuentra mejor subiendo cuestas que bajándolas; el vendedor de coches arguye que no debe pasar de cierto número de latidos cardiacos al minuto; el medico insiste en que todos los días hay que practicar la zancada y el electricista considera que es más graficante correr por montaña que por llano.
Son esos a los que algunos llaman corredores, otros atletas y los más, maniáticos o algo así. Usan un lenguaje entendible para aquellos que no forman parte del grupo, y sus fines son absolutamente incomprensibles para el mundo de la razón. Están delgados, fibrosos, enjutos; pero sus movimientos son fáciles y juveniles. De cuando en cuando se reúnen en pueblos vecinos y todos a una recorren calles y carreteras, llenando ese día, al menos por unas horas, la vida del lugar.
Son los veteranos, esa raza de seres humanos; que piensan más en lo bello que en lo útil, que sienten el placer en el esfuerzo, que se alegran de los éxitos ajenos.
Son mis amigos, los veteranos.

josevrioseco@gmail.com

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