
Dr. Enrique Jaureguizar Cervera. Paso muchos días peleándome conmigo mismo para llegar al final de la jornada y poder decirme, con honestidad: hoy he sido coherente. Coherente con mis principios, con mis valores, con los consejos que doy en la consulta y con las normas que intento transmitir a mis hijos. Sé que es difícil. Mucho. Pero también sé que no puedo dejar de intentarlo. Por eso escribo hoy esta carta. No para arreglar el mundo, sino para aportar, al menos, un pequeño grano de arena.
Ayer mi corazón se rompió cuando Sara entró en mi consulta con la cara llena de cortes por cristales.
El año pasado falleció mi padre. Hace poco, mi padrino. Antes, mi hermano y mi abuela. Y cuando veo en las noticias un accidente de tren con víctimas mortales, no puedo evitar pensar que alguien acaba de quedarse sin padre, sin hermano o sin hijo. Que Dios se ha llevado una parte esencial de su vida.
Sara vino tras el doble accidente ferroviario de Adamuz. Media cara destrozada por los cristales, los ojos amoratados y ensangrentados, contusiones por todo el cuerpo… y una herida infinitamente más profunda en el corazón. La amiga con la que viajaba había fallecido. Sara está a punto de casarse, y el momento más feliz de su vida ha quedado brutalmente ensombrecido por esta tragedia. Confieso que mi corazón se rompió al ver su dolor.
Su madre me preguntó si podía ayudarle a conseguir una cita con un psicólogo. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que, cuatro días después de un accidente así, no haya recibido todavía atención psicológica? ¿Cómo es posible que en este país la demora para ver a un psiquiatra sea de meses? ¿Dónde está la coherencia política? Como advertía Marcel: “Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”.
¿Es aceptable que, tras denuncias reiteradas, no se mantengan las vías del tren de forma profesional? ¿Es aceptable que, tras una DANA en la que no se tomaron las medidas preventivas adecuadas, sigan sin tomarse en otros lugares, como en Barcelona, donde ya hemos sufrido dos descarrilamientos? ¿Que no se apliquen las recomendaciones de los expertos en infraestructuras, en energía, en prevención y tengamos que resignarnos a apagones y accidentes evitables?
¿En qué país cabe que, después de una pandemia como la del COVID, gestionada de forma escandalosamente deficiente, no haya cambiado nada de fondo? ¿Cómo es posible que, tras tres huelgas médicas, las condiciones de los profesionales que nos salvaron (y siguen salvando) la vida continúen siendo tan precarias? ¿Qué cuidado real les estamos mostrando?
Los expertos llevan años advirtiendo del riesgo del abandono del medio rural y de la falta de prevención, y aun así volvemos a sufrir incendios devastadores cada verano. Las tragedias siempre son duras de asumir, pero me hierve la sangre al saber que muchas muertes se podrían haber evitado. Que se pudo hacer más. Y que, si no se hizo, fue por negligencia grave de quienes nos gobiernan.
Siguen apareciendo casos de corrupción, pero nadie responde por ello. Nadie asume responsabilidades. Nadie parece preocuparse de verdad por las víctimas. Nadie ha dimitido por no haber aprobado un plan de pandemias, por no invertir en médicos ni dotarlos de los medios necesarios, por no atraer talento, por no realizar las tareas de prevención y mantenimiento que recomiendan todos los expertos en cada ministerio.
¿A dónde va el dinero de nuestros impuestos? Desde luego, no llega a Sara. Ni a la madre de su amiga. Ni al médico que la atiende en diez minutos, sin un estatuto Marco digno. Ni a los planes de prevención imprescindibles para evitar tragedias anunciadas.
Sara se levantó y se fue de la consulta. “Nos vemos la semana que viene”, le dije. Hoy tiene cita con el oftalmólogo. Cada día, desde el accidente, le extraen tres o cuatro cristales de los ojos.
Rezo por Sara, por todas las víctimas y por sus familias. Y deseo, de verdad, que alguien introduzca ya un poco de cordura —y, sobre todo, de coherencia— en este magnífico país.