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Diario YA

VISIONES BORROSAS

MANUEL PARRA CELAYA    Me da la impresión de que, como en el mito de Platón, muchos españoles, con sus representantes políticos delante, viven encadenados en una caverna, de espaldas a la salida donde resplandece la luz del sol, y solo tienen ante sí la sombra silueteada de su nación en la pared del fondo, que les hace de burda pantalla, sin poder contemplar la realidad metafísica de España situada fuera de su alcance.
    Además, cada uno de los prisioneros de la caverna, sojuzgados con sutiles cadenas por el Sistema, interpreta lo que le es dado ver de forma distinta a sus compañeros de cautiverio y, en vez de utilizar el cívico recurso del diálogo para llegar a un acuerdo, prefiere el bronco método de la disputa y de la pendencia, arrogándose la prerrogativa de que su interpretación de la sombra reflejada de forma borrosa es la única correcta.
    De este modo, unos reducen su explicación de España a un entramado legislativo y político concreto y vigente, e identifican esencia y unidad nacionales con Estado de Derecho exclusivamente; no se puede ni se debe negar la validez de una construcción mental de este tipo ni mucho menos el indispensable acatamiento a unas leyes, pero sí nos atrevemos a poner en tela de juicio esa identificación absoluta: una nación trasciende de las épocas, de las coyunturas y de las Constituciones otorgadas y aplicadas; va mucho más allá del presente, tanto hacia atrás (La tradición no es otra cosa que la democracia extendida a través del tiempo, decía Chesterton) como hacia adelante (el proyecto sugestivo de Ortega y Gasset). Hacer equivaler una construcción histórica plurisecular con un momento de ella es una reducción absurda.
    Otros, en su misma línea pero en un sentido ideológico opuesto, achican España a su gente, a las necesidades de su población actual. Bien está si se trata de no olvidar que una de las primeras tareas de cualquier forma de Estado es garantizar que sus habitantes disfruten de una vida digna, en el trabajo y en el ocio, en la economía, la cultura y el espíritu, en la vivienda, en la educación y la sanidad: no pueden admitirse ensalzamientos patrióticos para encubrir carencias en casa de los menos favorecidos; pero esta interpretación, además de profundamente materialista, sigue siendo restrictiva y alicorta.
    Algunos, quizás los más, ven reflejada su España en la imagen del terruño, entre los límites que marcan unas fronteras artificiosas; esta interpretación, casi vegetal por su arraigo en el suelo patrio, desconoce que precisamente fue la universalidad el rasgo que definió a esa construcción histórica así llamada, su apertura al concierto de otras naciones y a su mensaje llevado a otros pueblos.
    Bastantes españoles reducen las sombras que tienen ante sus ojos a lo anecdótico y superficial, a lo que denominaríamos, sin la menor intención peyorativa, el folclore; el sentimiento -legítimo por otra parte- sustituye en este caso a la razón, que es la que se ha impuesto a fin de cuentas para hacer la historia; como en el símil de la nave, las razones de la existencia de una nación acaso están marcadas por la matemática, por las razones angulares de los astros, y no por el sonido del acordeón, de la guitarra o de la gaita que suena a bordo, entre la marinería, en los momentos de bonanza.
    Finalmente, otros habitantes de la caverna se han quedado prácticamente ciegos en la oscuridad que los ha envuelto y no atinan a analizar que la realidad de España no es ni las sombras que otros ven ni lo que les dicta su imaginario, a falta de visión: se obstinan en negar a España, en no ser españoles ellos mismos, sin advertir que su ceguera no está causada por una realidad superior, la que está fuera de la cueva, sino por las ataduras que les ha echado encima el sediciente raptor y la poca o nula precisión de sus compañeros de encierro a la hora de explicarles cuál es esa realidad.
    España, la que está fuera, en un ámbito luminoso y metafísico, es un Concepto y una Idea, que deben ser comprendido el primero y asumida la segunda por todos los españoles por encima de las diferentes opiniones sobre su hoy.
    Pero, para ello, es necesario poder salir de la caverna y mirar a España de frente, con los dos ojos bien abiertos, como se atiende a todas las realidades bellas. España es su historia y su presente y su mañana, ese en el que tendremos que legarla a nuestros hijos y nietos, para los que ansío fervientemente que se hayan desprendido de sus ligaduras en la cueva, de espaldas a la realidad.