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Diario YA


 

el aguijón

Yo también tengo una pregunta que hacer

David Martín. 31 de enero.

Fue el pasado lunes en La-1 de TVE con “Tengo una pregunta para usted”, el programa que reúne a cien ciudadanos en un plató de televisión para preguntar al invitado de turno. Lo mejorcito que se puede ver en una cadena de televisión en los tiempos que corren. Un programa en directo; un espacio sin grandes alardes de luz y sonido; un periplo televisivo que se centra en la actualidad sin cortapisas; un acto donde el presentador aparece lo justo y el interrogatorio lo hace quien no tiene miedo a nada, quien tiene clara la pregunta que debe hacer sin importarle las represalias que el hacerla pudiera tener. Y, lo más importante, un programa de servicio público, pero... ¿Por qué tiene que haber siempre un pero cuando nos referimos a la mal llamada caja tonta? Sencillo, si no lo hubiera, estaríamos hablando de la perfección y ésta rara vez existe, y cuando nos ceñimos a la televisión, ni se atisba.

El invitado en esta ocasión, segunda vez que acude, fue el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Le preguntaron sobre economía, violencia de género, educación, de la posibilidad de dimisión o, incluso, de algo tan banal como de qué habla con su mujer. Daba igual, ya se le podía preguntar por dónde pasa el Pisuerga, que seguramente la respuesta hubiera sido la misma. Tan prolongada como insustancial. El jefe del Ejecutivo es un virtuoso del circunloquio, un maestro en el arte de llevarse el agua a su molino, un espécimen capaz de explicar todo un programa electoral al contestar la simple pregunta de cómo se llama.  “Espadachín del verbo”, dijo una de las presentes, y hasta el mismísimo Lorenzo Milá, maestro de ceremonias, no sabia si pasar del simple carraspeo a la tos más severa para indicar al Presidente que debía ser más escueto en las respuestas. No hay que extrañarse. Es el político, esa persona casi siempre de verbo fácil que habla mucho y dice poco. Es el Presidente. Y esperar concreción a la hora de responder es como pedir que den peras los olmos. ¿Alguien esperaba algo distinto?

No sacamos nada en claro de la comparecencia. No sabemos cuándo vamos a poder librarnos del lastre económico que nos fatiga hasta ahogarnos. Pese al intento, no conocemos mucho más de lo poco que sabíamos, pero el interrogado los tiene bien puestos. Hay que reconocer la “testiculina” que demostró nuestro mandatario gubernamental para, con la que está cayendo en todos los aspectos, someterse al cuestionario popular, al interrogatorio de una jauría humana hastiada por no encontrar el fin a sus dolencias, ponerse frente a unos ciudadanos que, sólo con la mirada, podías saber que lo más bonito que te están queriendo decir es que podrías ser el próximo protagonista principal de “Mentiroso compulsivo”. Y en directo. Si señor, las cosas como son, demagogia propia del cargo, pero con valor. “Aquí estoy para dar la cara y explicar qué está pasando”, dijo el Presidente. Lo primero era evidente, lo segundo aún lo estamos esperando. Algunas cuestiones le sirvieron para dar rienda suelta a la habitual propaganda barata, pero otras iban tan cargadas de veneno que a poco acaban con la sempiterna sonrisa presidencial. Las preguntas fueron organizadas, lógico para dar un mínimo sentido del orden al programa, pero no eran conocidas por el Presidente porque si así hubiese sido, imagino que a estas alturas ya estará destituido el encargado de supervisarlas. Qué agresividad, qué contundencia, qué espectáculo televisivo.

Como de preguntas va la cosa, sigamos con el juego. Me pregunto el motivo de llevar a cien personas cuando se sabe que no van a pasar de cuarenta las que pregunten; busco la razón de que unos ciudadanos pudieran repreguntar y otros, cuando el tiempo apremia y la pregunta irrita, no tuviesen derecho a replica pese a que el interrogado divagase sobre el sexo de los ángeles a preguntas tan concisas como si el líder del Ejecutivo considera o no al feto persona, desde el primer momento en que se concibe; intento comprender por qué en un programa de este tipo, donde el ritmo es primordial, hay que parar y dar paso a un bloque publicitario, más aún tratándose de una cadena pública... El programa fue líder destacado en audiencia. Seis millones y medio de espectadores estuvieron pendientes del espectáculo, el 30% de los que veían la televisión en ese momento. Me sorprende, máxime cuando la mayoría de las entrevistas al Presidente, realizadas por los profesionales del interrogatorio, no llegan ni a la mitad de esas cifras. ¿Vimos el espacio por el posible interés de las palabras presidenciales o sólo por la curiosidad morbosa de poder ver al poderoso caer ante el débil?

 

 

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